Fervor y sigilo de Fernando Zamora

Fernando Zamora. Sin título.

FERVOR Y SIGILO DE FERNANDO ZAMORA

El escritor y narrador zamorano Tomás Sánchez Santiago dedica este artículo al fallecido artista palentino Fernando Zamora, un creador «que prefirió vivir en el sigilo y en el fervor obediente a la materia antes que entregarse al ruido feroz del mundo».

Por TOMÁS SÁNCHEZ SANTIAGO

Ya en 1911 advertía Kandinsky en De lo espiritual en el arte que en las épocas mudas y ciegas el arte se acaba por medir conforme a un éxito exterior y se festeja solo el desarrollo tecnológico que da culto y realce al cuerpo mientras que lo espiritual queda oscurecido, “las grises tinieblas descienden sobre las almas asustadas, y las superiores (…) eligen algunas veces el oscurecimiento paulatino”. Esta fue probablemente la elección de Fernando Zamora para su itinerario estético y moral: contra la contundencia y la solidez encrespada, una disolución continua. Acaba de terminar CIGAERBÚ, la exposición que desveló el mundo asombroso y lleno de ángulos delicados del artista palentino fallecido hace poco más de un año, y quienes se hayan acercado hasta ella no habrán conseguido salir indemnes ni siquiera golpeados solamente por el impacto de la habilidad artística, la pericia extremada de este hombre que prefirió vivir en el sigilo y en el fervor obediente a la materia antes que entregarse al ruido feroz del mundo.

De la mano de Julián Alonso —que ha hecho una labor encomiable como comisario de esta exposición, seleccionando piezas representativas y disponiendo perspectivas idóneas en el espacio diáfano de la Fundación Díaz Caneja, además de configurar el catálogo—, conocí hace algunos años el atelier de Fernando Zamora. Verlo a él allí aquella tarde moviéndose con cuidado entre maderas y sombras y residuos desechados, como si hasta su voz discreta pudiese despertar la dormición de las materias que esperaban algo como una restitución vital, fue una experiencia inolvidable para mí. Desde entonces pude comprender mejor el sentido puro y profundo de la labor de Fernando Zamora, que en Tus palabras son nieve (y repárese en el título, también a favor de la desaparición), libro publicado en edición póstuma por la editorial Cálamo al cuidado de César Augusto Ayuso, daba pistas sobre esa actitud suya de no querer ocupar sitio ni siquiera en la memoria postrera (“¿qué quieres decir? / ¿qué has querido decir? // no quiero decir nada”) así como manifestaciones de su interés por rescatar lo inadvertido para el mundo (“cíñete al rastrojo / al regato / a los caminos // cuida lo pardo / las alfalfas / segadas”).

Esta actitud llena de verdad y de convencimiento es la que ha hecho de Fernando Zamora uno de los creadores más conmovedores y más auténticos del mundo contemporáneo. No importa que apenas abandonase su ciudad natal, en la que ejerció de cirujano como si eso fuese un alargamiento de su rebusca de la luz en las entrañas de lo abandonado por la vida; precisamente fue esa voluntad de apartamiento, incluso de reclusión, la que acabó por dar sentido definitivo a su expresión artística y poética, presididas ambas por una misma voluntad de trascender el sentido de lo expresado, en un ejercicio de desafío a la lógica y en una aceptación de la memoria como “reina ciega” que acaba por convertir su propia tarea en “letras sueltas / pegadas / como sombras de pájaros” y nada más.

Fernando Zamora. «Fósil vertebrado».

En su reciente exposición está presente de numerosas maneras (cajitas como aras votivas a la manera de autores como Cornell o Tomás Salvador, composiciones a partir de pecios y desechos, diálogos entre materiales desvinculados, alusiones irónicas a los excesos tecnológicos que fundan los imperativos del mundo actual…) esa consternación que es recuperar el estado final de lo usado o aquellos hallazgos propiciados por el azar —el azar aquí es un sustitutivo audaz del mercado— para que ello sea de nuevo materia con aura, devuelta así a los ojos de quienes pudieron desecharla un día. Piezas como “Fetiche para adictos al ordenador”, “Escrito con fuego”, “Espejismo de salud” o “Réquiem del viajante” dan cuenta de ello; por no hablar de sus “Papeles del escusado”, sus cuadernos de hilos y de agujeros, sus caligrafías al margen de la ortodoxia o del significado, su colección de “Bibliotecas” y sus bodegones (“Bodegón de mariposas”), muestras todas ellas de una voluntad de ensimismamiento crítico que presidió el quehacer del poeta.

No cabe más en este artículo sino avisar de qué necesario sería mantener ahora, ya sin la presencia del propio Fernando, la visibilidad de su obra minuciosa y afilada, depurada siempre en las afueras del mercado. Sería un error, rayano en el delito, volver a llevar a la oscuridad este mundo de iluminaciones que sobresaltan el orden deliberado de un mundo que sobreestima cuanto implica rentabilidad o la jerarquía de lo ruidoso. El mundo del autor palentino viene de allí donde el único trueno posible es el de la delicadeza. Su mirada no perteneció nunca al escalafón de los mercaderes, pues como él mismo dijo en su poema “En el oculista”: “Cuando miro / veo lo que hay  // pero / veo / más // con los ojos cerrados”.

Fernando Zamora.

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