
Por I. M.
El autor que hoy llega a las páginas de TAM TAM PRESS es un observador de la vida, un degustador de la cultura, un artesano del arte que mira a su alrededor y percibe señales que el resto de los mortales no advertimos. Luis Marigómez va de incógnito, de ser anónimo, pero, ojo, escribe, fotografía, coedita revistas, traduce, experimenta, esculpe poemas, maneja su propia claqueta de cine, es crítico literario, articulista y, como todavía le queda tiempo, transpira en clave oriental. Nuestro retirado profesor de instituto se baña en preguntas y, dicho en voz baja y de forma directa, no tiene pelos en la lengua. Un buen haiku le deslumbra casi tanto como los autores que lleva guardados en su cabás: Kakfa, Beckett, Pino, Gamoneda o Ullán.
¿Por qué decidiste dedicarte a la enseñanza?
Es lo único que se me ha ocurrido ser en la vida. Di mi primera clase con 10 u 11 años al empezar en el pueblo un colegio libre adaptado, una especie de rama de instituto. Hubo un compañero en primero o segundo del bachiller de entonces, que como su padre estaba enfermo, tenía que trabajar y le eché una mano en Matemáticas. Luego también lo hice con mi hermana y una amiga y ya no dejé nunca de relacionarme con la escuela. Durante la carrera di también clases para tener un poco de dinero de bolsillo y nada más terminar Filología Inglesa, casi por azar, empecé a trabajar en un instituto. Luego aprobé las oposiciones y más tarde me hice catedrático. He estado 38 años relacionado directamente con la enseñanza reglada y unos cuantos más con sus alrededores.
¿Te costaría jubilarte, entonces?
No. Como llevaba muchos años, al cumplir los 60, dejé voluntariamente las aulas.
¿Qué guardas de aquella experiencia?
Todavía no lo sé… Por un lado, es lo único que he sabido hacer y, por otro, no voy a negar que también era una carga. Ser profesor es algo que siempre te deja esa sensación de que no has hecho lo bastante por los alumnos, seguramente, por tu culpa. Pero también tienes la percepción de que los alumnos no responden lo suficiente, salvo casos contados. Estamos, pues, ante una profesión que te deja en ascuas, que no termina de ser satisfactoria. Desde luego, me parecía mal suspender a un alumno, pero, claro, si no había más remedio, tenía que hacerlo y, por supuesto, me hubiera gustado dar aprobado general a todos los estudiantes, pero no era posible. Por supuesto que conocía a compañeros que se mostraban ufanos por catear mucho, pero para mí un suspenso significaba un fracaso. Tampoco olvidaré a los estudiantes de la enseñanza obligatoria, repetidores que apenas saben leer o escribir, desesperados por sus condiciones familiares, sin ilusión. Claro, también hay que entender que las clases se desarrollan con dificultades, aunque no es un problema de culpas. La realidad es que el sistema no trata bien a esa gente, no sabe qué hacer con ellos y yo, quisiera o no, estuviera de acuerdo o no, era parte del sistema. ¿Qué podía hacer? ¿He hecho todo lo que podía?
Tomaste contacto con el videoarte en los años 80, luego lo dejaste un tiempo y ahora lo has retomado. ¿Qué te interesa de ese campo artístico?
Empecé muy pronto a hacer fotos. Es una historia curiosa. Mi familia tenía una ferretería en la que se vendía de todo, hasta tabletas de chocolate en cuyo interior venían cromos como ardid publicitario. Entonces si completabas una colección, recuerdo que era de coches antiguos, te regalaban una cámara de fotos. Tengo que reconocer que yo jugaba con cierta ventaja pues tenía las cajas de chocolate allí mismo y cuando terminé un álbum lo enviamos a San Sebastián y me vino una cámara de fotos, una Brownie de Kodak. Era la cosa más sencilla que te puedas imaginar y yo me interesé por aquello inmediatamente tanto que todavía tengo imágenes de aquella época. Más tarde llegó una profesora al colegio que nos dio un pequeño curso de fotografía, nos enseñó a revelar y a mí enseguida me dio por hacer fotos de paisaje. Luego, por los azares de la vida, en los 80, un amigo manejaba ya el vídeo y tuve posibilidad de usar una cámara con la que hacía cine no narrativo, pequeños videopoemas que me interesaban mucho, aunque hay que reconocer que el problema entonces era que el vídeo tenía muy poca resolución y la imagen era muy pobre. El sonido era mejor, pero después de realizar varios trabajos no quedé contento y decidí dejarlo porque no tenían suficiente calidad. Ahora el teléfono, sin embargo, ofrece alta definición y es más fácil obtener resultados óptimos.
¿Qué tipos de vídeo hacías en aquel momento?
Pues mira, hice un vídeo sobre la fachada del Museo Nacional de Escultura, un espacio lleno de enigmas y hermosas historias. En ese proyecto, encontré al músico australiano John Griffiths que estaba cautivado por la música del siglo XVI en España y vino al Archivo de Simancas a encontrar partituras, y con música del vihuelista Esteban Daza montamos un recorrido por esta especie de retablo tallado en piedra de la fachada con todo lujo de detalles. Otro de los trabajos audiovisuales estaba centrado en los obreros de una construcción cerca de mi casa que tenían un ritmo especial y una manera curiosa de afrontar su profesión, vista al menos desde fuera. Aquí le puse música de ópera. El vídeo más conocido lo grabé en la localidad de Urueña a partir de un poema de Miguel Casado. Era un pueblo fascinante que en los años 80 estaba completamente abandonado. Esta creación la presentamos en un espectáculo que llamamos Costa y lámpara. Pero, quizás, el vídeo más literario fue el que tenía que ver con un cuento mío titulado Lengua de gato y que lo grabamos con un amigo actor en un semisótano de un café. Dentro de las precariedades técnicas, pude usar hasta una cámara de grabación U-matic, un cacharro enorme, y aunque era mejor que los primeros que utilicé, siempre te quedabas con la sensación de que el resultado de estos trabajos no tenía la suficiente calidad. Por ese motivo, dejé esta tarea y me centré más en escribir, que tiene la gran ventaja de que no necesitas nada, con papel y lápiz es suficiente.
Siempre necesitas un guion…
Pero no hace falta nada desde el punto de vista material. Una obra escrita, aunque no la lea nadie, ya tiene sentido por sí sola. Gustave Flaubert, que era superexigente, decía que él escribía para sí mismo y que la aceptación o no por parte del público es un asunto a posteriori. La escritura parte de que tú tienes una pregunta, un problema que te incomoda y a la que tienes que darle salida. Esta filosofía para mí es lo fundamental y no la he abandonado nunca.
Más tarde, ¿retomaste, de nuevo, tu afición por el videoarte?
A principios de los 90, Esperanza Ortega me dijo que por qué no íbamos a ver a Francisco Pino, cuando ya no salía de casa, y le grabábamos para hacer la presentación de su último libro El pájaro enjaulado. Si no recuerdo mal resolví aquella presentación con tres planos con la cámara digital que nos prestó una amiga. Me interesan más las fotos que el movimiento, aunque ahora es más sencillo que años atrás, pero requiere disponer de un equipo y yo estoy acostumbrado a hacerlo todo solo.

Volvamos al tema de la fotografía. Alguna vez has dicho que las imágenes que tomas son como poemas…
Me interesa, sobre todo, lo que está a mi alrededor, aunque apenas se vea. Tenemos una casa cerca de Piedrahíta, en Ávila, a 1300 metros de altura y saco fotos continuamente de la zona. Casi siempre son las mismas cosas aunque es cierto que luz es distinta a lo largo de las cuatro estaciones. Estoy pendiente del agua, de las hojas caídas, del musgo… Ahora hago una colaboración mensual con Tomás Sánchez Santiago en El cuaderno digital. La visión de la cámara no es la misma que la del ojo. Con ella te acercas, encuadras, hay una luz distinta y observas detalles que no ves con la mirada. Tengo mucho material, pero siempre ronda los mismos temas.
Buscas lo que no vemos
Es algo que está ahí. Y en la poesía es lo mismo. Ocurre cada vez más que hay poemas a partir de fotos. Primero es la imagen, una mirada determinada y a partir de un filtro, a veces, analizas la imagen; o en ocasiones trabajas directamente sobre lo que ves y encuentras las palabras que pueden complementar la imagen o ir por otro lado, pero a partir de ella. Mis poemas tienen mucho que ver con esas visiones, que a veces tienden a lo abstracto.
La experiencia de la revista Veneno ¿qué significó para ti?
Veneno supuso mucho porque de ella arrancan otros proyectos. Vengo a Valladolid después de estar rondando unos años por ahí con el Ministerio de Educación: Aranda de Duero, Granada, Benavente y Tordesillas y llego aquí en 1984, en pleno apogeo de La casa Revilla. Allí se hacía El golpe de dados, una iniciativa de Miguel Casado a quien yo conocía de la facultad. Nos peleábamos mucho porque él era un revolucionario pragmático y yo era un revolucionario absolutamente alocado. Discutíamos porque él decía que la revolución tenía que tener unos caminos muy determinados y, en fin, afortunadamente, ninguno de los dos llegamos muy lejos con aquellos planteamientos. Yo acudía a La casa Revilla y se hizo una performance, que consistía en que la gente iba, escribía, alguien lo seleccionaba rápidamente y sobre la marcha se llevaba a cabo un Veneno que era una hoja doblada con un objeto que singularizaba cada ejemplar. Aquello me pareció fascinante. Hablé con Paco Aliseda y empezamos a trabajar juntos. Él se encargaba de la imprenta y el diseño y yo de los escritores. En aquella época hice un Veneno dedicado a Tomás Salvador González, que entonces todavía estaba inédito en lo que se llamaba poesía visual y ya andaba con recortes de periódico, haciendo cosas. Luego Paco se marchó a vivir a Bilbao y tuve que hacerme cargo de todo en algunos números. Llegó hasta 1995, era el número 111 y le comenté a Paco que la revista no daba más de sí. Bueno, yo voy a seguir, dijo él… Llegó más allá de 190 números. Durante muchos años conseguíamos dar sablazos a los amigos, en pequeñas cantidades, al principio costaba mil pesetas hacer un Veneno; luego llegó a costar hasta los 30,40 o 50 euros, cuando alguno se hizo en cuatricomía. Veneno me permitió, por un lado, conocer el mundo de la poesía visual y luego tratar con mucha gente distinta, como José-Miguel Ullán.
Y llegamos a El signo del gorrión…
Éramos escritores y poetas con un cierto cuerpo de obra pero con muchos problemas para publicar. La revista vino a resolver ese obstáculo y, al mismo tiempo, nos dio la oportunidad de aprender unos de otros. A veces se habla del artista en la torre de marfil pero si miras la historia, los artistas siempre se han influido entre ellos… Con la publicación de El signo del gorrión pretendíamos dos cosas básicas: dar a conocer lo que hacíamos y publicar las cosas que nos gustaban. Partíamos de una buena infraestructura: Carlos Ortega leía en francés y en alemán; yo en inglés y con conocimiento de determinados poetas y escritores ingleses y americanos; Ildefonso Rodríguez un poco lo mismo; Miguel Casado tenía relación con autores que escribían en francés y el mundo de la filosofía; Olvido García Valdés lo mismo… Dábamos voz a escritores desconocidos, que nos interesaban, como Margaret Atwood, que ahora es muy celebrada, y otros autores que tenían algo que decir y sabían cómo decirlo.
En tus novelas los protagonistas suelen ser gente de la calle, personas a las que le suceden cosas normales y que no tienen inconveniente en decirlas abiertamente. ¿Por qué eliges esa forma de narrar?
Sí, a menudo no tienen ni siquiera nombre, hablan en primera persona, aunque en algún caso uso también la tercera. Mi forma de escribir es similar al tratamiento de las fotos. Escribo sobre aquellos temas que me rodean. No hay que inventar nada porque ahí está todo. Lo ordinario ya es extraordinario. Es suficiente. Eso, al mismo tiempo, tiene un lado trágico, mis novelas a veces son un poco oscuras, y también puntos luminosos. De algún modo, el hecho de que se escriba y se lea ya tiene luz por sí mismo.
¿Son personajes reales o inventados?
Hay de todo. Algunos proceden de anécdotas que andan por ahí, y, a veces, tiro de hechos que han ocurrido de una forma más o menos veraz. No pretendo que exista fidelidad alguna sobre ningún tipo de hecho. Creo que siempre se manipula la realidad, necesariamente, porque hay distintos filtros, distintas miradas, incluso en la memoria o en los recuerdos. Eso forma parte de la libertad y de la conciencia del escritor.
¿Por qué utilizas tanto los primeros planos, el lenguaje directo?
Tiene que ver con dar clase. Cuando tratas con chavales, —la universidad tiene otras características— planteas las explicaciones de la manera más sencilla posible, más limpia. En esta materia sigo a Unamuno. Me interesan sus novelas porque me parecen de lo más moderno que se ha hecho en el siglo XX. Escribía de una forma directa, seca, pero no fría. Él quitaba los adornos y trataba de ir directamente a lo que le interesaba. Reconozco mucho esa influencia. Descubrí a Unamuno a los 15 años y aunque asumo que tiene momentos un tanto terribles, con los que no puedes estar de acuerdo, sus novelas, y no tanto sus ensayos o poemas, me fascinan. Utilizaba el lenguaje de forma eficaz y creo que cuando escribes, el lenguaje tiene que tener cierta tensión. Delibes lo hace también. No se escribe como se habla. Si un texto no tiene en cuenta la tensión no funciona porque cuando limpias una frase, cuando la cincelas, anda por ahí esa especie de agitación interna… No es tanto buscar el adorno como el que la frase quede tersa y llame la atención del lector.
¿Crees que esa manera de narrar le agrada al lector?
Bueno, el lector es un poco secundario. Naturalmente, si no hubiese lectores, no se publicarían las novelas. Los lectores te dicen que lo que escribes es muy negro, que es verdad, en alguna medida, y también que me estoy ablandando… ¡No sé si eso es peligroso! Pretendo que mis obras puedan leerse con facilidad y que los libros no sean difíciles de comprender. Como he sido profesor y tenía que hacerme entender, busco quitar lo innecesario y que quede solo lo imprescindible. La verdad es que no he conocido a un lector que me haya dicho que no ha sido capaz de pasar de la página 5 porque no había entendido nada. Me han dicho otras cosas, pero eso no.
En tus obras, ¿por qué las mujeres protagonizan con frecuencia los relatos?
Pues porque no soy mujer y porque, para mí, son seres misteriosos. La escritura trata de hacer preguntas al entrar en un terreno que no conoces bien y ver qué encuentras. En la novela Sinfín, por ejemplo, la voz es de una mujer, Rosa, todo el tiempo y trato de bucear ahí, de roturar ese campo que no sabes cómo es.
Alguien ha definido tu escritura como de una demoledora sinceridad.
Nunca te fíes de la sinceridad de lo que te cuentan por ahí… Cuando tú quitas la paja de una frase o de una historia persigues ir al centro, a la nuez, al cogollo, y, es cierto: yo busco ese objetivo. ¿En qué medida puede ser, a veces, duro? Es posible. En mis escritores de referencia que son, por un lado, Kafka, y, por otro, Beckett, la gente, quizás, no aprecia las aportaciones humorísticas que tienen. Sin embargo, yo sí entiendo que los dos autores poseen esa chispa en buena medida y que buscan en las historias un lado poco habitual que es demoledor. Lo de la sinceridad tiene que ver con ese punto de verdad que buscas y que nunca aparece.
El lector en el fondo, lo agradece, quizás…
En el dibujo que haces de cada personaje, estos tienen que tener cuerpo. Es decir, que en un cuerpo tienen que estar las contradicciones que tenemos todos y espero que en los personajes también queden esas paradojas.
Alguna vez has dicho que no eres partidario de los signos de puntuación, de las mayúsculas…
Eso ocurre con los poemas.
Y en algunos otros textos…
Bueno, sí, algún par de relatos también los he planteado de ese modo. Al primero que se lo vimos, aunque no el primero que lo hizo, fue a Joyce en el Ulises y eso está recogido en lo que se llama en castellano “el flujo de conciencia”, un estilo narrativo en el que las frases no son lineales ni bien organizadas. A mí me interesa esa inmediatez que tiene que ver con algo que me atraía mucho de joven en el surrealismo, la escritura automática, que no era nunca tan automática como indica la palabra. Quien mejor lo hacía era Joyce en distintos lugares del Ulises, un libro fundamental para mí, aunque mucha gente dice que es aburrido. Puede interpretarse de distintas maneras, para mí es fascinante.
Sigamos con los poemas.
En los poemas dispones de otras oportunidades porque hay menos palabras y podemos eliminar mejor lo redundante. En este punto quiero referirme a Francisco Pino. Él se da cuenta de que puedes sustituir determinadas convenciones a partir de cómo colocas las palabras en la página. Eso, desde luego, va más con la poesía.
¿Qué papel le pides al lector cuando practicas lo que tú llamas los silencios?
Cuando en un poema, entre una palabra y otra, dejo un hueco más grande lo primero que hace el lector es preguntarse ¿qué pasa aquí? Con ese interrogante, el lector trata de analizar el por qué, qué ha querido decir el autor. Y, ¿si se tratara de una errata? Es inevitable pensar en esos términos, aunque naturalmente no es un problema de equivocación. Ese espacio está pensado adrede para que el lector se detenga más en el sentido de cada palabra o lo que le sugiere cada palabra, o el mismo hueco.
Una especie de diálogo…
Claro, de alguna manera sí, …
Como poeta pareces vivir en una actitud más oriental de espera que de búsqueda.
Es verdad. De joven, antes de los 20 años, estuve muy interesado en todo lo que significaba el mundo oriental, el budismo, el zen y todo aquello… Una vez que abandonas el mundo judeocristiano, de creencias, de civilización, aquello te da un cierto soporte, no puedes evitarlo. Esa otra manera de ver las cosas que tienen en oriente me interesó mucho entonces y yo creo que se ha quedado dentro. Cuando preguntas si mis poemas, a veces, son como haikus, bueno, pues es posible. No voy a negarlo, pero no siguen ni la medida ni el esquema de este género poético de origen japonés, aunque es cierto que ese mundo llama mi atención. Siendo sincero, un buen haiku me deslumbra.

¿De qué manera han influido Francisco Pino y Antonio Gamoneda en tu obra?
¡La suerte que tiene uno en la vida! Voy a referirme a tres poetas: uno todavía vive y dos no. Recuerdo la primera visita que, por azar, le hice a Pino acompañado de Luis Javier Moreno, a través de Carlos Ortega. De Pino, que empezaba a ser conocido, sabíamos que había publicado en la editorial Hiperión. Aquella primera visita fue deslumbrante. Me regaló el libro Solar y cuando lo leí en casa pensaba que yo que quería ser moderno tenía delante a un señor, tan mayor, que era el más moderno de todos con diferencia. Era una persona a la que solo le importaba la poesía y tenía, además, una destreza especial. Para mí, Pino sigue siendo alguien al que no se le reconoce bastante su valía, aunque al final pudo publicar su obra reunida. El segundo poeta es Antonio Gamoneda, a quien descubrí en 1986 tras publicar la segunda edición de Descripción de la mentira en la Colección Barrio de Maravillas. En ese momento era poco conocido todavía. Me pasan la obra para que haga una reseña en la revista Un ángel más. Al leerla, me quedé trastornado absolutamente. Fue como un fogonazo. Al cabo del tiempo he conocido todos sus libros, pero Descripción de la mentira es un texto seminal para su poesía y para la poesía española posterior.
Y ¿el tercero?
El tercero de mis poetas fundamentales es José-Miguel Ullán que es todo lo contrario a Pino y a Gamoneda, que han estado retirados del mundo. Ullán escapa de Salamanca, reside en París y es una persona completamente cosmopolita que murió todavía joven. Olvido García Valdés dice de él que es el poeta en castellano de mayor genio lingüístico del siglo XX. Es cierto que juega con las palabras y tiene una especie de gracia característica. Era como un rey mago. Tuvo más éxito como periodista que como poeta pero podía permitirse el lujo de buscar experiencias y encontrarlas. A Los poetas de El signo del gorrión les dio cancha en la editorial Ave del Paraíso, que hacía unos libros preciosos, aunque al final tuvo que cerrarla. Los tres poetas, cada uno a su modo, viven la poesía con una sinceridad, una hondura y una verdad que, al menos a mí, me hacen sentir la vida de una forma especial.
¿Tu obra podía definirse entre la naturalidad de las cosas y la naturaleza?
Seguramente de ambas formas. La naturaleza me importa mucho, es una palabra delicada porque es un nombre abstracto que incluye muchas presencias a su alrededor y a menudo no las entiendes y, probablemente, porque no las entiendes, te interesan, ¿no? Suelo grabar imágenes desde casa como fue el caso de las cigüeñas en la época del confinamiento durante la pandemia. Siempre me han interesado las cigüeñas, es un pájaro benefactor. De la naturaleza me gusta ver y disfrutar los ciclos por los que atraviesa, y en esta zona, donde tenemos cuatro estaciones, con colores tan distintos, con aires tan variados, aparecen muchas ocasiones para disfrutar. En cuanto a la naturalidad, yo estoy en contra de lo artificioso, aun teniendo en cuenta que un cierto artificio es inevitable. Siempre hay una forma y esa forma la eliges y te condiciona, no viene dada.
Llevas tiempo relacionado con la Fundación Segundo y Santiago Montes. ¿Qué ha aportado esta entidad a la vida cultural de Valladolid?
La Fundación Segundo y Santiago Montes tiene dos características: no cobra nadie, todo se hace por amor al arte y el poco dinero que se consigue se envía para El Salvador, a la gente que lo necesita para sobrevivir. Esos dos rasgos han condicionado su funcionamiento en sus casi 30 años de existencia. He estado rodeado de personas cercanas y siempre buscas que haya cierta calidad en la programación, al menos, en la parte literaria, que es en la que yo soy responsable. La sala suele llenarse a menudo, a pesar de que también hay actividades para un público más minoritario. Creo que la Fundación es una referencia de la cultura en la ciudad, un regalo de Catalina Montes.
Además de escribir sueles estar pendiente de la edición y del apartado artístico de tus libros.
Es algo que me gusta y me preocupa. Es una afición que me viene de las revistas El signo del gorrión y Veneno donde compartí la maquetación con Manuel Ferro y Miguel Casado. Un libro tiene que ser hermoso, no exactamente bonito, pero sí que esté bien, con buen papel, y que presente una apropiada impresión. Una de las razones por las que me gusta editar con Huerga y Fierro es porque respetan mis indicaciones. Eso no ocurre siempre. Esta exigencia implica a menudo incrementar el número de páginas, pero los textos no pueden aparecer de cualquier forma. El libro en papel, si quiere sobrevivir, tiene que estar bien hecho.
Al enfrentarte a una traducción, ¿cómo la afrontas?
El mundo de las traducciones ahora lo tengo un poco abandonado. Es posible que lo retome de nuevo, si consiguen los derechos, con un libro de poemas breves de William Carlos Williams. Habitualmente, he traducido poesía y, a veces, también me he enfrentado a textos pequeños de ensayo y relatos. Es decisivo que me gusten los textos. Estos trabajos no los haces por encargo. Traducir es analizar con mucho cuidado las palabras que tienes entre manos y cuando las traspasas al castellano tienen que funcionar bien, de tal manera que un ritmo y una métrica que responda bien en inglés, la lengua de la que yo traduzco, puede que no sea eficaz en castellano. Hay que evitar por todos los medios que se dirijan a ti como tradutor/traditore porque has traicionado un texto. Cada lengua tiene sus condiciones y es necesario, por supuesto, que se mantenga el espíritu con que fue escrito el texto por el autor.
¿Cómo ves a Castilla y León desde el punto de vista cultural?
Aquí hay una tradición importante en los últimos 100-150 años: sigue habiendo gente creativa. Desconozco en profundidad el panorama de los autores más jóvenes, de la generación siguiente a la mía, pero creo que sí hay personas con vocación literaria. Soy testigo de primera mano de que la autoridad y las administraciones nos hacen un caso entre relativo y ninguno. Me consuela pensar que a Pino no le hizo nadie ningún caso y, sin embargo, sacó adelante su obra. ¿Que no te atienden? Habrá que pensar que el dinero no les da para todo… y ahora que el consejero de Cultura es un escritor y la viceconsejera una escritora, tampoco parece que estén muy por la labor. Prefiero no quejarme. Otra cosa es el asunto social: muchos escritores que en algún momento de su vida no estuvieron apoyados o apenas podían publicar, les cambió su destino al cabo del tiempo. El mismo Góngora estuvo olvidado durante siglos hasta que los del 27 lo redescubren y ven que es un gran poeta; Cervantes ha aguantado más el tirón del tiempo y parece que se mantiene ahí. Jiménez Lozano comentaba que realmente nunca sabes el valor de lo que haces. Te pueden decir que lo que tú escribes no vale nada o que es un diamante. El escritor nunca lo sabe, hace lo que puede y, desde luego, yo creo que es mucho mejor que se mire a sí mismo y a la obra que no a la recepción de la obra, que puede ser muy engañosa. Ha habido grandes éxitos de escritores que, en su momento, fueron muy famosos y que ahora se encuentran absolutamente olvidados. Eso no quiere decir que sean mejores o peores. La recepción social es muy relativa. Por eso son tan importantes las bibliotecas, para que se guarden las obras, para que se pueda acudir a ellas con el paso de los años.
Una faceta tuya ha sido siempre la crítica literaria, los artículos en prensa… ¿es un ejercicio para estar en contacto con la actualidad?
Cada vez es menos actualidad. Las primeras reseñas las publiqué en una revista que había en Valladolid, llamada El Sereno, gracias a la invitación que me hizo Miguel Suárez. La verdad es que se trata de una actualidad relativa porque, en muchas ocasiones, cuando uno escribe lo hace a partir de lo que lee. La curiosidad y el interés por las lecturas, cosa que no he perdido afortunadamente, me llevan más a los libros antiguos, con cierta pátina, que a los de temporada. En El Norte de Castilla, Angélica Tanarro me pasaba un libro y si me gustaba escribía algo aunque inicialmente no supiera nada ni del autor ni de sus trabajos. Si el libro me parecía que merecía la pena pues lo dábamos a conocer para que el público estuviera informado. En el periódico he escrito muchos artículos de cine desde un punto de vista no estrictamente cinematográfico sino más bien relacionados con los personajes y con los libros en los que se basaban las películas. Me interesaba darle un aire distinto al habitual. Durante los últimos años me he centrado en escritores de principios del siglo XX, un momento álgido de creación en el que era corriente encontrarnos con nuevas maneras de hacer, caso de Katherine Mansfield, Eliot, etc. He dejado de escribir ese tipo de artículos porque me llevaba mucho tiempo.
¿Qué planes tienes?
En estos momentos preparo un libro para la colección de La Belleza de las cosas, de Eolas Ediciones. Está concebido más en la línea del ensayo y quiero terminarlo antes del verano. El segundo de los proyectos se llama Álbum. Tiene que ver con mi familia y eso, por un lado, me da apuro ya que guarda relación con la verosimilitud, la realidad, y, por otro lado, también me da miedo porque no es exactamente una novela ya que parto de fotos para hablar de un tiempo en el que estaban mis padres y dos hermanos, que ya murieron. A raíz de aquellas experiencias trato de apuntalar lo que me queda de memoria. Tengo escrita una parte pero queda mucho por delante todavía. También estoy buceando en cuentos escritos hace años para preparar un volumen.
