
Si compramos una batidora de las que mezclan alimentos, pero, en su lugar, ponemos la tragedia de la Dana, el genocidio acumulado en Palestina, la peregrina idea de la Seminci de retocar los labios para actualizar su imagen corporativa, los encuentros y desamores, la lucha entre el pensamiento y la acción con todas las músicas posibles, y le damos al interruptor… podemos estar cerca de comprender la exposición que el pintor leonés Manuel Sierra presenta en el bar-restaurante Puerto Chico de Valladolid. Quizás oriente un poco saber que le ha dado el nombre de “Sin título”. Mayor autonomía para reconstruir sus y nuestros sueños rotos.
Por ISAAC MACHO
Fotografías: JUAN A. BERZAL
Entras en Puerto Chico y sin darte cuenta, alguien del fondo, agita el aire y te silva para atraer tu atención. Giras la vista y a tu derecha —en este espacio gastronómico, de conversación, de cultura, de silencio, de camaradas— oyes el delgado sonido de una sirena saliendo de una nube pintada por Manuel Sierra.
En esas aguas superficiales oyes más clara la voz y ves más nítido el gesto de media sonrisa del pintor de Babia que espera que te acerques para saludarte y contarte qué hacen aquí sus cuadros, sin título, otro mes de noviembre, un año más.
Parecen las obras de siempre y lo son, pero también ofrece visiones de su actual ideario y hasta ves, entre nimbos, piezas del mañana. “Memoria que de pronto se descoyunta”, intuyes nítidamente en palabras del maestro. Si te fijas con detalle lo que ves es “algo parecido a lo que nos pasa después de un incendio intentando rehacer lo deshecho por el fuego o cuando una vida amorosa salta por los aires y quieres recuperarla inútilmente o cuando un golpe de aire inesperado echa a volar los billetes que conseguiste en el atraco a un banco y quieres recogerlos por la calle sin conseguirlo”, te susurra al oído el pintor.
Al acercarte a las pinturas, enhiestos puntales llaman la atención del observador como si fueran los palos de un velero que rematan en lo más alto con un estandarte. Esa bandera la componen tres franjas horizontales (negro, blanco y verde) unidas con un triángulo rojo en el borde más próximo al mástil. El diálogo entre las cuatro tonalidades, a estas alturas de la película lo sabe ya todo el mundo, es la bandera de Palestina. Y ahí Manuel Sierra, sospecho, ha querido que detengamos nuestra mirada –pasada, presente y futura- con un mensaje que es “algo parecido a lo que les sigue pasando a los miles de gazatíes, aún vivos, queriendo y no pudiendo reconstruir sus vidas, sus trabajos, sus casas y sus huertos. Su memoria destruida por los bombardeos israelíes en esta guerra de aniquilación, en este asesinato colectivo”. Esa enseña, reproducida por Sierra, es la insignia que reconocen la ONU y la UNESCO, pero, ¿cómo es posible?, no el estado de Israel.

La muestra, sin título, a la que nos invita el autor leonés, reúne “apuntes dispersos y olvidados, dibujos recurrentes traídos del imaginario propio y colectivo a la vez, trozos de un mundo, un pequeño universo que se me escapa entre los dedos como si fuera una trucha moteada del Sil”, alerta.
Estas evocaciones tienen su propia fragancia aunque el artista pueda parecer que las tiende al sol para un secado casual. Esos amarillos, azules, verdes, ocres, rojos, llevan en sus venas el germen de la “resistencia y la lucha”. Los paisajes y la luz que entra por las ventanas, los interiores rodeados de instrumentos musicales, la taza del desayuno, la mesa camilla, la bandera que ondea a media asta con muchos años de duelo, las dos piezas muy urbanas, nocturnas con música y hasta el mito del cine negro te hablan de “recuperar el mundo destruido, construir de nuevo el sueño roto, reconstruir” y, ojo visitante, “reconstruirte”, no huyas.
¿Acaso los labios-labios de la Seminci, los labios que a los cinéfilos nos gustaría besar, los labios que pintó Sierra hace 40 años, esos que el festival de cine de Valladolid ahora ha querido retocar —con resultado cercano al logo de cualquier fábrica del mercado del plástico—, acaso esos labios son inocentes en esta exposición, que no lleva título?
Los supuestos “trozos dispersos” de la exposición que ahora ofrece Puerto Chico son un aldabonazo del artista dirigido al espectador para que colabore en esa tarea colectiva: en “este paisaje”, en “aquel interior”, en el vuelo de los pájaros, en aquella escena en la que el pintor enciende “aquel cielo estrellado”, en el momento en que “afino este piano o esa dulzaina”. En resumen, esta es una llamada de atención del autor a los asistentes a la muestra para “recuperar y construir, de nuevo, lo dispersado, lo perdido, tal vez”.

La exhibición de 15 pequeños cuadros y tres de tamaño medio que Manuel Sierra pone frente a tu vista le recuerdan, señala, tres momentos de su existencia: el concierto de Raimon en Madrid al presentar la canción “Diguem no”: “Diguem que no, nosaltres no som d´eixe món…”; “del microcosmos al macrocosmos, o lo que es lo mismo, mejor cabeza de ratón que cola de león” y estas palabras de Buenaventura Durruti: “Las ruinas no nos dan miedo. Sabemos que no vamos a heredar más que ruinas porque la burguesía tratará de arruinar el mundo en la última fase de su historia”.
En definitiva, a esta exposición que “parece un puzle pero no lo es”, que tiene poco que ver con la creación aristotélica, vaticana o platónica, no se le pueden exigir más ingredientes para pensar.
*La exposición “Sin título” de Manuel Sierra podrá visitarse en Puerto Chico (C/Nicasio Pérez,1, Valladolid), hasta el 15 de diciembre de 2024. Horarios: miércoles-sábado: 12:30-17 y 20-24 h.; domingo: 12:30-17 h. / Lunes y martes, cerrado.
