
Por LUIS GRAU LOBO

A menudo me pregunto de dónde viene toda esta mala hostia. Estamos a la que salta para enmendar la plana a alguien o ponerlo en ridículo (el celebrado «zasca») si no es de los nuestros, si no piensa como nosotros, si tenemos alguna cuenta pendiente o sencillamente por el mero capricho de prevalecer.
Algo de tanta inquina debe resultar de que estemos vertiendo todo lo que hacemos/pensamos/vivimos o no hacemos/pensamos/vivimos en entornos públicos que lo exponen al juicio ajeno en las redes digitales (¿sociales?). Nos percatamos en ellas de varias certezas dolorosas: ni somos especiales ni lo que nos pasa es singular ni merece la atención que desearíamos tuviera. Y más aún, que los demás se lo pasan mejor, son más especiales o más afortunados, una falsa sensación provocada por visualizar tanta supuesta felicidad y atribuirla a un mismo individuo colectivo cuando se trata de infinidad de ellos y, sobre todo, se trata de ficciones, de algo expuesto para ser admirado. Postureo, al fin.
Otro indudable motivo de tanta acritud reside en el quebrantamiento de una norma básica de educación o, si se quiere, de cortesía, de politesse: «la alabanza ha de ser pública y la crítica, privada». La ruptura de ese código de convivencia convierte cualquier error en carne de venganza o menosprecio. Hay quien se agazapa para sacar los colores a quien tenga en el punto de mira; espera el fallo, desea la metedura de pata para escarnecer, para quedar por encima. A menudo lo hace sin miramientos ni medida, sin dar ocasión a rectificación o, aún peor, sin comprobar si tiene razón o si el error es suyo, si en realidad quien cuestiona se equivoca. Da igual. Ser más gracioso, más contundente, hablar más alto o llegar a más público y, sobre todo, no dar la cara, se convierten en un triunfo por aplastamiento sobre la razón o los modales cuya intención es amilanar o enmudecer a los más prudentes, educados o sensatos.
Todo ello, es obvio, está fomentado por el famoso ‘algoritmo’, las diversas formulaciones matemáticas que los mandarines de las redes han dispuesto para excitar el odio a nuestros semejantes y acabar con las pocas normas de convivencia en comunidad que aún perviven en lo que llamábamos civilización. Pero no solo ellos son culpables, por supuesto. A este disparate contribuyen, por otra parte, medios de comunicación prestos a atizar hogueras sin rubor o responsabilidad, sin rectificación o réplica justa. Todos cuantos sostienen esa indecente maquinaria descalificatoria ocultan –o a veces ni siquiera esconden– intereses creados y privados que disfrazan de servicio público o nobilísima lucha por la verdad, una verdad a la altura de sus ambiciones de prevalecer a toda costa y a costa de otros. No nos engañamos, sin embargo, sabemos quiénes son. Porque ya en el parvulario se les identificaba con facilidad: levantaban la mano y chillaban como grajos para chivarse al profesor de que un compañero había hecho algo mal. Y no han cambiado.
(Publicado en La Nueva Crónica de León el 15 de febrero de 2026)
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