
Por LUIS GRAU LOBO

En el cuento ‘El eclipse’ de Augusto Monterroso, un fraile español perdido en la selva guatemalteca durante la conquista americana intenta evitar su muerte a manos de los mayas simulando poderes mágicos gracias a su conocimiento de un eclipse de sol que había de tener lugar ese mismo día. Mientras es sacrificado, uno de los indígenas recita pausadamente las fechas de los siguientes ocultamientos solares. Recordaba este instructivo cuento a propósito del revuelo por las palabras de Felipe VI de visita en una exposición temporal acompañado del embajador de México, cuando reconoció los «abusos» de la conquista.
No creo que nadie tenga que pedir perdón por la conquista/invasión de los españoles en América; sería como admitir que somos responsables de los actos de nuestros padres, abuelos, etc., salvo tal vez la corona, cuya existencia se basa en un principio hereditario. Teniendo en cuenta, además, que antepasados de quienes exigen tales disculpas fueron a menudo los responsables de esas injusticias, criollos y descendientes del poder hispano que aún ostentan. Pero cosa muy diferente es reconocer con fidelidad lo que sucedió.
Que la derecha (Feijóo) diga que no cabe obsesionarse con un tiempo pasado es receta bien sabida en ese partido donde consideran pasada, y por tanto indigna de recordarse, cualquier tropelía que les ataña, de la Gürtel a Mazón. Más allá va la extrema derecha (y Ayuso), hablando de la enorme y sin parangón acción evangelizadora y civilizadora en ese continente. Tan casposas y ridículas afirmaciones proceden evidentemente de considerar la cultura europea y la religión cristiana superiores a las demás, lo cual no merecería mucho comentario si no fuera porque de un tiempo a esta parte hay que volver a sostener debates más viejos que la civilización incaica.
La invasión de América –por qué la seguimos llamando «conquista» es otra discusión– fue, como todas las guerras de ocupación, pero más aún por su prolongación y extensión, una catástrofe humanitaria de enormes dimensiones propiciada por un imperio con nombre y apellidos. El hecho de que la metrópoli pretendiera, con poco éxito y afán, limitar la crueldad con los indígenas (no así con los esclavos negros), que estos hayan pervivido en mayor medida que en otros lugares o que el mestizaje haya sido mayor no son atenuantes de un balance terrible en vidas, sufrimiento y explotación cuya realidad y descripción hace mucho tienen claras historiadores y cualquier persona sensata de uno y otro lado del océano.
Y no hay inconveniente o mancha en reconocerlo, en dar a la historia su verdadera dimensión, no es necesario avergonzarse ni mucho menos cabe enorgullecerse: fue un tiempo pasado, sí, pero llamar a las cosas por su nombre permite comprenderlas en justa medida. Si no lo hacemos, el presente que tanto preocupa a Feijóo empieza a denominarse de cualquier e interesada manera, en Gaza, en Venezuela, en Irán o en los Estados Unidos.
(Publicado en La Nueva Crónica de León el 22 de marzo de 2026)
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