TAC 2026 / ‘La Baronnade’ de Les Grooms / ¿Miedo al ridículo?

El grupo vocal Valle de Aguas interactúa con Les Grooms. Foto: Juan A. Berzal.

La calle convertida en un escenario vivo y los propios viandantes o los clientes de una tienda formando parte de un espectáculo casi improvisado. Esa es la loca invitación –bendita sea– a la que sometió al público la compañía francesa Les Grooms con su obra La Baronnade. ¿Cuándo volverán?

Por ELI MATILLA

«Cuando ser de Valladolid mola mucho». Recuerdo que esa era la frase que acompañaba a unas fotos que envié en un grupo de WhatsApp durante algún TAC pasado. Y, año tras año, esa sensación me vuelve a invadir durante los días que dura el festival.

Es miércoles por la tarde, después del trabajo, pero miércoles de TAC. En los alrededores de la Plaza Mayor hay más actividad que cualquier otro día laboral de la semana. Nos entremezclamos gentes diversas: los que siguen con su rutina diaria, los curiosos que observan los preparativos del espectáculo aéreo que tendrá lugar en los próximos días, y los que hemos acudido a una cita con Les Grooms.

Somos unos cuantos los que esperamos, casi como quien va a una cita a ciegas. Sabemos que algo va a pasar, pero no tenemos muy claro dónde ni cómo va a suceder.

Espectadores disfrutando de la original obra La Baronnade. Foto: Juan A. Berzal.

De repente, en un balcón de la plaza aparece la banda: trompetas, tubas, saxofón… y en cuestión de minutos, casi sin darnos cuenta, han bajado de las alturas y ya están entre la gente, colándose entre las mesas de la terraza, entre cañas y cafés. Durante unos minutos, quienes estaban ahí sin más se convierten, sin saberlo, en parte del espectáculo.

Muchos de los que observaban con cierta timidez se van acercando. Entonces, los músicos pasan de ser solo una banda a ser “nuestros guías”. Ya somos bastantes los que les seguimos sin preguntarnos para qué ni hacia dónde vamos, parece que la fiesta no ha hecho más que empezar.

Los músicos amenizando a los clientes de una cafetería. Foto: Juan A. Berzal.

Enseguida nos vemos siguiendo su juego por la calle Santiago. Todo tiene ese punto gamberro que hace imposible quedarse mirando desde lejos. Y de repente, una voz, una mujer que parece una espectadora cualquiera se pone a cantar lírico. De esas veces que giras la cabeza pensando “pero bueno…”.

Seguimos y, casi sin darnos cuenta, acabamos colándonos en una tienda. La banda sigue tocando entre perchas y la moda de esta primavera-verano. Algunos entramos detrás, mientras otros siguen comprando como si nada. ¿De qué planeta será esta gente? ¿Acaso tienen una banda de música en su salón todos los días? ¡Yo qué sé! Y entonces vuelve a escucharse otra voz espectacular. Cada vez parece más claro que nadie es quien parece. Y hasta aquí puedo leer…

Los músicos tumbados y tocando como verdaderos malabaristas. Foto: Juan A. Berzal.

Reconozco que mi atención se va a la mirada de un niño, un pequeñajo con gafas que observa fascinado. No entiende muy bien qué está pasando, pero no puede dejar de mirar. Y a mí me fascina mirarle.

El juego nos lleva hasta el Pasaje de las Francesas. Allí, entre el público, se descubren las chicas de Valle de Aguas. Hasta hace un momento estaban ahí como cualquiera, pero no…

Otro momento del espectáculo La Baronnade en plena calle. Foto: Juan A. Berzal.

La fiesta sigue, el descaro de Les Grooms con La Baronnade y la ópera, donde menos te lo esperas, también. Antes de terminar, las intérpretes de Valle de Aguas nos regala una “Chica yeyé” que suena especialmente bien porque en Valladolid siempre encuentra quien la cante.

Vuelvo a casa pensando en que la cosa debería ir más de esto: de ponernos las gafas de aquel niño y dejarnos sorprender, de ponerle más música a lo cotidiano, de acercarnos a la gente que hace que todo sea más ligero, más vivo. De no tener tanto miedo a hacer un poco el ridículo, a sacar los pies del tiesto. Y de jugar, por el simple placer de jugar. De volver a jugar.

Una supuesta espontánea canta ópera rodeada de los músicos. Foto: Juan A. Berzal.

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