Cuerpos como enredaderas, figuras humanas convertidas en plantas que transpiran sin tocar la tierra, que viven en equilibrio con la naturaleza. Es el lenguaje de la compañía belga Chaussons Rouges, que ha presentado al público del TAC de Valladolid su espectáculo Épiphytes, en el que cuatro funambulistas muestran al público un jardín aéreo donde la danza y el circo dialogan con multitud de matices.
Por BORJA RODRÍGUEZ HERRERO
Cada vez que acudo a un espectáculo circense con el mástil chino, siento últimamente que el riesgo de caer en la decepción es mayor. Sentimiento injusto, totalmente. Es una extraña creencia que se debe a mi particular percepción al ver actuaciones donde los adjetivos perfección y sincronización brotan a borbotones. Es tal el nivel de superación que los mismos protagonistas se imponen que siento estar siempre un poco más cerca de encontrar ese techo de cristal que imposibilitará ser espectador, una vez más, de algo único.
Afortunadamente, ese día no llegó viendo el espectáculo Épiphytes de la compañía Chaussons Rouges. Nos ofrecieron una actuación donde por un rato reconectábamos con la naturaleza, como si viajáramos en el tiempo hacia la etapa más primaria de nuestra especie cuando parecía que los términos ser humano y naturaleza eran uno.
Sobre una estructura que simulaba ramas o cañas de bambú, las cuatro protagonistas nos embobaron con una preciosa coreografía. Por momentos no parecía que estuvieran caminando sobre un alambre sino bailando a varios metros de altura codeándose con el grácil vuelo de las golondrinas.
No podía fijar la vista en un solo lugar: divididas por parejas, dos en el alambre y dos entre los bambúes, danzaban o formaban figuras estáticas de pura fuerza con movimientos lentos.
La sensación que da un espectáculo circense como al que estaba asistiendo, por parte de la compañía belga Chaussons Rouges, es el de abstracción y la urgente necesidad de demandar silencio al público para que las intérpretes no pierdan la máxima concentración. Pero no me dio esa impresión: al verlas pensé más en emociones compartidas, en cuerpos que buscan universos delicados y se convierten en materia viva, que se miran a los ojos en cada movimiento, en cada posición inmóvil como si se tratara de una danza de seducción.
Las cuatro protagonistas trepan, suben hasta la cúspide del pórtico sobre el que estaban actuando y allí comienza otro nuevo baile, las cuatro formando figuras diferentes como si estuviésemos asistiendo a una exposición en una pinacoteca. Ya no necesitan el apoyo de la barra para equilibrarse, su propio cuerpo es suficiente para modelar y compensar sus movimientos.
De pronto vuelven a descender como si el otoño hubiese llegado y las hojas amarillentas cayesen ya maduras. Sus cuerpos se enroscan indicando que quieren invernar, que ya volverán con la primavera. Pero atención, una de ellas continúa en el árbol, se niega a desprenderse del árbol, quiere seguir creciendo y se mantiene entre las ramas. Su mirada orientada al cielo, hacia arriba, sus brazos señalando al infinito.
A punto de finalizar el montaje todo el espacio se fundió con una gran nube de vapor, difuminando sus sombras, como si el bosque poco a poco se apagara en la noche y con él la propia obra.
Aun así, la danza continuó. Las barras de equilibrio se convirtieron en un compañero de baile, oscilando en vertical, pudiendo “jugar” por parejas con ellas, ascendiendo cual enredaderas hasta la cumbre y descendiendo luego lentamente para volver a elevarse, colgándose con una sola mano o, simplemente, boca abajo apoyadas tan solo con los empeines de sus pies.
¡Qué suerte seguir disfrutando de sorpresas así!





