Cataluña

Por ANTONIO BERMEJO PORTO

Desde la transición democrática los gobiernos del Reino de España no hacen más que negociar con los españoles de Cataluña en un tira y afloja en el que el del pan tumaca tira y el del cocido afloja. Negociar es otra cosa que requiere del leal compromiso de llegar a una posición intermedia —equidistante o no— como solución definitiva, y una de las más olvidadas formas de negociar es no hacerlo.

Con los catalanes, el Gobierno no negocia sino que discute y cede. Dale Carnegie (1888-1955) es considerado por muchos el mejor negociador de todos los tiempos. Su libro “Como ganar amigos e influir sobre las personas”, publicado en 1936, ha visto más de cien ediciones en múltiples idiomas. Carnegie mantiene que el único medio de salir ganando de una discusión es evitarla. Eso y no otra cosa debieron hacer los ejecutivos españoles cada vez que los del seny se plantaban en Madrid a pedir pasta y competencias. El Gobierno no puede concederles la independencia y los mecanismos constitucionales que podrían conseguirlo no van a ser activados por el Parlamento nacional. Por eso, si cada cesión es para el catalanista subir un nudo más en la cuerda que al final ha de ser cortada, negociar carece de sentido. Así, el propietario de un Ferrari podrá tratar su venta con quien le ofrezca 100.000 euros, pero no perderá el tiempo con el que se lo quiera comprar por 100 ya que, por mucho que uno baje y el otro suba, el acuerdo es imposible.

Los nacionalistas catalanes vienen observando desde hace décadas que cuanto más le sisan al Reino más impopulares son entre los demás ciudadanos, con lo que no se sienten queridos y se preguntan para qué pagan impuestos a una sociedad hostil. Después vino el pacto fiscal, que es la introducción en el Ordenamiento jurídico del principio de fiscalidad de barrio, por el que los pudientes vecinos del centro de la ciudad se niegan a sufragar los parques del extrarradio donde habitan unos prigaos que apenas pagan impuestos dados sus magros salarios.

El Rey de España, alarmado por quienes quieren recortarle la Corona ha publicado una redacción de segundo de bachillerato en forma de carta a los súbditos, afirmando que para superar estos procelosos tiempos hace falta asumir dos cosas fundamentales: que la unión hace la fuerza y que unidos nos irá mejor (¿decíais dos Sire?). La reacción sí que ha sido doble: enfado de los catalanistas y cogérsela con papel de fumar de varios expertos en Derecho Constitucional. El Monarca tiene razón, pero la pela es la pela y como saben que al final lo de la liga de fútbol se acabaría arreglando para que el Barcelona continúe persiguiendo en la Historia al Real Madrid, siguen tirando con la fundada esperanza de que el otro siga aflojando. En vernáculo: “Ens podran dir pagesos, ens podran dir camperols, però no fills de puta perquè no som espanyols.”

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