Cadena perpetua

Por JESÚS SUÁREZ

El género del cine carcelario tiene larga tradición en la historia del Séptimo Arte. Una de las últimas joyas que el género nos ofrecía en los últimos tiempos fue ‘Cadena perpetua’, dirigida por Frank Darabont en el año 1994, director que volvería a revisitar el género algunos años después, también con indudable eficacia, en ‘La milla verde’. En ‘Cadena perpetua’  asistíamos a un brillante duelo interpretativo entre Tim Robbins y Morgan Freeman y la historia se centraba, no en el crimen y sus consecuencias, sino en la fuerza de la voluntad del ser humano, capaz de resistir y vencer las más adversas situaciones, y en el valor de la amistad, ese hermoso sentimiento que se afianza en los momentos más negros, cuando la desesperación todo lo invade.

Probablemente la gente que puebla las cárceles en nada se parece a Tim Robbins. Quizás casi todos son culpables y merecen ser alejados durante largo tiempo de la sociedad. Pero cada cierto tiempo vuelve a salir al debate público la cuestión de si nuestro sistema penal es lo suficientemente duro con aquellos que cometen crímenes tan horrendos, tan lejos de nuestra comprensión, que el castigo impuesto nos parece siempre excesivamente benévolo. En esa línea, hace algunas semanas el Ministro de Justicia, Ruiz-Gallardón, presentaba una reforma del Código Penal que contempla la posibilidad de una ‘prisión perpetua revisable’ para determinados delitos.

En la mente de todos, indudablemente, se encuentran casos como el de José Bretón. Cualquier castigo siempre nos parecerá leve para los malvados, pero el asco que sentimos no debe nublar nuestro juicio. Hay un tema fundamental y es discernir cuál es la finalidad de la pena. Teóricamente el sistema debe moverse entre tres objetivos: que el culpable pague sus crímenes, que el recluso pueda reinsertarse en la sociedad y que todos nosotros estemos protegidos de los más mezquinos de nuestros semejantes. No es sencillo encontrar un punto de equilibrio y para una madre ninguna pena de prisión, por muy perpetua que sea, aliviará su dolor. Los políticos deben ir más allá de los titulares de cada día, del regate corto, y afrontar la cuestión serenamente. Pero escuchemos también la voz de las víctimas, que nos piden que los crímenes no queden impunes.

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