Mapa escénico

La actriz vallisoletana inicia con este artículo un análisis mensual  sobre el momento por el que pasan los compañeros de las artes escénicas. Anuncia que si no cambian las cosas volverán a la calle “a pedir un plato de comida” a cambio de su actuación.

Por MAGDALENA ALEJO

La situación por la que pasa actualmente la Cultura, y las Artes Escénicas en particular, hace retroceder a este país unos 25 años; la diferencia es que a finales de los 80 España salía de una crisis, estaba despegando como potencia cultural, y las ganas y el ánimo por avanzar eran muchos, y ahora estamos de lleno en una crisis donde todo el tejido cultural, de la industria cultural —porque no se puede olvidar que esto es una industria que genera riqueza da un  servicio y es un bien social—, se ha destruido.

Los teatros ofrecen un espacio maravilloso que se podría utilizar a lo largo de la semana y no solo durante las representaciones teatrales, cada vez más escasas. Es un espacio ideal como punto de encuentro para tertulias, talleres de teatro, conferencias, exposiciones y otras manifestaciones culturales donde juntar a la población de la localidad, sea de la edad que sea, y con poco coste para la administración. Crear centros vivos.

Las compañías teatrales no pueden pagar a sus trabajadores, porque éstas a su vez no han cobrado de las administraciones; es un secreto a voces que este sector siempre ha cobrado a más de seis meses vista, era algo normal.

Ahora con la crisis ese pago simplemente no llega ni llegará. Actualmente no pueden afrontar los pagos que cada mes generan y muchas de ellas, algunas legendarias, están planteándose el cierre. Se ha optado por algo que era impensable hace poco, ir a taquilla o alquilar el teatro para poder actuar. Los mínimos se están rebasando por momentos.

Una sociedad que no cuida su cultura, que no la valora, está abocada al olvido y eso significa su destrucción. Con la pérdida de identidad cultural un pueblo, sociedad o región volverá a cometer los errores del pasado y no podrá evolucionar.

Si no cuidamos nuestro patrimonio inmaterial como el teatro, la danza, sus creadores y trabajadores, no se tendrá nada como referencia cultural. Antropológicamente la sociedad se convertirá en unos “nadie”. Lo romántico que suponía los cantares de ciego, el carromato de los artistas que llegaban a las plazas de los pueblos y al finalizar su actuación pasaban la gorra, o pedían comida a cambio de diversión, volverá. Pero ahora no desde el romanticismo y desde la leyenda del artista libre. Muy al contrario, desde el artista mendigo, bufón de corte, expuesto a las inclemencias institucionales que volverá a la calle a pedir un plato de comida a cambio de su actuación. Dignificar la profesión de actor o bailarín sigue siendo ineludible.

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