Postrimerías de diario

 

Osario de Wamba (Valladolid). © Fotografía de Pablo Carranza Giotto.

Por LUIS GRAU LOBO

Desde cierto punto de vista, no del todo metafórico, nos alimentamos de cadáveres. Y tal vez por ello encontramos una mal disimulada fruición en la contemplación de los cuerpos sin vida de personajes célebres, en cuya presencia aflora una admiración inconfesable por la constatación del predominio de la muerte y un cierto morbo autocomplacido por haber “sobrevivido” a alguien importante.

Occidente ha procedido a retirar de su imaginario físico y psíquico los vestigios relacionados con la decrepitud y los vaticinios luctuosos del final que nos aguarda a todos. Enfermos, desahuciados y difuntos han sido desterrados de las ciudades de los vivos y del entorno de los activos con un truculento alzamiento de hospitales y necrópolis en territorios retirados y solitarios. Para llenar ese vacío de la experiencia, a veces jugueteamos con la muerte y la carne mortal a través de los lenitivos pueriles de lo gótico o la charcutería facilona del gore. Sin embargo, aún nos fascina cuando un despojo humano se nos ofrece en toda su crudeza, y su estremecedora y entrañable presencia se hace aún más inquietante cuando se asocia a una biografía atrayente, a una buena historia o un acontecimiento singular.

Esas postrimerías con nombre propio atraviesan la crónica de nuestra cultura desde que el mundo es mundo con la mortecina luz de una siniestra compaña que arrancara en la exposición impúdica del cuerpo ensangrentado del nazareno crucificado por todas las iglesias del orbe y terminase (de momento y anecdóticamente) en el ensañamiento con que los medios del plantea entero han exhibido estos días el cadáver de Heriberto Lazcano, el violento capo de los narcotraficantes mejicanos Zetas, abatido a tiros esta semana pasada y cuyo cuerpo fue hecho desaparecer del depósito poco más tarde.

Una tipología somera de ese cortejo de cadavres exquises habría de incluir aquellos que se exhiben en plazas públicas para adoración de beatos y solaz de turistas, como el Lenin de la plaza Roja; los que se convierten en iconos sagrados (del Che Guevara inmortal de Korda al Che muerto en Vallegrande, de Alborta) o los cuerpos que no se encuentran por parte alguna, como el Hitler o el de Velázquez, despistado por los conventos de Madrid, por decir extremos. Y, naturalmente, los que se encuentran bien agrupaditos, ordenados para deleite de necrófilos y gentes de vanidad sombría, en los cementerios, entre los que el parisino de Père Lachaise, el cinematográfico de Arlington, el de Highgate, el histórico de El Cairo, etc. ofrecen oportunidad para el memento mori personal y el finis gloriae mundi colectivo (a los aficionados: el libro de Nooteboom sobre tumbas de poetas y pensadores proporciona una guía meditabunda).

Nos gustan los muertos. Nos recuerdan que seguimos vivos. Por eso, desde cierta perspectiva, no del todo metafórica, los museos son morgues que tienen reservado el derecho de admisión. Y en ellos buscamos, primero de todo, el rostro de muertos que nos miran desde telas pintadas, desde monedas acuñadas, desde esculturas sin pupilas. Y, en especial, nos pirramos por las momias, sean estas las egipcias del British, las guanches o el gigante extremeño cuyos huesos se esparcen en una vitrina del Museo etnológico madrileño para pasmo del visitante. No vamos a verlos, sino a que los fósiles de Atapuerca nos observen a nosotros desde la estupefacción absurda de sus cuencas vacías. Necesitamos confirmar que seguimos aquí. De eso tratan los museos en el fondo, de que estamos vivos, aunque sea in ictu oculi.

Viene esto a cuento (o no) porque, será por el ánimo gris que tenemos, pero últimamente no hacen más que aparecer cadáveres en las páginas de los periódicos. Por ejemplo: los mortales acabamos de darnos cuenta de que el cadáver de Prim dormía el sueño de los padres de la patria asesinados en un frigorífico de Reus. Justo hasta que a un par de universidades (esas instituciones medievales tan antojadizas) les ha dado por tocarle los botones de la levita. El de Reus, que hizo famosa la frase “o caja o faja” (refiriéndose al ataúd y al fajín de general), ahora cuenta con ambas, pero en un estado de conservación que daría envidia al más necrófilo y depravado de nuestros aficionados a esta variedad de fiambre. Tanto que dan ganas de beatificarlo, lo que se planteará para 2014, centenario mediante. Es el penúltimo difunto mediático de una larga lista que no voy a consignar aquí pero que incluye a Bin Laden o Sadan Husein, por dar un salto hasta los malditos de este género negro riguroso.

Sin embargo, en este séquito luctuoso hay difuntos que son aún más obscenos, porque se alimentan de la carne y la sangre de muchos. En estas postrimerías de casi todo que estamos viviendo, por los titulares de prensa desfilan los restos mortales cuando no de un mortecino derecho social, los de una exangüe conquista ciudadana; y si no se trata de la mortaja de esa prosperidad que nos habían garantizado, es entonces un necrosado órgano de lo público que filtraba u oxigenaba antaño las desigualdades sociales. Así que, ¿qué quieren que les diga? prefiero los de carne (podrida) y hueso (pelado). Al menos a nadie defraudan ya.

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Otros artículos del mismo autor en:
La mirada perdida
(un blog de LUIS GRAU LOBO)

Un Comentario

  1. Cecilia

    Desolador y real.

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