Pinceladas críticas de una actriz británica

En España, falta debate entre el público y los artistas, y entre los propios espectadores. Son algunas de las reflexiones que pone sobre el tapete la actriz Amy Gwilliam. Para ella, los integrantes del sector dependen excesivamente de la madre administración. La crisis, dice, obligará a cambiar el chip de los profesionales.

Por AMY GWILLIAM

El día 20 de agosto, en un intenso e inexorablemente seco calor, llegué desde Barcelona a Urones de Castroponce (Valladolid), desde el mar Mediterráneo al mar de Campos. Había llegado para actuar en uno de los festivales de teatro más sorprendentes de España, FETAL. Un festival vanguardista que ocurre en uno de los pueblos aparentemente más profundo de Castilla, con casas de adobe y bodegas al estilo “hobbit”. ¡Fantástico!

Soy un caso raro, eso sí. Después de trabajar en Londres y la selva de Ecuador, estudiar en Cambridge y formarme en teatro en París con Philippe Gaulier, aterricé en Burgos, y en los pueblos de los alrededores, para establecer una compañía de teatro –Teatro Entre Escombros– con el briviescano Javier Ariza. Los milagros ocurren; los opuestos se atraen, dicen.

Aunque sigo excitada girando con mi compañía en España, recorriendo indistintamente tanto pueblos como ciudades, no puedo ignorar la gran añoranza que siento por mi nativo Reino Unido en cuanto el teatro.  Aquí en España, echo en falta un ambiente intrínsecamente crítico. Y para mí lo “crítico”  no solo es aquello que se analiza desde un punto de vista crítico, sino más bien el asunto que preocupa en ese momento a los ciudadanos.

Me falta en España un teatro actual, inspirado en las inquietudes de su tiempo; un teatro más atrevido, que apueste por despertar a su público. Hay demasiadas traducciones de escritores extranjeros o del pasado, pero sin contemplar la verdadera necesidadde obras que hablen del momento presente.

También he notado una precaria ausencia de crítica de los espectáculos. Y es precisamente ese ambiente crítico en el Reino Unido el que fomenta el teatro. Claro, puede destrozar una pieza, pero en general el público apuesta por su propia opinión y la crítica sirve más bien para abrir debate.

Otra deficiencia, clave para el gran cambio, es introducir un bar en los teatros. Sin un café y/o bar, la mayoría de los teatros británicos cerrarían en muy poco tiempo. ¡En serio! La gente viene al teatro para tomar algo, y a la vez, se informa de la programación. Y el bar es el lugar idóneo donde el público se reúne antes, durante y después del espectáculo; hablan de la obra que van/están/han visto. Critican el montaje, se implican en el evento y debaten la historia.

Sinceramente, creo que los públicos españoles, y muchas de las compañías de teatro, lo han tenido demasiado fácil. En los pueblos, por ejemplo, es raro que tengan que pagar para ver una obra de teatro y es igualmente extraño ver a la compañía que actúa haciendo algún tipo de publicidad. Todos, todos, dependen de la Administración. Eso tiene que cambiar con esta maldita crisis. Y así creceremos todos: artistas y público.

Pero en Urones sentí una esperanza. Es distinto, es excepcional por el mero hecho de que Raúl Gómez, ex-alcalde y fundador del teatro y FETAL, se implica en el arte que trae. Y ha traído unas compañías fenomenales –La Zaranda y Los Corderos, entre otras–. Raúl, francamente, es un gran director artístico, no un funcionario; quiere provocar, hacer soñar a su público. Y su público sigue viniendo y, como debería, creciendo. Es un buen patrón a seguir.

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