Miramientos / 2

© Fotografía de SANTOS M. PERANDONES.

[Verano 2012]

Seguimos pasando páginas en las libretas del poeta zamorano. La vista se detiene sobre las aceras y comercios, sobre los escaparates y los contenedores, sobre los pequeños milagros y gestos que dan sentido a la vida.

Por TOMAS SÁNCHEZ SANTIAGO

La dueña de la confitería, esa mujer gruesa y tranquila que se limita a ir envolviendo con lento primor las bandejas, siempre coloca pasteles de más para salvar huecos y dejar listo aún mejor cada paquete. No le importa hacerlo así. Uno, dos, hasta tres pasteles más. Desde siempre la he visto hacer eso, contra la ley de los comerciantes. Lo hace y luego sonríe, como si quisiera hacer saber que no todo está perdido en este tiempo de relaciones crispadas, mordidas por la desconfianza.

Un paseo por la parte norte de la ciudad. Y, de pronto, en una calle corta y discreta, al abrigo de una fachada, ¡oh, mira esos prunos! Son dos árboles, solo dos, ya bien floridos, casi incandescentes en sus colores blancos y malvas apretados, silenciosos. Solo para quien lo sepa ver todo ahí, agazapado y sin molestar, en un codo perdido de una calle de la ciudad.

La fresa que permanecía en el suelo así, estallada y brillante como un ángel derribado en medio de una calle. Estaba por la mañana allí, mojada por la lluvia. Y allí seguía luego, oscurecida por el manoseo de la luz pero respetada por todos los pasos.

El anuncio que lucía en el escaparate de una librería: HAY CUADERNOS RUBIO DE CALIGRAFÍA INFANTIL, ESPECIAL ALZHEIMER”.

Al día siguiente, mojada y quieta, aún la fresa allí, volcada y vergonzosa. Su inopinada resistencia, su servicio último de iluminar el cemento desvitalizado. Nadie la había pisado. Tampoco era asunto de palomas ni de gatos. Allí, la fresa a salvo.

El papanoel de talla casi real que alguien dejó tirado junto a un contenedor público. Estaba así, desmadejado y yerto como un monigote fuera de lugar; un emblema menesteroso y trágico que resumía en julio dónde van a parar los sueños podridos.

En Cáceres, un hombre que muy de mañana va hacia una plaza. Es un limpiabotas que carga con el sentajo y el cajón donde guarda los enseres de su oficio. Camina lento, casi majestuoso, con el cigarro pingando a medio labio. Me fijo en los clavos dorados que filetean ese pequeño laboratorio donde guarda los cepillos y las pomadas. Todo le da en aquella hora la apariencia de un animal fantástico.

La madre catalana que habla en la televisión. Acaban de evacuar a todos los vecinos de su pueblo debido a un pavoroso incendio forestal. Habla con urgencia todavía: “Salimos corriendo casi con lo puesto; les dije a los niños que cogieran algo de ropa y su libro preferido”. Su libro preferido; eso es lo que dice esa madre admirable.

La margarita que ha nacido ahí, de manera imprevista, entre las junturas de unas baldosas del pavimento, en plena calle. Parece un milagro del verano que siga ahí, cabeceando graciosa sobre su tallo de hilo flojo, resistiendo entre los pies transeúntes y los hocicos mojados de los animales que se sacan a pasear cada mañana temprano.

Esa mujer que pasa ante la guarida de los gatos, aquí mismo. La veo desde el ventanal. Como ha crecido mucha maleza desordenada en torno a la hura, no es posible ver a los animales de manera despejada. Seguro que la mujer habrá oído débiles maullidos de las crías porque se ha detenido. Por fin se acerca, se encorva –como quien se asoma con precaución a un pozo– y es cuando se quita la gorra americanoide que lleva puesta para protegerse del sol. Lo hace para que no se le caiga, es verdad, pero yo prefiero darle al gesto otro significado reverencial que lo hace todo más cercano a una extraña galantería. La mujer se calza otra vez la gorra. Sigue su camino.

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