Envío 4 (cantinero, haiku, mani…)

© Fotografía de JULIA D. VELÁZQUEZ.

© Fotografía de JULIA D. VELÁZQUEZ.

Por ILDEFONSO RODRÍGUEZ

El gran pordiosero está sentado en un banco, al sol, con su cabeza torcida, esa cabeza de trazos romos, como una escafandra de soledad, de autismo. A sus pies tiene  esparcidos los harapos, los telares de la miseria. Y un perrito de aguas, amarrado con un atijo sucio.
Da la espalda al tráfico de la calle, pero está bien metido en su juego: un espejito, un trozo de espejo en la mano, y dirigiendo destellos a los coches que vienen en riada, juega a deslumbrarlos. Eso hace y se le va marcando en la boca una mueca, la picardía del viejo infantil (¿a qué escuela fue?, ¿hubo un sitio para él en el pupitre corrido de una escuela?).
Está en su recreo diario, al sol, está de paso y juega, es audible su risa, la más ronca y solitaria que escuché nunca.

EL ROMERAL, EL PLANTÍO, EL ENCINAR, LOS PELÍCANOS
Es la desaparición de las cosas por su nombre (ya no queda ni un romero, ni una encina, y ¡pelícanos!…). Y en las ciudades crecen las plazas muertas, plazas vacías de cuartel.

Van juntas por la calle, del brazo, una madre y la hija. La joven va muy seria, la madre masca chicle, hace globos, los estalla, tiene más soltura adolescente que la hija.

Me lo cuenta uno de los cantineros más sabios que conozco. Cierto pedigüeño entró en su bar y le pidió un vinito y un par de tapas. Al terminar su consumición, le preguntó con voz muy suave: ¿Cuánto le debo por estas menudencias?
Nunca se puede uno negar, añadía mi amigo, nunca sabes a quién estás sirviendo. Estas menudencias, qué regalo para el oído. El tipo era un virtuoso de la lengua.

Un haiku de Kobayashi Issa, para recordar cuando caiga la primera nevada:
Fuera de casa
el chorro de mi orina
abre en la nieve un agujero perfecto.

Tous à la manif! (de un correo a un amigo, tras la Huelga General y la Gran Manifestación Ciudadana):
No sé si te enteraste de que la Gran Vía de San Marcos (antes Avenida de José Antonio, y para nosotros la calle donde estaba Contaduría, donde sacábamos con adelanto las entradas del cine), se quedó, durante la mani, sin la luz de sus farolas. Debió ser que alguna autoridad avispada pensó: A ver si se creen que ya es Semana Santa, tan típica de aquí. Así que nos parecía estar otra vez en los cincuenta del pasado siglo (una pareja de amigos franceses —él estuvo en Nanterre, en el mayo del 68, imagínate— me comentó: Un poco tristona la manif;  ¡pero si parecíamos penitentes, sumidos en la piedad de las tinieblas!). Un fallo fingido en el alumbrado de la calle y todos a la Adoración Nocturna. Merde!
(Contrarréplica: al día siguiente, la sesión de los improvisadores, los jueves en el hotel Quindós, cómo lucía la calle detrás de los ventanales: la música enciende luces).

“Como un payaso en una feria estamos llenos de asombro y éxtasis y no se nos ocurre pensar en regresar a casa o que pronto será de noche”, ha escrito William Hazlitt. Así quisiera uno ir por la calle, sin prisas ni miedos.

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