Los timadores

the grifters

Por JESÚS SUÁREZ

‘The grifters’, magnífica película dirigida por Stephen Frears en 1990 y basada en una novela de Jim Thompson, narra las historias de tres timadores, la pareja que forman Annete Bening y John Cusack y la madre de éste, Angelica Huston. Un reparto espléndido y convincente, un guión solvente y una dirección eficaz y certera convierten a ‘Los Timadores’ en uno de los mejores exponentes que el cine negro nos ha ofrecido en las últimas décadas, a la altura de las grandes cimas del género. La película nos sumerge de forma magistral en un mundo de engaños y traiciones en el que tres timadores, cada uno a su manera, intentan prosperar y salir adelante.

Los timadores de la vida real poco tienen que ver con los del cine, aunque hay alguna excepción que merecería llegar algún día a la gran pantalla. Es el caso de ese agente comercial que, hace algunas semanas, haciéndose pasar por representante de Gas Natural Fenosa, firmó un acuerdo con el Gobierno de Ucrania, valorado en 850 millones de euros, para la construcción de una planta de gas. Pero los trileros que recorren el mundo son bastante menos novelescos, aunque no dejan de perfeccionar sus trucos para cazar a los incautos. Así tropezamos con Urdangarin, capaz de cobrar cientos de miles de euros por organizar saraos o por plagiar estudios.

Porque, tanto en el cine como en la vida real, el timador no se concibe sin el timado, personaje que pretende también obtener un beneficio engañando a otro, aunque finalmente sea él la víctima del montaje. En el clásico timo de la estampita, la más genial aportación hispana a los anales del género, el auténtico villano es el que quiere aprovecharse del supuesto ‘tonto’, no al trilero. Y, volviendo al yerno del Rey, sigo pensando que el malo de la trama es el que pagaba una cantidad indecente de dinero por algo que era sólo humo, no el que cobraba.

Existen otros tipos de timadores, que pasan desapercibidos gran parte de su existencia, pero que en ocasiones acaban siendo retratados y expuestos al ojo público. Un supuesto ejemplar es el de Díez Ferrán, que se dedicaba a hablar públicamente de eficiencia y competitividad mientras que, en realidad, su objetivo era quebrar empresas y ocultar bienes para no pagar deudas. Y aquí los incautos somos todos.

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