Pereiro: “Alejar el Prestige sólo hubiera funcionado si la Tierra fuese plana”

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“Los demás implicados han ascendido. El entonces delegado del Gobierno, Fernández de Mesa, es director general de la Guardia Civil. El vicepresidente, Mariano Rajoy, presidente”.

“El PP en Galicia bajó cuatro puntos, por unas décimas en el conjunto del Estado, y por primera vez, la suma de votos socialistas y nacionalistas fue mayor que los votos conservadores”.

“Si en cualquier sector apareciese algo que eliminase los costes de materia prima y de comercialización, y la distribución la pagase el cliente, los empresarios aplaudirían con las orejas. En la prensa, no”.

Por SERGIO JORGE

El periodista gallego Xosé Manuel Pereiro acaba de publicar ‘Prestige. Tal como foi, tal como fomos’ (2.0 Editora) un libro que explica, diez años después, la tragedia que cambió no sólo el maltratado litoral de Galicia, sino también la propia sociedad gallega. El movimiento Nunca Máis se convirtió en un grito de rabia en el que estaba implícito el desencanto con los políticos. Pereiro, que ha sido corresponsal de El País, redactor de informativos y director de programa en TVE, y en la actualidad decano del Colexio Profesional de Xornalistas de Galicia, explica en esta entrevista el trasfondo del desastre natural, pero también la situación del periodismo en España.

Se han cumplido diez años desde la tragedia del Prestige. ¿Qué pasó y qué no pasó?

— Como todos sabemos, pasó lo que decían que no iba a pasar: alejar el barco de la tierra no evitó una marea negra, sino que la extendió por toda la costa gallega y buena parte de la cantábrica. Y no pasó lo que debería haber pasado, lo que pasa en cualquier país democrático: que técnicos y políticos asumen responsabilidades, incluso aunque no hayan tomado parte directa. Ahora en el banquillo de los acusados está un capitán, Apostolos Mangouras, que toda la gente de mar que conozco dice que hizo en su día lo que todo el mundo haría en su lugar. El jefe de máquinas, no sé por qué razón. Si está el entonces director general de Marina Mercante, López Sors, es porque se empeñaron los abogados de Nunca Máis y porque lo estimó la Audiencia de A Coruña. Los demás implicados han ascendido. El entonces delegado del Gobierno, Fernández de Mesa, es director general de la Guardia Civil. El que era ministro de Agricultura y Pesca, Arias Cañete, es ministro de Agricultura y Pesca. El vicepresidente, Mariano Rajoy, presidente. Si el de Medio Ambiente, Jaume Matas, o el responsable último de Fomento entonces, Francisco Álvarez Cascos, no son algo, es por su mala cabeza. Incluso una periodista con la que pasé una tarde convirtiendo la superficie de unas manchas de petróleo en campos de fútbol, Letizia Ortiz, ahora es princesa.

— ¿Por qué no se actuó correctamente para evitar el desastre? ¿Había intereses políticos o económicos o simplemente fue una concatenación de malas decisiones?

— Creo que es perfectamente aplicable el principio de Hanlon, de que no hay por que atribuirle a la maldad aquello que es perfectamente explicable por la estupidez. Estos días se cumplen los 25 años de otro naufragio, el embarrancamiento de un barco chino, el Cason en Fisterra, que provocó el éxodo de veinte mil habitantes de la Costa da Morte por temor a la contaminación. Hay coincidencias. En los dos casos, remolcadores privados contratados como servicio público se dedican a negociar con el buque en apuros para maximizar el negocio. Al Cason lo llevaron fuera de la ría (el auxilio es el 10% del valor, el rescate puede ser el 100%), y embarrancó de proa, cuando lo normal es que embarranquen de costado. Las autoridades ni informaban ni dejaban de informar sobre el contenido de la carga ni sobre su mayor o menor peligrosidad, y ya se sabe que cuando una autoridad dice que algo está bajo control, es la señal para echar a correr.

En el Prestige, el remolcador contratado por Fomento (uno de los que actuaron en el Cason) estuvo tres horas sin hacer nada, mientras se negociaba entre Roterdamm y Atenas el precio del rescate que incluía sus servicios, y Capitanía de A Coruña curiosamente no lograba comunicar con el barco. La estrategia de alejarlo (les hicieron firmar que no se acercarían a menos de 120 millas de la costa española) está muy bien, pero ¿hacia dónde? Obviamente nadie lo quería, y la estrategia solo funcionaría si la Tierra fuese plana y el petrolero se precipitase por el borde. Lo lógico hubiese sido meterlo a resguardo (aguantó seis días azacaneado de aquí para allá en pleno temporal) en lugar de pasearlo en zigzag haciendo que regase la costa. Pero la crisis decidieron afrontarla en el Gobierno central, incluso prohibieron moverse a la Xunta, temiendo que se reforzase el sector galleguista del PP, y lo que demostraron fue que no tenían ni idea de lo que pasaba, y lo que es peor, que ni les importaba. En el gabinete de crisis de la delegación del Gobierno, al principio no tenían ni cartas marinas, solo un mapa de carreteras de los que se compran en las gasolineras. Lo único que sabía Cascos de mar es que de allí vienen los salmones.

— ¿Para qué sirvió la respuesta social de Galicia en particular, y del resto de España por extensión?

— Exteriormente, el propio Aznar reconoce en sus memorias, según dice quien las ha leído, que lo que le amargó la legislatura, o le hizo perder las elecciones al PP fueron las movilizaciones del Prestige y la guerra de Irak, pero yo en cuestión de movilizaciones y de respuestas sociales no soy nada resultadista. Creo que hay que hacer lo que hay que hacer, independientemente del resultado. En Galicia a las movilizaciones se las llamó “la marea de dignidad”, no porque pidas esto o lo otro, sino porque exiges que no te tomen más el pelo, que estás en pie, erguido, y no esperando la visita conmiserativa de las autoridades, dándole vueltas a la boina. Fue un decir “¡basta!” a que los naufragios sean “cosas que pasan” o “están de dios”. Por eso que llaman “periferia” pasan al año 60.000 barcos, de y para todo el mundo, muchos de ellos con mercancías peligrosas de todo tipo. Hasta el Cason, pasaban por donde querían, cerca de la costa, por el medio de la flota de bajura. Galicia es una autopista marítima y tiene tantos kilómetros de costa como el resto de la península, pero el remolcador del Estado tenía base en Gijón, donde se tocaba las narices. Como tener las quitanieves en Almería, que también está cerca de Sierra Nevada. Desde los años 60 no llegan los dedos de las manos para contar los desastres ecológicos en las costas gallegas. Nunca Máis fue un “hasta aquí llegamos”, en los accidentes y, sobre todo, en las mentiras.

— ¿Se puede considerar el movimiento Nunca Máis como el preludio del 15M?

— Sí, en cuanto a que fueron movimientos cuyos valores eran asumidos por la mayoría de la población, pero hay bastantes diferencias. Nunca Máis no nació de forma espontánea, sino por el sistema habitual de “plataforma”. La promovió el BNG, pero tuvo la visión de no querer capitalizarla, y abrirla a todo quien quisiera participar. Había –y hay, todavía existe y se puede ver el listado en su web– 364 organizaciones de todo tipo, sindicatos, partidos –todos menos el PSdeG-PSOE, aunque sí las Juventudes y algunas organizaciones locales– peñas futbolísticas, empresas… Nunca Máis apostó mucho por la creatividad, las manifestaciones eran muy divertidas, las hubo en las que había que llevar cruces, maletas, la de Madrid era como la Love Parade, el concierto expansivo con 150 conciertos y recitales simultáneos. Fue un fenómeno muy intenso, pero menos ambicioso en sus objetivos que el 15 M, que va mucho más allá de una cuestión puntual. En mi libro cuento que no se me olvidará la llegada de lo que a mí me pareció la Estrella de la Muerte, el coche negro y bruñido de José María Aznar a la plaza de María Pita en A Coruña, y su mirada, igual de negra y de bruñida, a los balcones de las casas burguesas, incluida la de la fundación de Rosalía Mera, la mujer más rica de España, con las banderas de Nunca Máis puestas.

— ¿Qué ha quedado de esa rabia y de esa indignación en Galicia?

— Permíteme que, como gallego, intuya en esa pregunta una segunda intención. Entonces, en las elecciones municipales que se celebraron a los pocos meses, desde posiciones progresistas se extrañaron que las izquierdas no arrasasen, y muchos voluntarios reprocharon a los gallegos que no “hubiesen devuelto el favor”. Aparte de que en las municipales se suelen votar alcaldes, sobre todo en los pueblos, lo que ganó en Galicia fue la propaganda del PP en España, focalizando la victoria en Muxía, donde esos meses se habían preocupado de que allí hubiese pleno empleo condicionado. El PP en Galicia bajó cuatro puntos, por unas décimas en el conjunto del Estado, y por primera vez, la suma de votos socialistas y nacionalistas fue mayor que los votos conservadores. Pero contestando a la pregunta directa, yo creo que ha quedado la consciencia de que podemos ponernos de pie. Después de Nunca Máis, las manifestaciones en contra del retroceso legal del idioma gallego llenaron de nuevo Santiago, incluso en días laborables. Y las convocatorias reivindicativas tienen en Galicia un seguimiento y una expresión bastante más masiva que en otras partes. En la última huelga general, por ejemplo, a la manifestación de Vigo asistieron 125.000 personas, a la de A Coruña 65.000 y a la de Ferrol 45.000, según las policías locales (que curiosamente en los dos últimos casos eran de un gobierno local del mismo partido que el de la Comunidad de Madrid que dijo que allí se habían manifestado 35.000).

— ¿Se ha podido recuperar la costa?

— Después de una marea negra siempre quedan restos. Lo bueno del fuel del Prestige es que era tan malo que era como melaza, casi indisoluble en agua. Quedan restos en algunas rocas, y en el fondo hay bolas. En cuanto a los efectos ecológicos, hubo cientos de estudios científicos (quizá demasiados, esa manía española de que para evitar la adjudicación digital, lo democrático es darle a todos un poco, y no elegir a quien se debe) no hubo demasiada afección, incluso entre los mayores efectos ecológicos estuvieron los causados por las máquinas para abrir caminos para sacar el chapapote. En cuanto a la producción pesquera y marisquera, es un sector tradicionalmente cíclico, pero lo cierto es que hay un tercio de percebeiros menos que hace diez años.

— ¿Y qué se ha hecho para evitar futuros desastres?

— La UE prohibió que los petroleros monocasco (los de doble casco, si se agrieta el exterior, el casco interior contiene la carga de hidrocarburo, salvo que la colisión sea tipo siniestro total) arriben a puertos comunitarios, pero eso no obliga a quienes no tienen partida o destino en otros países, por ejemplo Rusia. También Fomento construyó un remolcador bastante potente, el Don Inda, que presta servicio en lugar del privado Ría de Vigo. Pero nunca hay riesgo cero, la política sigue mandando sobre los méritos técnicos y la improvisación sobre la planificación. Un año antes del Prestige, las conclusiones de un Ejercicio Nacional de Salvamento determinaban que ante un caso así, se debería meter al petrolero al abrigo de una una ría, y se hizo lo contrario. La Torre de control marítimo se había hecho a raíz del Mar Egeo, y no sirvió de mucho con el Prestige. Y además nunca aprenden. Un año después del Prestige, uno de los percebeiros de Muxía que entrevisté hace poco recordando su lucha contra el chapapote, resbaló en una roca y estuvo con la pierna rota por dos sitios, con sesenta y pico de años, aguantando el dolor y las olas dos horas hasta que llegó el helicóptero, que se demoró no se sabe por qué. La Xunta ahora privatizó las tripulaciones del servicio de salvamento aéreo, y estos días murió una percebeira en Oia porque el helicóptero tardó 40 minutos en llegar: los tripulantes estaban en su casa, porque las condiciones del contrato estipulaban que podían hacerlo 30 días al año.

— Como periodista, ¿cómo vivió esta tragedia? ¿Qué fue lo más duro?

— Al comienzo de mi libro advierto de que para los periodistas poco viajados, este tipo de acontecimientos -este es el tercer desastre ecológico marítimo que cubro, los naufragios ya ni los cuento– es lo más parecido a ser corresponsal de guerra, porque, salvo el peligro de morir, se incluyen buena parte de los elementos de los conflictos bélicos, desde las evacuaciones de poblaciones (en el Cason y en el Mar Egeo) hasta el tener que luchar contra la información oficial, pasando por el sentimiento de tribu de los informadores. Desde el punto de vista profesional fue muy emocionante, porque las agendas no las marcaban los gabinetes de prensa, y los periodistas tomamos las riendas de la información y la mayoría de las redacciones volvieron a ser lo deben de ser: lugares de debate sobre que qué es y no es noticia, cómo seleccionar lo que pasa y cómo interpretarlo, en lugar de sintetizar en unas líneas lo que te mandan. Lo que pasaba estaba a la vista, y las líneas editoriales en los medios gallegos podían ser las que fuesen, pero los hechos estaban a la vista, y no se podían ocultar. Declaraciones como: “Las playas están esplendorosas” que dijo Federico Trillo podrían colar en medios madrileños, y ni siquiera eso, en cuanto iban apareciendo imágenes.

Lo más duro no fue el aspecto laboral, aunque jornadas de doce horas en un invierno especialmente duro, en una costa que no es la de Marina D’Or, sería para derrengarse, sino tuvieses la sensación de estar, como decían los Blues Brothers, en misión divina. Los primeros quince días no libré ni uno, y el primer domingo que iba a hacerlo, tuve que renunciar para ayudar a una chica de las que venían de Madrid que se llamaba Letizia Ortiz. Lo más duro era no derrumbarte emocionalmente en muchas situaciones, o no exaltarte ante otras, no comportarte como un profesional, vamos.

— ¿Se puede ser imparcial ante unos hechos así?

— Yo tenía una posición un tanto curiosa, porque por una parte era corresponsal de El País en A Coruña, y por otra el responsable de la unidad informativa de TVE, dos medios que tenían una visión digamos distinta de lo que pasaba. “¿Me llamas para el periódico o para la tele?” me preguntaban a veces en el gabinete de crisis. “Bueno, los hechos no varían, ¿no?”, le respondía. Siempre creí que la mejor forma de ser imparcial es decir lo que honradamente crees que pasa, y normalmente, lo que realmente pasa no le gusta a quienes están implicados en ello, pero la gente tiene derecho a saberlo, y también creo que la gente merece que se lo cuenten de la forma más amena y menos demagógica posible, y que el periodista tiene derecho a sufrir lo menos posible escribiéndolo, y por lo tanto, puede poner parte de sí en ello. Así que yo siempre me esforcé en decir lo que veía, que por otra parte estaba muy claro, no era una situación de muchos matices. Era, con perdón del chiste, un asunto de bastante blanco y negro. No tuve problemas con la dirección de TVE en Galicia, pero cuando la dirección de informativos, que ejercía Alfredo Urdaci, consideró, coincidiendo con un reportaje mío sobre la llegada del ejército a Muxía, que en mi punto de vista predominaba más la ironía que la épica, me dejaron de encargar reportajes y me centré en hacer la información de manchas y vientos.

— ¿Cómo cree que se trató el hundimiento del Prestige en los medios?

— El Prestige fue el desastre más documentalizado, biografiado, fotografiado, literaturizado, videografiado. Y yo creo que de los mejor cubierto por los medios. Quizá porque tuvo muchas vertientes: la marea negra, los aspectos ecológicos, la potencia plástica del chapapote, la gente del mar, los voluntarios, el esfuerzo humano y organizativo de las poblaciones costeras, la intriga política de fondo, el levantamiento ciudadano, la creatividad artística al servicio de la rebelión, la manifestación como fiesta, aquella cadena de miles de niños en la costa, los cientos de conciertos simultáneos…  Para los medios era todo una mina. Siendo un poco dramático fue un poco el canto del cisne del periodismo como debe ser, que cuenta cosas reales que afectan a la gente y no plasma cosas que se dicen unos políticos a otros y que se podrían decir por whatsapp. También fue el inicio del portadismo de extrema derecha con las caras de los portavoces de Nunca Máis como si fuese el cartel de los terroristas que había en los aeropuertos. Unos de ellos (de los portavoces), la cantante Uxía Senlle, siempre dice que tiene en su currículo dos portadas de La Razón.

— Una columna suya hace unos meses en El País ya alertaba de los problemas del periodismo. ¿Tiene solución la profesión?

 — No pretenderás que tenga una respuesta a esa pregunta. En todo caso, lo que sí creo es que no se está intentando demasiado que tenga solución. El periodismo tal y como tradicionalmente se entiende, o al menos como yo lo entiendo, es contar lo que pasa. Ni siquiera algo tan rimbombante como ser garantes de la verdad, etc, que también es cierto, porque lo ha demostrado muchas veces y en muchos sitios. Pero simplemente contar lo que pasa ya no gusta, porque no encaja en la visión del mundo en blanco y negro que nos quieren vender, en el que la libertad es dar brincos con otros gilipollas y elegir móvil, y la democracia es asumir a ciegas las verdades de unas sectas que defienden en portadas tribunas unos señores que en la mayoría de las ocasiones están pagados por ellas, en otros casos son ellos las que extorsionan a las sectas, y no discuto que alguno quedará que lo hace por convicción. Lo que pasa tiene que encajar en una estrategia, beneficiar a unos o a otros, y si no, no sirve, y claro, la realidad es compleja, y resulta caro analizarla. Es mucho más barato y agradecido banalizarla y hacer de ella un espectáculo. Y lo dice alguien que considera que si una información aburre, no vale, pero también que informarse exige un esfuerzo por las dos partes.

— ¿Es la crisis la culpable o sólo una excusa para aligerar los medios, en especial los periódicos?

— El periodismo ya estaba en crisis antes de la crisis económica y antes de la crisis del modelo de negocio de la prensa en papel, lo que pasa es que como se ganaba dinero, o eso dicen que pasaba, no estábamos todo el día haciendo congresos y simposios sobre ello, como si los periodistas (y ya puestos y por lo que se ve, los editores) tuviésemos alguna idea de cómo solucionarlo. Me hace gracia lo de la crisis del papel. Si en cualquier sector apareciese algo que eliminase los costes de materia prima y de comercialización, y la distribución la pagase el cliente, los empresarios aplaudirían con las orejas. En la prensa, no. Desprecian al presente, que es lo que les da de comer, y confían en que el futuro les seguirá dando aunque no saben cómo ni por qué, porque en el ínterin lo que están haciendo es afrontar el problema degradando y banalizando el producto. Pretender cobrar en el futuro por un producto peor que el que dabas gratis no me parece una buena estrategia. El problema no es el soporte, son los contenidos. Y asumir que la información es cara, y que alguien tiene que pagar por ella. La excusa para deshacerse de lo que los economistas de empresa llaman “grasa” es la crisis, antes el periodismo ciudadano… “Periodismo ciudadano”… El periodismo no existe sin redacciones, sin un grupo de periodistas profesionales que debate en grupo, presencialmente o no, sobre qué es noticia y qué no, y cómo enfocarla. Internet y las redes sociales es lo mejor que nos ha pasado a los periodistas en el último siglo, incluida la invención del teléfono, pero yo no pasaría por un puente diseñado por “ingeniería ciudadana”.

— ¿Y El País tiene solución, después del ERE, la anunciada reducción de salarios, etc?

— Yo creo que un gran periódico se sustenta fundamentalmente en tres pilares: una cabecera de prestigio, una redacción de calidad y una masa de lectores orgullosa de los dos anteriores. Y los tres asentados en un terreno económico más o menos firme, claro. A mí me parece que después del ERE, esos tres pilares, que en El País eran más que firmes, no es que se hayan consolidado. Sobre todo porque la principal medida ha sido ahorrar en el principal activo: en los profesionales. El comité de empresa hizo una propuesta de ahorrar lo mismo sin medidas traumáticas que afectasen a la calidad del periódico. Si todas las empresas que después de haber ganado siempre dinero, a la primera previsión de unas mínimas pérdidas despiden a la tercera parte de la plantilla productiva, esto se parecería a Calcuta, pero calzados y con pantalones. De todas formas, a mí no me preguntes por soluciones. Yo soy un mero asalariado que nunca estudié otra cosa que periodismo y cuyo bagaje de conocimientos económicos se reduce a dos consejos que me dio de chaval mi padre, un modesto empresario: nunca debas a nadie y nunca compres a plazos.

Acerca de Sergio Jorge

Fundador y coeditor de Tam Tam Press. Más en @sergiojorgeLNC.

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  2. Reinares

    Chapeau. Me gusta cómo suenan las palabras de Pereiro, todas las de esta magnífica entrevista. Gracias

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