Hospital Central

Hospital-Central

Por JESÚS SUÁREZ

Hay muchos que piensan que el mejor cine del momento se hace en la Televisión, y algunas series americanas de impecable factura, como ‘Mad Men’ o ‘The walking Dead’ son buenos ejemplos de ello, como en su día fueron ‘Canción Triste de Hill Street’ o ‘Ally McBeal’. En España no hemos alcanzado esos niveles de calidad y las producciones dirigidas a la pequeña pantalla siguen siendo, en mi criterio, demasiado previsibles, bastante blandas y un tanto largas, con magníficas excepciones como ‘Isabel’, la serie que recrea la vida de Isabel de Castilla y que recientemente ha emitido Televisión Española (o lo que queda de la TV pública, para ser exactos)

‘Hospital Central’ no está, ciertamente, entre los mejores exponentes de las series para la Televisión. Pero resulta entretenida y, lleva tanto tiempo entre nosotros, que se le toma cariño y forma ya parte de nuestra vida. Sin embargo, ha tenido la extraña virtud de ser una serie profética, y hace ya un par de temporadas que el Central sucumbió a esa tempestad llamada privatización. No quiero pensar que al Consejero de turno se le ocurrió la idea de desmontar la sanidad pública viendo la serie, aunque no conviene excluir ninguna posibilidad. Espero, en tal caso, que no se le ocurra visionar ‘Rambo’.

Como en la serie, la Comunidad de Madrid apela al ahorro para justificar la medida. El argumento chirría por todas partes. Está claro que las empresas privadas que gestionen unos Hospitales y Centros de Salud que no les han costado un duro obtendrán algún beneficio. Si la sanidad va a seguir siendo gratuita, que es lo que dicen, la única forma de que el tinglado funcione es recortando costes. Es decir, todos trabajarán más y cobrarán menos. Pero, con este argumento, acabaremos volviendo al esclavismo o al sistema de siervos de la gleba, con una impresionante reducción de costes laborales que hará el asombro de Europa.

Se dice también, desde los apóstoles de la privatización, que la gestión privada es más eficiente. No tiene por qué ser necesariamente así, aunque los casos de despilfarro sean frecuentes. En el fondo, las razones son ideológicas: quieren acabar con lo público. Porque, para eficacia, la capacidad de esos parlamentarios capaces de votar y jugar a ‘Apalabrados’ a un tiempo.

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