Envío 5 (frío, espías, perroflauta…)

© Fotografía de Julia D. Velázquez.

© Fotografía de Julia D. Velázquez.

Por ILDEFONSO RODRÍGUEZ

Vivir en la intimidad de un silencio familiar, muy conocido, un silencio de siempre, leonés, acabamos por llamarlo. Un muro, y hay que saltar. Esta es una ciudad de campesinos. Y, como escribe John Berger, la única intimidad posible entre los campesinos es el silencio, pues es el silencio y no el espacio el muro de lo privado. De ahí viene el recelo, la espesura de lo no dicho, de lo que se insinúa sólo con un gesto.

En el escaparate de una droguería hay un cartel que pone: SE DAN CURSOS DE AUTOMAQUILLAJE.
Reflexión primera: Es la fiebre pedagógica, masters, cursos de lo que haga falta.
Segunda: Yo, de primeras, leí: SE DAN CURSOS DE AUTOESTIMA. Autocomplacencia, autobombo. Me pareció señal casi romana de la decadencia.

Una mañana cruda de invierno, dos se cruzan y uno le dice al otro, hablando del frío: “En la sombra bufa”. El frío es un animal de especie reconocible.

Mi amigo Calabor se ha referido en ciertas ocasiones a esta ciudad como fronteriza, ha reparado en sus tipos como gentes de frontera: modos de saludo y encuentro, claves, reticencias y juegos ambiguos de la alta noche. En un urinario público, me dijo, leyó este graffiti: LEÓN, CIUDAD DE LOS ESPÍAS.

Siempre puede ser una amenaza a la familia: Mirad que me meto a perroflauta. Siempre es posible. Y salir dando un portazo. Casi como aquel deseo que tuvo Kafka de ser pielroja.

Una vez más, una de las miles de veces que he pasado ante la fachada de San Marcos. El itinerario tan conocido, cruzar el puente en la niebla, echar una mirada hacia la esquina de la calle del nacimiento (Solares de Picón, calle B, número10), venirte el recuerdo de Quevedo, luego las palabras de Gamoneda (“tristes depósitos de mi ciudad avergonzada”, refiriéndose al presidio de la Guerra Civil); también, las obras de cuando se hizo el Parador Nacional (sic) y desapareció su uso como Depósito de Sementales del Ejército de Tierra (sic). Y más atrás, más atrás, en un paseo de la mano de mi abuelo, y algo que se me quedó como una leyenda, algo que mi abuelo pudo dar como respuesta a la  pregunta de un niño curioso: ¿dónde están las estatuas que había en esas hornacinas? Los franceses las robaron, un agravio más de los franceses y un pretexto –imagino– para que el maestro don Eutimio volviera a contarme la Guerra de la Independencia.
Otra vez ahí delante, la joya del plateresco. Y hoy las hornacinas vacías me parecen las cuencas vacías de un rostro ciego, casi me dan miedo. Se han transformado (miserabilismo, victimismo, ya sé) en imagen de un largo expolio, un saqueo sostenido, botín de otra guerra: nos van a dejar sin nada.

En la cartelera del antiguo Cine Emperador, puro espacio vacío, sin letreros ni fotogramas, una mano ha escrito sobre el cristal: HOY NO ECHAN NADA BUENO.

“Como si las calles fueran los tubos de múltiples telescopios enfocados hacia el desierto, hacia los campos cultivados, hacia los pajonales y apriscos, o hacia las colinas peladas que en las noches de luna semejaban estar hechas de miga de pan”.  (Roberto Bolaño)

Deja un comentario y fírmalo con tu nombre o no saldrá

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .

A %d blogueros les gusta esto: