El teatro como terapia

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“El teatro como una metáfora de la realidad psíquica donde nuestros personajes internos buscan un escenario en el que representar sus tragedias y sus comedias”. La autora del texto viene a decirnos que los escenarios son como un espejo en el que mirarnos. El espectador le indica al actor cuál es su verdad: la temperatura emocional que le ha trasmitido. Los aplausos no son gratuitos.

Por PATRICIA BLANCO

Como decía Joseph Beuys, “la auténtica obra de arte reside en la transformación de la conciencia del espectador”. Toda creación artística supone la expresión del mundo interno del autor y cuando un espectador contempla esa obra, puede sentirse identificado con ella y tomar lo que expresa como una parte de sí mismo. A su vez, para quien crea la obra, existe la posibilidad de que el contenido interno proyectado en lo que se muestra, sea transformado, metabolizado por la ayuda del público, quien responderá con una reacción, produciéndose una posterior reintroyección que habrá supuesto una ganancia en la elaboración del proceso.

Podríamos proponer el teatro como una metáfora de la realidad psíquica (algo que ya contemplaron en su día Freud y otros psicoanalistas como Joyce McDougal) donde nuestros personajes internos buscan un escenario donde representar sus tragedias y sus comedias. El teatro sirve para expresar, comunicar, dar un mensaje, sentir y hacer sentir. Pero además, para mostrar que detrás de la superficie hay otra cosa de la que es imposible escapar y nos guiará hacia lo que se oculta en la oscuridad.

El origen etimológico de la palabra teatro viene del vocablo griego thaomai, que significa “yo miro, yo contemplo”. Esto nos remite al ver, mirar y exhibir. Y es que la mirada del otro nos conforma como sujetos. El actor busca ser mirado en el espectador, quien hace de su espejo y le devuelve su imagen fortalecida. El uno no es sin el otro.

El teatro busca contar una verdad. Una verdad a la que se llega a través de mentiras y engaños, a través de lo aparente. Esa es la profunda paradoja del actuar, que se encuentra entre la verdad y la mentira. El actor se despoja de la máscara de su yo para poner en escena la máscara del mundo, de la cultura, de lo público. Se reconoce una realidad antes oculta y tanto actor como espectador admiten el develamiento y eso forma parte del encantamiento del teatro.

Pero para que lo que nos cuenta una obra teatral llegue al espectador y lo conmueva, debe hacer circular, junto a una idea un afecto. Dicho de otra forma, un discurso aunado a un afecto si es que pretendemos que algo se mueva o alguien se conmueva. Que el actor transmita emoción y esta encuentre la resonancia del público. Cuando esto ocurre, la energía fluye en la sala. Esto sucede porque determinadas escenas y personajes movilizan afectivamente, tocando aspectos inconscientes de cada uno (actor y espectador) provocando reacciones diversas. El ser humano no es sin afectos. Los climas afectivos pertenecen a la vida y, por tanto, al teatro.

El dramaturgo Pavlosky concebía el teatro como una ayuda terapéutica. No le faltaba razón. No hay más que ver cómo en estos tiempos aciagos de crisis, son varias las compañías que ofrecen talleres para aficionados, hecho que ha tenido una buena acogida. Los que acuden a estas clases no lo dudan; el teatro es de todos y para todos. El teatro es terapéutico.

*Patricia Blanco es psiquiatra.

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