Noche de Reyes

Reyes Magos

Por ANTONIO BERMEJO PORTO

La noche de Reyes es para la mayoría de los niños la más excitante del año, uno de los recuerdos más entrañables de la infancia y posiblemente la primera experiencia de insomnio. Yo personalmente no recuerdo haber pasado más tiempo haciéndome el dormido con los párpados morados de tanto apretar, mientras sigilosamente mis padres y abuelos colocaban los regalos en el salón contiguo al dormitorio que compartía con mi hermana pequeña, dormida como un lirón. Recuerdo que antes de acostarnos colocábamos con mi tía Maruja lechuga para los camellos en tres platitos, una pasta para los pajes y un vasito de anís para Sus Majestades. Curiosamente mis dudas nunca recayeron sobre la imposibilidad de visitar en una noche todas las casas del planeta, llevar tanto presente a cuestas o beber tanto anisado. Lo que verdaderamente me intrigaba era cómo podían los camellos alcanzar la lechuga desde la calle.

A mí me hubiera gustado creer en Los Reyes Magos hasta la veintena —quizá así hubiera tenido moto— pero el listillo de turno me lo contó en el Colegio hacia los ocho años. Goyito se llamaba el divulgador.

El Papa ha dicho que son una alegoría de la humanidad pagana que acepta la cristianización y que probablemente no venían de Oriente, como se ha creído tradicionalmente, sino de Tartessos, una zona que los historiadores ubican entre Huelva, Cádiz y Sevilla, y solo el Evangelio de Mateo habla de “magos”. Esa afirmación referida a alguna región francesa habría llenado de júbilo a los chauvinistas vecinos, pero en España, el sentimiento trágico de la vida conduce a que el secretario general de la Conferencia Episcopal recuerde que en ningún momento El Santo Padre dice que Los Reyes Magos fueran andaluces. Menudo aguafiestas.

A mí los Reyes me gustan mucho más que el gordinflas de Santa Claus que tiene fábrica en el Polo Norte donde forma matrimonio sin hijos con la Señora Claus y explota laboralmente a los duendes que se curran los regalos. Me cae simpático el Reno Rodolfo con su nariz faro, pero cada vez que pienso en el personaje se me aparece la botella de Coca-cola y se rompe el encanto.

No sé como habrá quedado de maltrecha esta mañana de magia con tanta crisis económica, aunque supongo que los padres —con valentía y sacrificio— no han decepcionado a sus niños. Quizá en esta época sea la Esperanza el mejor de los regalos para todos aquellos que como ha escrito El Pájaro en uno de sus más recientes e inquietantes aforismos: “Sagrada familia en el cajero. Nochebuena de uñas negras y cartones contra el frío. /…/ Ella abre otro tetrabrik de oro incienso y mirra. Sus majestades no les llevarán presentes… ni futuros.”

Deja un comentario con tu nombre

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .