De Atenas a Budapest

Acrópolis.

Acrópolis.

Por MANUEL CUENYA

La música de las divas griegas, Alkistis Protopsalti, Haris Alexiou y Elefthería Arvnitaki, me hace recordar, ahora, aquel primer viaje a Atenas. Agosto de mil novecientos noventa y tres. Un año que dio mucho de sí, sin duda. Y me permitió viajar por esta Europa de contrastes con un billete Inter-Raíl.

El ocho de agosto –lo recuerdo como si fuera hoy– acabé tomando un tren nocturno vía Budapest, qué locura, habida cuenta de la fecha y de los sitios que tuve que cruzar. No se me ocurrió otra feliz idea que atravesar los terrenos bélicos y escarpados de Macedonia (Skopje) y Serbia (Belgrado). Quería acercarme a Budapest, y este era, en principio, el recorrido más corto posible. Pero aquello se convirtió en toda una odisea.

Nada más subir al tren, un astuto y joven revisor me esquilmó las pocas dracmas que llevaba encima, y aun cien francos franceses que guardaba en alguna carterina, so pretexto de reservar una litera, que después de todo me ayudaría a reposar la angustia de sentirme en un país sangriento. Me refiero a ex-Yugoslavia.

Dos noches, con sus respectivos días, permanecí en aquel tren derechito a la boca de algún infierno, cual si estuviera encarcelado en un departamento, eso sí, reservado para mí solo, qué lujo, después de todo, aunque no olvido que estuve sometido a continuos y farragosos controles. Dos días a pan, agua, salchichas y queso, mis únicas provisiones, mirando la lluvia a través de las ventanillas del despacioso tren. ¿Quién se atrevía a apearse del tren en busca de comida y bebida? Dos días que se hicieron cuasi interminables. Y todo por querer arribar a buen puerto. “Please, your ticket, your passeport”, me pidieron no sé cuántas veces durante el trayecto de Atenas a Budapest. Hasta que llegó el momento en que el Inter-Raíl, mi billete de tren, no era válido en territorio ex-yugoslavo, a resultas, obvio es, de la división sufrida por el país. Entonces dio comienzo el baile de San Vito con la tropa militar y aguerrida moviendo el fusil. O pagas, o te echan a fogonazo sucio. Tú verás. Algo así debiste decir.

Microlimano. Atenas.

Microlimano. Atenas.

Nadie te avisa de las penurias que te esperan, ni siquiera el revisor griego, que se muestra falso y coleguilla: “No problem, my friend”. Lo que tú digas, hijo de la gran chingada, pero estos guerreros de tren y jodienda me la están armando mocha a base de puta madre, la rehostia que os parió a todos… El revisor tenía pinta de pícaro posmoderno, sonreía con cinismo y se le veía alegre haciendo maldades. Era un demonio albino, con pecas en el rostro y los ojos llenos de azul y de fuego. Tenía el hablar pausado y bacilón (vacilón). Era un vivalavirgen habituado, a buen seguro, a quedarse con los extranjeros atolondrados. Los griegos son mediterráneos con una gran chispa en el alma. A lo mejor el “controlador” no era griego. Eso nunca lo supe. Podría habérselo preguntado, ya puestos.

Los países que se dedican al turismo al por mayor desarrollan temprano habilidades extraordinarias, lingüísticas, embaucadoras, melosas. Los españoles tenemos un algo de griegos y latinochés, mitad y mitad, que nos hace ser chulos y faramalleros en grado superlativo, que no se ofendan por favor los que se sientan muy españoles. Camilo José Cela solía decir que los españoles tenemos más parecido con los ingleses que con otros latinos, no estoy seguro de esto, aunque si lo decía el Nobel de Literatura sus razones tendría, él que era hijo de inglesa, y eso, se quiera o no, pesa.

Al fin y al cabo, cada cual es como es, y haber nacido en uno u otro país no es del todo definitivo. Si bien es verdad, hay algo en los países turísticos que no se encuentra en esas latitudes ensimismadas, que se encierran en sus cuartos a monologar con la existencia, como suele ocurrir con y en los países nórdicos, y como hemos visto en las películas de Ingmar Bergman y Dreyer, por ejemplo, países hechos a base de nieve e introspección, lectura, sueño y sonatinas de piano de cola. En los países fríos apetece enmañanarse en las sábanas; mientras que salir a la calle es toda una proeza. Lo contrario de lo que sucede en los lugares chachachá, meneíto “pacá”, merenguito “pallá”.

Hay algo en Grecia —a pesar de revisores tracamandanas—, que te cautiva y te hace sentir como en tu propio país. Hay algo en los griegos que te ayuda a hermanarte con ellos y seguirles el juego. Capaces como son de darte el pego sin que se les dilaten las pupilas y aun se mantengan elegantes y serviciales… ¡Qué dejen de chingarme estos capullos con mi billete y sus pendejadas! y ¡qué se vayan a dormirla!

A una parejita de suecos —de Estocolmo, creo recordar, y vecinos de compartimento— les fue aún peor en el trayecto que a uno, porque a ellos les sonsacaron el poco dinero que llevaban, no pudiendo ya quedarse en Munich, como tenían previsto. A estos pardillos escandinavos les obligaron incluso a sacar un visado, unos cuantos marcos o dólares por cada uno. Es bien sabido que, en época de guerra, el ingenio se agudiza y el hambre aprieta. Se aprovecha el caos y el desconcierto que genera la situación, y el que la paga, pues que se joda y se aguante. Los sollozos de la sueca evitaron, al menos, que los dejaran tirados, a ella y a su novio, en tierras serbias. Y a uno, el ingenio avivado ante la adversidad le ayudó a no quedarse desperrado, abonando religiosa y voluntariamente al revisor lo que, en ese momento inolvidable, me permitía mi ética y mis fondos (divisas), dejándome así respirar y pasando por alto, con absoluta certeza, mis picardías.

Panorámica de Budapest.

Panorámica de Budapest.

Lo que parecía todo un despropósito y locura se fue resolviendo poco a poco para bien. El revisor abusado desapareció durante varias horas, y cuando creía que se había apeado en cualquier lugar en guerra —oh error—, volvió a reaparecer, con su sonrisa y sus modales, entonces de niño casi bueno. “My friend —me dijo—, en menos de una hora llegarás a Budapest”. No me lo puedo creer. Era aún noche cerrada, y tras la ventanilla no intuía más que una pesadilla, acaso kafkiana. Medio ensabanado en la litera, por decirlo de algún modo, con legañas en los ojos del mucho descansar y poco dormir, me incorporé. Hice alguna genuflexión, respiré hondo y me dejé llevar por la intuición. “Nada malo me ocurrirá”, pensé. El tren se paró en medio de la nada. “No es posible, esto no es Budapest, me están tomando el pelo”. El “controlador” de tren sigue quedándose conmigo, qué cabrón. “Pero esto, my friend, no es Budapest”, debí espetarle. “Sí, esto es la periferia de la ciudad”, creí entenderle. Bueno, ¡si no queda más remedio! Me había habituado tanto al tracatrá, que me parecía imposible tener que abandonarlo. Volví a respirar el aire fresco de la noche y me armé de valor. “Esta es la estación de Ferencváros, my friend”, me dijo. “Vale, tío, lo que tú quieras… ¿La estación de qué?…”

Si hubiera estado puesto en fútbol, sabría y me sonaría Ferencváros, pero desnortado como andaba, no entendía ni un carajo. Y me apeé. Vaya si me bajé del trenecito de marras. Bye, my friend. Goodbye.

Keleti. Budapest.

Keleti. Budapest.

Aquella estación, no bien asomé el morro, se me hizo desangelada. Seguía sin amanecer, a pesar de ser agosto y ya una hora propicia para ello. Es probable que la negrura del lugar me impidiera ver el sol, o a lo mejor estaba saliendo por otro costado, como en Amanece que no es poco, y no lograba verlo. Se me acercó un tipo con cara de sacarme más cuartos. “Si quieres —debió decirme—, puedo llevarte al centro de la ciudad”. “¿De qué ciudad?” “Budapest”. “Ah… ya”.

Me acerqué a otra persona, siguiendo mi instinto de supervivencia, y le pregunté si sabía dónde estábamos, si quedaba lejos el centro de Budapest. “No, no está lejos”, creí entender. “Puedes coger un tranvía que te llevará al centro”. Me fié. Esperé. Y al poco tiempo apareció un tranvía hasta los topes. Me subí, sin billete. Allí nadie controlaba. El revisor ya había quedado atrás, mejor dicho, adelante. Me dio la impresión de que el tranvía estaba dando algún rodeo de más. Entonces, volví a interrogar a una persona si el tranvía llegaba al centro de Budapest. Al final llegó, llegué. Reconocí algunos edificios, respiré hondo y largo, y me bajé, ya contento, después de dos días y casi dos noches en un tren guerrero.

Manuel Cuenya-

Manuel Cuenya-

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