Miramientos / 5

Ilustración de Santos M. Perandones.

Ilustración de Santos M. Perandones.

(Invierno 2010)

Por TOMÁS SÁNCHEZ SANTIAGO

Ahora los chicos, me cuenta un viejo amigo al que voy a visitar a Casaseca de las Chanas, tienen como primer aglutinante de sus pandillas la empresa de su teléfono móvil. Son ‘chicos Movistar’, ‘chicos Orange’, ‘chicos Yoigo’… ¿Quieres entrar en la banda? La prueba de sangre es esta de hacerse de la misma compañía telefónica, la que los demás miembros tengan para poder comunicarse gratis o casi. Curioso sustituto de las ideologías o las aficiones. El teléfono móvil como condicionante del grupo humano. Ya habrá algún sociólogo al acecho.

La luz limpia y azul sobre la helada brillante en estos primeros días de enero parece siempre prometer algo. Mirad cómo os entrego el año nuevo, no lo manchéis demasiado. Eso parece decir el resplandor inicial que inaugura estas tierras. Ya nos encargaremos nosotros de oscurecerlo todo.

Me llevo fijando algún tiempo. Es el escaparate de una peluquería. Y sea quien sea, alguien se esmera en plantear distintas escenografías según la estación, y todas llenas de perspicacia y de buen gusto. Recuerdo aún una vieja bicicleta casi oxidada con un hato de periódicos sobre una alfombra de hojas secas del color encendido del cobre. Y también un maniquí vestido de labriego y tumbado al sol entre balas de paja. Ahora, pleno invierno, el escaparate se reduce a estrellas de diversos tamaños flotando en el aire sobre un suelo que simula nieve. Pero es nieve roja. Quiero suponer que está expresando lo que sucede en Gaza ahora mismo, el horrible ataque sostenido de Israel sobre la población civil palestina. Son ya más de cuatrocientos muertos. Y siguen cortadas las vías de suministro a día de hoy. Navidades rojas, entonces, que el escaparate de un barrio zamorano expresa así, silenciosamente. Eso al menos quiero interpretar yo cuando paso estos días frente a él.

Una pintada en una pared de mi barrio: “QUIERO LLEGAR A FIN DE MES”. Estos grafitis, descomunales y anónimos, revelan como un desahogo terminante eso que en las noticias de los periódicos y en las cátedras radiofónicas se empeñan en analizar con conformismo racional. Frente a la fina destilación de datos y cifras, esta súplica sollozante que tizna de arriba abajo una pared. El idioma de los perdedores.

Mientras cruzo el parque a mediodía, escucho detrás de mí una conversación en voz desmedida. Dos gitanos. Uno reconviene al otro, más joven: que no vuelva a atracar a nadie, que la próxima vez ya lo meterán al trullo, que deje en paz a la gente… En un momento dado, sigue así: “Mira tu hermano, mira yo: toda la vida preso”. Los miré disimuladamente mientras se alejaban pero iban con capucha de cogulla y embozados para librarse del frío. “Esconden la cara al mundo, no al frío”. Eso pensé.

Se le ocurre a una publicista atea vender la mercancía en la que no cree y hace aparecer este anuncio en los autobuses públicos: “Posiblemente Dios no existe; disfruta sin miedo de la vida”. Algo así. La reacción no se ha hecho esperar y un pastor evangélico ha contraatacado de la misma manera transeúnte: “Dios existe”. Y así, el pobre Dios (o su ilusión interesada) pasea su nombre por las calles de la ciudad entre paneles de rebajas y anuncios de productos en oferta. Unos y otros proclaman lo que ya han aceptado quienes se encuentran con cualquiera de las dos leyendas. A nadie del equipo contrario van a convencer. Qué inútil manera de hacer combate sordo de lo que es cosa interior, morosa y hecha de intimidad intraducible. Tanto para los creyentes como para los ateos. Cosa interior, eso digo.

Me quiero comprar un pantalón de pana para soportar mejor este invierno tan fuerte. En el establecimiento, un dependiente pizpireto me quiere convencer de que me lleve uno que me muestra con ímpetu comercial. No es lo que yo buscaba y empiezo a poner sobre el mostrador pequeñas razones de desencanto. Pero él me ataja: “Sí, sí, pero mire esta etiqueta: es pana inteligente”. Y, en efecto, eso se lee. Y yo los desecho de momento porque ¿cómo soportar bien que hasta mis pantalones sean más listos que yo? Eso ni hablar. Pantalones inteligentes. Y encima, de pana, ese honrado material hecho para durar a ciegas. La pana se aviene, en todo caso, al adjetivo “fiel” pero en esta hora del mundo ya la han hecho inteligente. ¡Ay, pobre pana! ¡Ay, pobre de mí!

Me comenta Andrés Sorel que en sus intervenciones públicas –hoy ha tenido una aquí, en León– no le hace falta leer. Lo lleva todo bien dispuesto en su cabeza. Es una consecuencia de la clandestinidad, de cuando yo tenía que moverme en secreto y sin papeles encima por si me agarraban. Eso me dice. También los perdedores tienen más memoria por eso y no necesitan leer lo que llevan bien caliente todavía encima de los huesos. Sorel es de esa estirpe.

Noche en el hospital. Con tío T. Me paso mucho tiempo mirándolo y me vienen inevitablemente recuerdos, escenas de su vida siempre tan cerca de nosotros. En lo alto de la noche comenzó a gemir. Soñaba. Sin duda, una pesadilla. Quizás la guerra, otra vez. Cuando por fin llegó la mañana, se lo dije. Me hubiera gustado que me lo contara: qué vio en sueños (él, que solo ve en sueños). Pero no, tampoco esta vez me dijo nada. Admirable hasta el final, tío T.

Un Comentario

  1. Ricardo

    Gracias Tomas, por hacernos pensar y no solo mirar.

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