Muerta la ópera, que viva al menos la voz

Joyce DiDonato durante un concierto. Fotografía: Javier del Real

Joyce DiDonato durante un concierto. Fotografía: Javier del Real

Por AGUSTÍN ACHÚCARRO

La voz, el instrumento por excelencia, tiene todavía en el Auditorio de Valladolid un reducto en el Ciclo Grandes Voces. Atrás queda maltrecha la idea fundacional del ciclo, que nació con el auditorio con la intención de servir a la ópera en versión concierto. De hecho se llamaba en sus inicios Ópera y grandes voces. Se trataba de cubrir la casi inexistencia de la ópera en la ciudad, algo extensible a toda Castilla y León. Muerta la idea original llegan al Auditorio vallisoletano en esta temporada tres voces: las de la mezzo Joyce Di Donato, el barítono Leo Nucci y la soprano Ainhoa Arteta, que representan por sí solas tres temperamentos y tres formas diversas de entender la carrera de un cantante.

Los tres, eso sí, rinden tributo al milagro de la voz hecha canto, de ese instrumento invisible exteriormente, que tenemos todos los seres humanos y que a través del canto ha llegado a un nivel de especialización impensable.

Joyce DiDonato inaugura el ciclo el sábado 2 de marzo con un sugerente título “Drama Queens”, que hace referencia al disco del mismo nombre y que la cantante ahora promociona. La mezzo nació como cantante al cobijo de las leyes de la música antigua, aquellas que buscan, sin olvidar el contexto actual, cómo pudieron ser interpretadas las obras en origen, con sus condicionantes sociales, técnicos, y de desarrollo en general del arte.

El grupo que actúa con ella, Il complexo barroco, acentúa esta idea. Es por tanto un recital con instrumentos originales, con técnicas propias o que se asemejan en esta ocasión al barroco, que sacan del olvido a no pocas obras, con una manera de interpretar diferente, lo que contribuye a una visión más variada y enriquecedora de la música. Joyce DiDonato es una cantante en pleno apogeo, con una voz básicamente lírica, de fácil fraseo, muy apta para la coloratura, con un temperamento artístico que suele enganchar rápidamente al espectador y que defiende extraordinariamente bien el perfil de los papeles propios de la ópera barroca.

Aunque habrá que tener memoria para recordarlo el 6 de julio continúa este ciclo, con el reclamo de la soprano Ainhoa Arteta. Ella intervendrá junto al buen barítono Juan Jesús Rodríguez y la Orquesta Sinfónica de Castilla y León bajo la dirección de Emmanuel Joel-Hornak. Interpretarán un programa dedicado a arias de óperas de Mozart, Leoncavallo, Puccini y Verdi.

Ainhoa Arteta representó en un tiempo el marketing por excelencia, hasta el punto que se consiguió que aquellos que se acercaban a la ópera por un glamour, que ahora por suerte se ha desplazado a otros espectáculos, tragara con la mercadotecnia y se creyera que era la mejor soprano española y una de las mejores del mundo. Un error de base, pues en el arte y concretamente en la música no deja de ser estéril establecer estos criterios. Pero la cosa funcionó. Al fin y al cabo los espectadores tienen derecho a acudir a aquello que les plazca, sean cuales sean sus motivaciones, mientras sean pacíficas. Arteta no ha perdido del todo ese latiguillo de estrella, ante los más rezagados. A cambio ha ganado en profundidad artística y sus actuaciones se han convertido en algo cada vez más madurado, lo que la convierte en una soprano mucho más interesante desde el punto de vista estrictamente artístico.

Habrá que esperar al 19 de noviembre para poder escuchar al último de los intervinientes en este miniciclo, el barítono italiano Leo Nucci. Él llegará con un repertorio dedicado íntegramente a Verdi, para celebrar el 200 aniversario de su nacimiento.

Leo Nucci, que llegará a Valladolid con setenta y dos años cumplidos, representa al cantante que ha sabido mantener una larga carrera, ganando posiciones día a día, y haciéndose un puesto de honor entre los barítonos verdianos. Ni su voz, ni su fiato pueden ser los de antes pero, salvo sorpresas, aún conserva el poder, la fuerza de comunicación y la capacidad de emocionar, tan necesarias para expresar los personajes de Verdi. La exigencia no es fácil pues el compositor italiano subió la tesitura baritonal, con lo que creó una voz de gran extensión, con un centro poderoso y un agudo sobrado, sin prescindir del grave, lo que suele pedir cantantes de voces anchas, capaces de resistir un canto que exige al tiempo una profunda expresividad, sin renegar de las pautas belcantistas.

Y esto es a grandes rasgos la estructura de un ciclo venido a menos, en el que cada cantante con sus características justifica el que se saque una entrada para escucharlos.

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