Música o sonido de fondo

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La polémica suscitada por los ingresos producidos por las melodías que acompañan a los programas-concurso nocturnos es la excusa para reflexionar sobre el valor que damos a la música en nuestro día a día.

 Por KEPA ARBIZU

Hace poco saltaba la enésima polémica en el seno de la SGAE. En esta ocasión fue el “ex resentido”, y hoy en día cabeza visible de la entidad, Antón Reixa el que apuntaba directamente a una serie de autores que en teoría se estarían lucrando ampliamente como creadores de esas composiciones que suenan de fondo (y a un volumen muy bajo) en programas nocturnos dedicados a lecturas de tarot, juegos de azar en sus diferentes versiones u otras actividades parecidas.

Dejando de lado el conflicto y lo curioso que resulta que sea ésta una de las pocas “industrias” del espectáculo que parece estar dando pingües beneficios, además de casi la  única oportunidad en la que nos podemos encontrar con intérpretes tocando en directo en espacios televisivos, lo realmente llamativo es el papel que tiene la música en ellos y que puede ser extrapolada a la que ocupa en muchos otros ámbitos, que no es otro que el de ruido de fondo o mero acompañamiento.

Al igual que en un ascensor, en la sala de espera del dentista o sonando en los oídos de un viandante, parece como si la función que cumplen esas melodías sea eludir nuestro papel en momentos incómodos o una suerte de antídoto contra un “horror vacui” sonoro. Dicho de otra manera, una función  más destructiva que constructiva. Un cometido para el que, no nos engañemos, nunca ha estado pensada la música.

Acercarse a unos acordes o a una melodía debería ser una necesidad, una pasión, y no es por ponerse trascendental (que tampoco estaría mal), pero no parece que esté muy en boga la actividad de llegar a casa, o a un lugar cómodo, para disfrutar de las canciones que a uno le apetezca. Una ocupación que probablemente no se crea necesaria llevar a cabo ya que se puede tener la idea de que la música ha estado omnipresente a lo largo del día. El problema es reflexionar de qué manera se ha manifestado a nuestro alrededor y si de esa forma llega a transmitir su verdadera “esencia”. La relación con ella, como con cualquier otra representación artística, se debería basar en una ceremonia con cierta dosis de intimidad (lo que no quiere decir que deba de ser en solitario) que nos llevara a ser tocados en lo más hondo, ya sea contagiando una sonrisa, un grito, un lamento o un sollozo. Y todo lo que se aleje de ese ritual, y los actuales modos y usos lo hacen, nos separa de su naturaleza.

Evidentemente, y por si alguien tiene curiosidad, a la hora de escribir este artículo no ha habido más banda sonora que el ruido que llegaba desde la calle (coches, ladridos o simples palabras lanzadas al aire). Todos ellos sonidos que forman parte de nuestra vida pero que nuca serán (ni podrán aspirar) música, al igual que ésta no debería nunca buscar ocupar otro rol distinto al suyo.

1 Comment

  1. Leyendo este artículo se me ocurre que tal vez estemos en el momento histórico en el que el ser humano vive más atenazado por los miedos que nunca. El omnipresente exceso de información, sea en forma de música, imágenes o cualquier otra propuesta de la “industria cultural” (horroroso oxímoron) no son más que formas de intentar huir de nuestros temores: miedo al silencio, a la soledad, a la muerte en suma. Pero todas estas defensas artificiales contra el temor no hacen más que aumentar el miedo porque, como dijo Michelstaedter, “si temes a la muerte ya estás muerto”.

    Y lo peor es que todos estos mecanismos de saturación informativa no dejan de ser instrumentos de dominación. Hay algo intrínsecamente fascista en la música ambiental que se impone contra nuestra voluntad, so pretexto de hacernos la vida más agradable. Cambien ustedes la letra de la canción, esa que habla de miseria para todos, y entonces tendremos ganas de silbar nuestras propias melodías.

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