Los hermanitos

Bolas de nieve. Dos obras de Teresa Gancedo.

Bolas de nieve. Dos obras de Teresa Gancedo.

Por ILDEFONSO RODRÍGUEZ

a la memoria de mi hermano José María

(25 de marzo de 2013)

Después de la nevada, todos los mayores habían desaparecido de la ciudad; al pensar en ellos, los podríamos suponer aislados en un lugar inaccesible, más allá de la frontera que marcaba la nieve. Allá detrás estarían todos, más allá del horizonte de los lobos, y con ellos, nuestra madre y nuestro padre; detrás significaba, también, un muro espeso, o la levedad de una neblina, pero, siempre, un sitio inaccesible.

Los tres hermanitos, nosotros, Josemari, Héctor y yo, éramos los únicos habitantes de la casa natal y de la calle y, tal vez, de todo el barrio: Solares de Picón, Calle B, número 10.

Un día, decidimos que era nuestro deber salir en busca de los padres, marchar a su rescate.

Como trineo para deslizarnos por la nieve de las calles, improvisamos el felpudo de casa. Y yo tuve el gusto de adornar nuestra máquina graciosa, versión pobre de la alfombra persa que volaba, con bien de vituallas y equipamiento para un viaje que suponíamos largo y esforzado. Me parecía imprescindible contar con una linterna, unas mantas para guardar el sueño en algún ribazo del camino, una buena lata de mortadela del Economato de La Renfe para la merienda. Todo eso lo fui echando al felpudo; mi hermano Josemari se desesperaba, nunca conseguiríamos, decía él, que aquello ganase velocidad (él sólo estaba interesado en la velocidad). Héctor no decía nada. Yo me sentía muy seguro de que el invento iba a funcionar con absoluta perfección; deslizarnos lentamente con nuestras propiedades consoladoras, eso era lo bueno. El pretexto del viaje se me olvidaba: sí, había la sagrada obligación de traer a nuestros padres de vuelta a casa, pero no teníamos tanta prisa.

En medio de las risas y la excitación de los tres hermanos, brotaba cierto recelo, asomaba la pata del miedo. La nieve, pensé yo, había caído sobre la ciudad como cae el serrín, esa nieve fingida, sobre la casita encerrada en una esfera de cristal, cuando se menea con fuerza. La casita dentro de la esfera en la mesilla de noche del lejano dormitorio de los abuelos. Me daba igual, íbamos con nuestro hermano Josemari, el valiente, yo no tenía miedo.

  1. Tus concisas y emotivas lineas al recordar un ser tan querido, me han llevado a unas imágenes, mil veces recreadas, mil veces compartidas, mil veces interpretadas, cómo se recrea, se comparte y se interpreta la vida después de la muerte. Lo siento mucho Ildefonso.

  2. Anónimo

    Fonso, yo tambien quiero desde aqui enviarte un beso y un abrazo, que pueda ayudarte a mitigar tu pena, por la perdida de tu hemanito Jose mari, el valiente..Lo siento.
    Juli.

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