Verdiginoso

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“El transcurso del día puede medirse en briznas, porque aquí se ve crecer el tiempo”. En esta cuarta entrega desde la Isla de La Reunión, el autor observa y su ojo jadea ante un paisaje vertiginoso en el que se superponen todas las variedades del verde…

Por GERMÁN RICOY

El verde no es aquí color sino distancia, una velocidad vegetal que supone una perspectiva diferente. Se impone por doquier, embargo de la visión, arrobo suspendido de la luz como puente tendido entre un océano solar y la tierra apenas flotante. El ojo, antes que el aliento, jadea ante el paisaje vertiginoso, compuesto por planos de verdor en superposición que dejan la mirada exangüe, clorofilada.

Todos los colores son aquí variedades del verde. Alquimia celeste y oceánica, el mar cae cada noche en forma de apagada lluvia solar que se transmuta en nueva vegetación, brillante bajo los primeros rayos del alba, nostálgica del azul y embriagada de fervor amarillo, pero pujante. El transcurso del día puede medirse en briznas, porque aquí se ve crecer el tiempo.

Dimensiones alteradas, sinestesia natural, el verde oscuro de las hojas de los sueños deja resbalar sobre su piel las gotas de lluvia convertidas en esferas cristalinas. Más allá el verde dulzor del banano se abre a la orilla de un río espejeante como malaquita líquida. Los altos bambúes componen sobre ellos un sereno acorde sostenido en clave aérea, al ritmo de un azul inagotable, acompasado al trino de las alamandas que crecen al borde del sendero. Verde denso de la estéril vainilla, de lianas suicidas en un coro de ácido verdor.

Verdes troncos, verdes piedras, verdes los senderos de verde florecidos, cubiertos de musgo, líquenes, miles de hojas de hierba que entonan un canto verde a sí mismas al compás de verdes vientos.

Ebriedad de jade, sinfonía que se despliega a partir de las volutas de los helechos, melodía arborescente en fuga constante, variación de un verde tema en clave solar. Tarareo verde al caminar por un sendero balsámico, esquivando fugaces abrazos de ramas verdecidas en inverosímiles injertos. Los tamarindos tienden arcos sobre la verde alfombra del camino, me obligan a seguir de rodillas, las manos sobre la verde tierra, gacha la cabeza, pleitesía ante el imperio vegetal triunfante. El aire se adensa en la espesura, se humedece entre las hojas, se calienta bajo la luz. Respiro verde, pasmado ante un coro de helechos arborescentes que entonan su canto primario bajo un inaudito órgano de flamboyanes que pronto arderán en flamígera floración. Pero no ahora. Ahora el verde es eternidad de espacio saturado, velocidad inagotable y musical, escala cíclica y contrapunto sólo de sí misma.

Salgo de la sinfonía boscosa y desciendo bordeando un verde acantilado hasta la orilla del mar donde los filaos se deshilachan siguiendo un compás de airosos verdes, abanicados por las palmas de los cocoteros. El verde salado que crece al borde del mar se decanta en dulces sabores al calor de la luz que verdea entre sus hojas. Los ojos frente al alto mar no comprenden el azul constante ni saben medir la distancia que lleva hasta la línea en la que el horizonte se abre como un libro incomprensible. Sin embargo, todo está aquí, indescifrable para la mirada aún sobrecogida de verde. No hay misterio en la inmensidad del océano ni en la velocidad de la luz solar ni en la joven arena en la que se mezclan volcanes y cáscaras de crustáceos muertos. El mundo es todo lo que hay y los objetos no tienen color. La realidad puede no ser más que un sentido engaño y es posible que así sea. Con los pies hundidos en la arena, sumidos en la danza estática del líquido metrónomo, contemplo el agua, el cielo, la luz y, por un momento, recuerdo la visión esmeralda que me fue dada por el verde, cuando la vida parecía ser un color imposible que corría por mis venas con la velocidad de dioses inexistentes y que me volvió, por un instante, eterno.

  1. Pingback: Verdiginoso | Tam-Tam Press | Líquenes

  2. Maxi Olariaga

    Verdiginosamente maravilloso. También a mí, como a Lorca, me gusta inventar palabras. Un verde abrazo, primo. Maxi.

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