Querido diario (17)

Ilustración de Avelino Fierro.
Ilustración de Avelino Fierro.

 Por AVELINO FIERRO

Cuando llegamos a aquel tugurio de paredes de cascajo del Medievo y piso de tierra con un par de columnas de madera aguantando la techumbre, habíamos bebido bastante. La luz era más que insuficiente; la música no estaba mal. Se veían los reflejos en los ojos y en la purpurina de los rostros dorados de las mujeres. “Estoy pisando cristales”, dije. Y Alfonso me preguntó sobre la frase, a mí, que leía tanto. No tenía ni idea, bastante hacía con mantenerme en pie y tratar de seguir el ritmo de la canción de Barry White. “Es de Valle, está en Luces de Bohemia”.

Lo recordé pasados varios días. En la escena cuarta, Max Estrella y Don Latino se tambalean asidos del brazo por una calle enarenada. “Yo voy pisando vidrios rotos”, dice Max. Faroles de temblor verde y macilento, calles sin nombre, frío ya del alba, luz de acetileno, estrellas errantes de la última bohemia romántica, elegía emocionada.

Ironía trágica, los hechos caminan tercos hacia el final, indiferentes a las imágenes que se deforman en los espejos convexos. La cabeza rizada y la mirada ciega de nuestro Hermes se tiende en el umbral de su puerta. Cruza la costanilla un perro golfo que corre en zigzag. Ya no existen los héroes clásicos. En la mitad de la obra, resumiéndola y anticipando el fin, el Ministro exclama: ¡Eironeia! Otra palabra que yo tenía olvidada.

Hay en Luces otras muchas, después de escurrir el idioma: argot, vulgarismos, gitanismos, madrileñismos… voces de la angustia y de la lucha por la vida que esplenden como blancos guijarros en el arroyo, frasecillas bruñidas por el ingenio, gritos inquietos como el azogue, divinas palabras.

Detrás está Valle, hundiéndose hasta la raíz del lenguaje, deslenguado, opulento ignorante, esteta gráfico de arranque popular inextinguible, como dice Juan Ramón, que hace de él un hermoso y pirotécnico bosquejo.

“Gritaba, jemía, reía a carcajadas, tremolaba de esto y lo otro, lo mezclaba todo, lo sacaba de quicio, le alcanzaba luego los picos por todas partes, le encendía y le apagaba las ascuas, jugaba con todos los equívocos erráticos, con trájica seriedad, con arrojo inmune. Y al final de su perorata policroma, musical, plástica, de espesa cauda de oro vivo, que subía, subía, subía entre el coreo y el vítor jenerales y daba en lo más alto de su poder un estallido final, el trueno gordo, como un gran punto redondo, áureo y rojo un instante, carmín, morado, negro luego y desvanecido en lo más negro. Valle-Inclán se quedaba abajo, enjuto, oscuro, en punta a su frase, como un árbol al que un incendio le ha volado la copa, un espantapájaros con rostro de viento; como el castillo quemado de los fuegos de artificio. Todos entonces, camareras, soldados, estranjeros, niños, poetas, que se habían mantenido a distancia por el respeto inconsciente al incendio de la belleza, peligro de vida y muerte, se acercaban a Valle sonriendo sus lágrimas saltadas, y por disimular su adhesión vacilante, lo zarandeaban un poco de la manga vacía (que él a veces señaló, para acordarse o acordarnos, con un nudo), mirándole al arriba sin corona, con sombrero hongo nada más. Y todavía caían aquí y allá de sus ojos irónicos y cansados de prestidijitador, de astrólogo, de mago, de brujo, entre su ceceante sonrisa y los duros hilos cenizos de su barba de cola de caballo, algunas chincheantes culebrinas, algunas coloridas, débiles, sordas bengalas.

Y Valle-Inclán, palo quemado ya aquella noche, desaparecía ‘hazta mañana, zeñorez’, rápido en la plazoleta del silencio.”

Rosa Navarro Durán, en el número de febrero de la revista de literatura Clarín, nos anima a dar nuevas compañeras llamativas, pero elegantes, a las palabras de nuestros escritos. Rebusca en la traducción del Orlando furioso por el capitán Jerónimo de Urrea y descubre vocablos y expresiones: “somorgujar”, “dolor no usado”, “cuerpos sanguinosos”, “en vano el sol el claro día serena”,  gemidos del amado y abruptos encabalgamientos que pasan luego a nuestros clásicos. En ese misma obra de Ariosto y también en Calderón se encuentra con una rara palabra, en Andrómeda y Perseo: “Hoy se le ha ofrecido al templo de Júpiter, que en las altas / cumbres del monte es opuesto / rebellín contra los rayos.”

El revellín, obra separada y desprendida de algunas fortificaciones, recuerdo que fue muy nombrado en aquella excursión con los amigos de Promonumenta por la raya de Portugal; sobre todo en el Fuerte de la Concepción, en la Aldea del Obispo salmantina. Esa arquitectura guerrera está poblada de palabras hirsutas.

Al poco de leer ese artículo, soplando el polvo de los libros en un estante, hojeaba uno de Baroja. Un libro curioso: Es una edición pro-premio Nobel que se termina de imprimir en el verano de 1956 “mientras el maestro se halla sumido en gravísima enfermedad”. Se titula La decadencia de la cortesía y otros ensayos. En la tercera parte, dedicada a estampas parisienses, describe el mundo de las ferias y entre las barracas de boxeadores, monstruos y bailadoras de cancán semidesnudas, encuentra las casetas-automóviles, muy bonitas, de las adivinadoras del porvenir que, según los letreros, son gitanas hindúes o españolas. Y su procedimiento, basado en las líneas de la cara, es la metoposcopia.

No entran en una barraca, porque hay cola y el viento frío que corría no hacía agradable la espera. Unos días después pasa por la feria mientras hace tiempo para ir a comer invitado por una señora española que vive cerca. Como es hora de mañana hay puestos cerrados y tiene todo un aire zarrapastroso. Habla con una metoposcopiana flaca, con aire de bruja, nariguda, con gabán negro, una nariz de polichinela y una boca sin dientes, que le cuenta que no hay ninguna española pero que se  anuncian así porque es más “chic”, y que el negocio de la temporada ha sido poco, porque ha llovido mucho, ha hecho frío… Baroja le dice que él no es metoposcopiano, pero hace algo parecido, porque se dedica a la adivinación del pensamiento. Ella le dice que “allí ahora con la guerra poco negocio podrán ustedes hacer”. Aquí, ahora, como antes, como siempre, unos viven a la intemperie, con abrigos raídos y tratando de preservarse del viento frío, y otros tienen montados en la feria, que bien les va, sus bonitos chiringuitos financieros. Las líneas de su cara dibujan su porvenir muelle y su naturaleza de ladrones, timadores, canallas, avariciosos y sinvergüenzas.

El siguiente día al de nuestra bajada a la cripta de los noctámbulos, era sábado. Día ventoso, a ratos llovía, jugaba caprichosa con las nubes y el aire la primavera. Vi cómo un comerciante aprovechaba el rayo de sol para salir a la calle y golpear el polvo de una gruesa estera contra un árbol y cómo la lluvia caía de las ramas y lo empapaba. Lo comido por lo servido. Las líneas de su cara le gritaban un “serás idiota…”

Seguí andando y llegué a uno de los bares del barrio viejo. Estaba maldormido, casi sin peinar, con la habitual barba de cuatro o cinco días, los pantalones remendados y la chaqueta también vieja, con coderas zurcidas. Salí a encender un cigarro y cerré los ojos a la vez que aspiraba lentamente el aire; saqué una mano extendida para ver si seguía lloviendo. Un paseante, yo creo que turista, que iba con su pareja rubia y dos querubines de colegio de pago, me echó una moneda de cincuenta céntimos. No me molestó, ni mucho menos.

Los ejecutivos repeinados creen a veces reconocer a un colega que ha tenido menos fortuna, lo comprenden, y no les molesta tanto como el mendigo genuino, con algo de sebillo en el cuerpo. Vio, posiblemente, que mis pantalones habían sido Calvin Klein, mi chaqueta, Gant, y los viejos zapatos, Sebago. Vio posiblemente las líneas deprimidas de mi cara. Puede que fuera algo metoposcopista.

Pasó al poco el joven que está casi siempre borracho, sucio y oliendo a orines, con un extraño pelo afro y cartones de vino. No suele pedir dinero. Me quedé la moneda. Distintas son la pobretería y  la bohemia. Decía Camba que no hay en el mundo mentalidad más rutinaria que la bohemia. Una cosa es no tener convencionalismos y otra tener el convencionalismo de no tenerlos.

No sé a quiénes tendrá catalogados Javier Tomé, a quiénes sacará de sus zahúrdas, en el libro que publica estos días. Sé que hay bohemia, golfería, gallofa, mariscalas, puchachas, pulastros, troteras, yirantas, rateros, sirleros, tronistas, topistas, espadistas, santeros, truhanes y mugre locales. Ángeles caídos, mílites de Abadón, moradores de sombras, piltrafas del arroyo.

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