Prosapiens (22)

prosapiens-22

Nueva entrega del poeta, ensayista y crítico literario uruguayo afincado en México, y que forma parte de un libro en curso –”un libro que escribo cuando me entra una especie de velocidad de ira”–, titulado ‘Prosapiens’.

Por EDUARDO MILÁN

Por donde la pasión logra filtrarse en la ira del indignado comienza la posible emancipación. No más. Por el momento. Tal vez ese momento se está construyendo en cada uno. No una plataforma. Un reconocimiento de algo que hay ahí, en ese contexto donde nada hay. No basta la carencia. La pasión es ahora, la vuelta de la cabeza como Orfeo. Ese giro de la cabeza en la noche como un cuerpo gira sobre sus talones en el día. Eso por ahora. Filtrarse entre ¿los intersticios? El problema fue el adelanto de las palabras, el uso indiscriminado de todas las palabras que se agruparon, urgidas, alrededor de un momento vacío. Las palabras a la mano, las palabras a la boca. Sorteando –anulando, urgidas, emergentes, toques de queda, alarmas desatadas de su carro, rojo-rojo– el trabajo intenso-inmenso de ascendencia sísifa por la escala de la desolación a la garganta evita el bolo que digiere todo. Un organismo que procesa todo es un organismo preparado para morir, ya sin rechazo. Si uno se pregunta qué pueden hacer los organismos que lo aceptan todo entra de luto en el camino que conduce a la montaña. Allá arriba, entre la rocas. Arriba, entre los nidos de águila. Una antigua tradición de Japón abandonaba en la montaña a los ancianos, años más, años menos. Nuestras sociedades se preparan para ser eternas. Los cuerpos sociales hace poco medios medían su imaginario con lo que tenían cerca: celular, galletas de salvado con miel, peine de carey, billetera de tenista cargada de tarjetas. Cierto que es difícil imaginar nuevos escenarios. Las mínimas variaciones de cada objeto en cuestión prometen una similitud  al infinito. Y la continuidad: nada iba a suceder que modificara al consumo semisedentario. La seguridad sedimentada que tiene la vida para los niños de clase media –clase ya antigua, delicias del fordismo– : viven con la certeza de ser sostenidos por potencias invisibles –aun cuando ven al padre llegar de noche, matado de tres trabajos–, ese control de lo invisible que tiende como una red el amor de madre cuando se ve, no cuando no se ve –aun cuando la ven llegar de noche, matada, un poco antes que el padre, un poco después. Un parteaguas de luz blanca o blancoamarillenta está fuera de consideración si el mundo está regulado por la aparición/desaparición graduada de nuestros auxilios y prolongaciones. Un cielo blanco media hora después del mediodía pero blanco, completamente blanco, una gran página de poema pero sin poema, un cisne en su mayor abertura de arco pero sin cisne, el despliegue de una noche completa con las miradas levantadas, sus galaxias, sus constelaciones y estrellas pero sin su negro –noche liberada.

O antes del gran disparo: el blanco abierto de una única sábana con un rastro rojo de los que ya cayeron del cielo, el blanco abierto de una única túnica de enfermero que no atendió a tiempo a los que ya cayeron del sueño.

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