Realidad y realismos

El australiano Ron Mueck trabajando en una de sus esculturas.
El australiano Ron Mueck trabajando en una de sus esculturas.

El director del Museo de León reflexiona en este artículo sobre dos de las grandes exposiciones de esta temporada: la del australiano Ron Mueck en la Fundación Cartier de París y la muestra sobre el hiperrealismo del Museo Thyssen de Madrid.

Por LUIS GRAU LOBO

¿Qué ve en la fotografía de un caballo quien jamás ha visto una fotografía? Un trozo de papel. Pero casi nunca un caballo, porque no lo es. La representación de un caballo es sólo eso: una manea de representarlo, y éste depende de un código cultural que no todos compartimos. Por fortuna. Las primeras fotografías que los indígenas norteamericanos tuvieron en sus manos no fueron reconocidas nada más que como un pedazo de objeto, quizás algo mágico, pero lo que en ellas figuraba no podía ser nada relacionado con el ser que nosotros pretendemos identificar automáticamente. Pues… ¿cómo reconocer un caballo en algo que no trota, que no respira ni huele, que no relincha, que no monta para recorrer el mundo como sucede con un auténtico caballo? Una rosa es una rosa es una rosa, dijo Gertrude Stein. Y he ahí el primer principio del realismo: no confundirlo con la realidad (le sucede a casi todo lo que acaba en –ismo tiene tendencia a confundirse/confundirnos).

En el panorama expositivo y entre las tendencias de los centros de arte, esta temporada adquiere protagonismo una cierta manera de realismo, la de una pintura y una escultura que se detienen en una descripción preciosista y minuciosa de la realidad –¿“naturalista”?– hasta tornarla el exacto objeto de una disección observadora y documentalista. Pero más allá de lo que significa naturalismo desde que los griegos acuñaran tal tendencia episódica del arte una vez abandonado el clasicismo como el callejón sin salida que acabó siendo, lo que hoy interesa destacar es la forma en que ese naturalismo verista ha dado en deformar sus viejos patrones. Pocas artes, pocas épocas han sido naturalistas, en puridad. Ni el helenismo en aquellas esculturas de ancianos deformes o niños juguetonamente gordezuelos, ni Roma, con su carga de res publica siempre patente o latente. Nunca lo fue el Medievo, desde las visiones extáticas románicas a las mortificaciones carnales de un tardío Cristo de Grünewald. Ni mucho menos el Renacimiento, idealizado cuando no amanerado en su fase disolutiva; o el Barroco, dramático o cómico como una obra de Lope. Curiosamente quizás sólo ha existido un auténtico realismo figurativo, y precisamente tuvo lugar cuando éste se sumergía en la disolución vitriólica de las primeras vanguardias. Quizás sólo ese realismo, heredero de los pompiers y la pintura burguesa, expresaba un último afán naturalista que era más soñado (surrealismo) que veraz, más una pesadilla (expresionismo) que un sueño. Pesadillas, en todo caso, a las que la realidad y la historia acabarían por superar apenas una década después en su forma más terrible.

Por eso ahora que nos encontramos con la exposición del Thyssen y con la obra que presenta en París hasta septiembre el australiano Ron Mueck (no digamos nada del agostado y agostizo Dalí en el Reina…) cabe preguntarse ¿por qué ahora? ¿Qué tiene de especial este momento para que retornen, con la contundencia de un aldabonazo, una pintura y una plástica tan ceñidas a un verismo en apariencia intrascendente, meramente crudo, inclemente, frío?

Las enormes piezas de Mueck (antiguo colaborador de Henson en los teleñecos) en la fundación Cartier de París todo el verano, nos abofetean con la presencia monstruosamente carnal de la gente de la calle a una escala que nos convierte en mirones de un microscopio dirigido a sus miserias, secretos y anfractuosidades, que son las nuestras. Poros, pilosidades, arrugas y todo tipo de cuños que la vida deja en nuestra epidermis protagonizan sus figuras, que a menudo exhiben una desnudez a mitad de camino entre el morbo y el estudio de una anatomía que, de tan concreta, resulta universal. Si no sostenemos su mirada es porque nos vemos en ella. Y al final no nos sabemos mucho más que ese pollo desplumado que cuelga boca abajo en medio de las salas en las que las demás figuras humanas aguantan la respiración. Es por ellas que recordamos que “lo más profundo que hay en el hombre es la piel” (P. Valéry).

Por otro lado, la muestra madrileña sobre el hiperrealismo, que estará abierta hasta el 9 de junio en el museo Thyssen, es otra cosa. Basado en el éxito del pop y en la fotografía como recurso de interpretación de lo real (se le llamo photorealism), este movimiento nacido en los USA hace más de cuarenta años exalta la estandardización del american way of life mientras nos insinúa los primeros brotes de la semilla de su propia disolución: la monotonía, la vulgaridad, la mediocridad, la objetualización, el consumo… llamémoslo como queramos.

En ambos y contrapuestos realismos, a diferencia de aquellos que alumbraron el arte de los veinte o el cine de la segunda posguerra mundial, contemplamos una sociedad exhausta y estereotipada, acabada en su propia inanidad y sin salidas: fotogénica como un pastel rancio que nadie quiere comer ya. Y al individuo que la compone, suspendido de su propia y exangüe imposibilidad de cambiar esa sensación, ese destino ominoso… ¿Les suena? El realismo ha vuelto para decirnos lo de siempre: esto no es un caballo. No piafa y no relincha como un caballo. No nos hace galopar sobre ninguna verde pradera.

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