Miramientos / 7

Ilustración de Santos M. Perandones.

Fotografía de Santos M. Perandones.

 [Primavera 2010]

Por TOMÁS SÁNCHEZ SANTIAGO

Se reúnen en un lugar de su continente millonarios y ultramillonarios sudamericanos. Dicen que a analizar la situación crítica del mundo. ¿Para intentar resolverla? Sospecho que más bien para afirmar sin riesgo su inmenso capital en esta hora que empieza ya a ser negra.

Ante mí una antigua fotografía. Mi padre y sus hermanos. En total, seis; todos de edades infantiles en el retrato. Dos de ellos morirían enseguida. Y aún viven otros dos. Lo que me sorprende, además de la emoción arqueológica de ver a mi padre adolescente (con esa cara de hombre mayor que arrebataba de la alegría juvenil a los muchachos de entonces) es ver otros rostros y gestos posteriores en este testimonio anterior, calculo, a 1936. Ahí, en la profundidad de esos rostros, están mis hermanos, mis primos, algunos de mis sobrinos…, en esa orografía irrebatible de unas caras que miran –tal como hacemos los demás– hacia una nada que sobrevuela por encima de los años hasta que termina por posarse sobre otros desconocidos. ¿De dónde vendrán esos gestos? ¿Y quién los contendría antes, ignorado totalmente para ti? Esa es la ley que siempre impedirá saber dónde acaba un rostro.

Consiguen por medios judiciales que la cantante Madonna no adopte un niño de Malawi. Alguien pone un poco de sensatez en esa afición por llevar niños a casa lo mismo que se llevan animales exóticos. Algo de eso siento cuando veo a parejas pulcras, y con todos los sacramentos de querer pertenecer visiblemente a la furiosa actualidad, llevar de la mano a una criatura oriental o negra. No es, a mis ojos, un acto de amor sino la exposición ostentosa de una teoría; un residuo colonizador. Entonces miro hacia otro lado, nunca a los ojos del niño.

En un bote de champú se lee: “NUESTRA FILOSOFÍA”. Y a continuación toda una declaración de principios que podían haber aparecido en un panfleto político o en un código ético. De modo que los champús tienen filosofía, como la tienen los clubs de fútbol, los chefs de cocina y las asociaciones de ayuda a los animales domésticos. Para cargarse de presencia, nada mejor que empezar a hacer bailar esa palabra en los lugares más insospechados hasta dar con ella en la disipación.

Cuando se produce un desastre natural cerca de nosotros, en el mundo civilizado, según se le llama, nos parece que la Naturaleza es más injusta. Pero esto no es así. Y el terremoto que acaba de asolar el centro de Italia –ya van 300 muertos– es el mismo que cada año destroza ciudades asiáticas bajo esa misma forma o bien hecho monzón, tsunami, ciclón o inundaciones salvajes. Estos otros muertos apenas suponen unos segundos o unos renglones en los medios de comunicación. No son cercanos, y por ello no interesan tanto a este mundo. En cambio, las catástrofes de los espacios inmediatos, aun las que originan la impericia o la negligencia (un avión que se estrella, un incendio en un túnel, una tragedia en una discoteca) contienen ese plus de incredulidad. “No hay derecho, nuestro mundo ya estaba preparado para que eso no pasara”, nos decimos aunque no lo manifestemos. Y lo consideramos, más que una tragedia, un fracaso colectivo. Una decepción. Y esa misma conducta recriminatoria la llevamos, en su caso, a los desastres naturales, de los que nos parece también estar libres.

Por otra parte, la ocurrencia de Berlusconi dirigiéndose a quienes se acaban de quedar sin casa (“Vayan a descansar a la costa el fin de semana; pagamos nosotros”) dice mucho de la brutal trivialidad con que se quiere empañar cuanto ocurre en el mundo, por grave que ello sea.

Ha muerto Mari Trini. Cuando la oía cantar en los setenta, yo suponía que algo así debía de ser la chanson française (recuerdo con qué elegancia cantaba ella “Hier” o “La fanette”). Era, sí, la Juliette Greco que teníamos por aquí en aquella época de pachanga de consumo interior. Cuando se retiró a las sombras de una vida privada, alejada del ruido, nada más volvió a saberse de ella. Le gustaba la poesía. Falleció hace un par de días con 61 años.

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