Querido diario (19)

Ilustración de Avelino Fierro.
Ilustración de Avelino Fierro.

Por AVELINO FIERRO

La tarde del tercer día, en Olsztyn, en una cafetería de luz agradable, como si el cielo de grafito de la calle no existiera, alguien buscó con el teléfono, tras conectarse a la Red, los límites geográficos de la antigua Galitzia.

Hemos pasado por algunas carreteras de su parte más occidental y por esta zona se ven muchos coches con matrícula rusa. Si hubiéramos entrado en carreteras más secundarias, hacia el oriente, seguramente habríamos visto una luz distinta y no estas nubes indiferentes, apátridas, que niegan su reflejo a un suelo que esconde, bajo el verde de los sembrados y las innúmeras charcas, sus cicatrices.

No, no hemos percibido ese tiempo de forma esférica, ese tiempo que gira más despacio y en el que flotan, ingrávidos, los personajes de los cuentos de Andrej Stasiuk: Józek, Levandowski, el Sargento Pelirrojo, Maryska, o Kosciejny, desprovisto ya de su cuerpo.

No dejo de pensar en ellos cuando salimos a la calle. Anochece. Menos mal que ha dejado de llover como el día antes en Varsovia, pero hace frío. Voy poco abrigado, Las noticias del espacio digital predecían la llegada por aquí del buen tiempo; el equipaje es escueto, casi torpe. Tampoco hay que hacer de ello –como parece ser habitual– una cuestión de estado. Tres camisas, tres calzoncillos, cinco pares de calcetines y un pantalón de repuesto para ocho días. Siempre un poco menos para poder lavar algunas prendas a mano (coincido colgando mis calcetines con las bragas de C., del color del oro de los tigres) y combatir la ineluctable sensación de ser un turista más y la extrañeza de la tierra extranjera.

Todo es tan uniforme… Todos llevan móviles indispensables y libros electrónicos, todas llevan los pómulos y las tetas operadas. Todo igual en los duty free, salvo los chocolates, las bebidas de la región o el gnomo típico. Sin embargo yo no encuentro mi champú de Shiseido. Todos somos iguales, disciplinados, borregos. Por eso llevo siempre equipajes cortos, lacónicos, discretos, desaliñados, como de alguien indolente, que aterriza por allí de casualidad.

Es difícil también elegir uno o varios libros, es fundamental. Es mucho más arduo que hacer la maleta. Llevar tus libros y un viejo lápiz para no sentirte demasiado ajeno, en tierra extraña. Tengo a veces intuiciones, iluminaciones que me ayudan. O viejas decisiones: en los cursos de trabajo de dos días en Madrid van siempre los Viajes a España de Merimée, en la edición de Aguilar. Vuelvo atrás, leo sobre una corrida, o la búsqueda de antigüedades, o el polvo que sube del piso de tierra alfombrado de esteras del Museo del Prado. Esta vez decidí apresurado, y luego supe que me había equivocado en parte. Uno de ellos fue Contra los poetas, de Gombrowicz.

Otro polaco, Zagajewski, en una entrevista reciente, dice que para él es dramático marchar para cinco o seis días y tener que elegir libros, que nunca puedes saber de qué humor vas a estar cinco o seis días después. Así que viaja con cinco o seis libros siempre.

Eso sucede. Lo de menos, al estar de vuelta, es haber leído. Lo importante es tener la posibilidad de hacerlo. Puede que las caminatas, los museos, las variaciones del azul y del viento, las mujeres exóticas… te dejen saciado.

Gombrowicz habla mal de la “poesía pura”, de su azúcar, de lo hermético y unilateral, del mundo de los poetas que sólo escriben para los poetas, del exceso de poetas, del exceso de metáforas. Dice bastantes tonterías. En algún momento anota que todo en el mundo poético se hincha, y aun los creadores mediocres llegan a adquirir dimensiones apocalípticas. Es algo que se puede compartir. También que los versos no gustan a casi nadie y que la misa poética, todo ficción y afectación, se efectúa en el vacío casi completo. Esto se comparte a medias.

Puede que haya mucho de reverencia en los actos poéticos y mucha engañifa. No pasa nada. Hay que ir, hay que estar ahí. No causan daños como otros ritos, es la “vida literaria”. Actos sociales y gremiales soportables. Hay que acudir a besar la mano de los consagrados, hay que alentar a los que comienzan y quieren darse a valer como poetas, o escritores, o fotógrafos; mejor que a concejales, vigoréxicos, ejecutivos o miembros del patronato de la caja de ahorros local. Hay que ir, aunque sea para soltar alguna maldad, como B. en una de las últimas lecturas en que hemos coincidido. “Cuántos libros lleva escritos para no decir nada.”

Pues hay que ir, aunque luego comprobemos que a nuestro lector le sucede lo que a la mayoría: que no sabe leer. Y el poema, ya lo decía Valéry –el cantor altivo al que más denuesta Gombrowicz–, carece de sentido sin SU voz.

En casi todos hay una mezcla de entonación nasal y cursilería, de afectación, de gemido. Como si algo les apretase en alguna parte, como si hubieran llegado allí, a la mesa con una luz cenital y vaso de agua, agotados, a la carrera; como si no supieran que eran los oficiantes de ese acto. No hay naturalidad ni firmeza; desafinan. Si leyeran una nana a su hijo, éste no pegaría ojo de la preocupación que le embargaría: “¿Te pasa algo, papá?”. Los vicios son muy comunes. Decía Juan Ramón: “Los recitadores suelen detenerse al final de cada verso ¡disparate! Cortan el sentido.”

No hay norma para decir las palabras altas, profundas y distintas, como debía de hacer Coleridge, escribe William Hazlitt, como si los sonidos hubieran resonado desde el fondo del corazón humano. Y Wordsworth hablaba con gran libertad y naturalidad, con una mezcla de acentos claros y efusivos en la voz, con una profunda entonación gutural y un fuerte tinte de habla rústica, como el poso del vino. Eran predicadores, daban sermones sobre asuntos poéticos, religiosos o filosóficos.

Sí, deben tomárselo más en serio. Como dice Supervielle, recitar versos en público no debe ser para el poeta un simple juego de la vanidad, proyectar así ante sí mismo es una prueba temible. Y que la voz humana, cuando es inteligible, ofrece a los versos un vehículo casi metafísico, es fusión del cuerpo y espíritu, un fluido que se evade en el aire en el mismo momento en que se revela.

A pesar de ello nadie te hará sentir tan único en esa exaltación, en esa comunión silenciosa y emocionada con el poema, como en tus lecturas en soledad; en ese momento de piel erizada y ojos llorosos, como sucede cuando leíamos, todavía poco más que adolescentes, “Noches del mes de junio” de Biedma o lo hacemos ahora, recordando los años que han pasado como un soplo.

Quizá la técnica pueda aprenderse, puedan hacerse ejercicios para entonar bien, repasando los poemas de tu lectura pública varias veces antes en una lectura privada, frente al espejo, como un recitador de oposiciones, como si fuera un tema de derecho civil, para que los demás, al menos, nos oigan y entiendan. Escucharse antes a uno mismo, hacer gárgaras, ensayar en distintos tonos y maneras, dejar escapar el aire diafragmático y no bucal o nasal. Profanar, con nocturnidad, la iglesia del barrio y declamar desde su púlpito. O adoptar las maneras de un ciego, de alguien que parezca no dirigirse a nadie, que mira perdido hacia el techo y que semeja hablar para sí, alguien que parece ser su único público y que sólo entraría en conversación o en digresiones consigo mismo, alguien ausente, ensimismado. ¿Alguien como Borges? Uno podría así emocionarse con él, como él, con un párrafo de su prosa, como el que leo –y transcribo– ahora, de una conferencia dada en Harvard.

“Me considero esencialmente un lector. Como saben ustedes, me he atrevido a escribir; pero creo que lo que he leído es mucho más importante que lo que he escrito. Pues uno lee lo que quiere, pero no escribe lo que quisiera, sino lo que puede.

Mi memoria me devuelve a una tarde hace sesenta años, a la biblioteca de mi padre en Buenos Aires. Estoy viendo a mi padre; veo la luz de gas; podría tocar los anaqueles. Sé exactamente dónde encontrar Las mil y una noches de Burton y La conquista del Perú de Prescott, aunque la biblioteca ya no exista. Vuelvo a aquella vieja tarde suramericana y veo a mi padre. Lo estoy viendo ahora mismo y oigo su voz, que pronuncia palabras que yo no entendía, pero que sentía. Esas palabras procedían de Keats, de su Oda a un ruiseñor. Las he vuelto a leer muchas veces, como ustedes, pero me gustaría repasarlas de nuevo. Creo que le gustará al fantasma de mi padre, si está cerca.

Los versos que recuerdo son los que en este momento les vienen a ustedes a la memoria:

Thou wast not born for death, immortal Bird!
No hungry generations tread thee down;
The voice I hear this passing night was heard
In ancient days by emperor and clown:
Perhaps the self-same song that found a path
Through the sad heart of Ruth, when, sick for home,
She stood in tears amid the alien corn.

(Tú no has nacido para la muerte, ¡inmortal pájaro!
no han de pisotearte otras gentes hambrientas;
la voz que oigo esta noche fugaz es la que oyeron
en los días antiguos el labriego y el rey;
quizá este mismo canto se abrió camino al triste
corazón de Ruth, cuando, con nostalgia de hogar,
llorando se detuvo en el trigal ajeno.)

Yo creía saberlo todo sobre las palabras, sobre el lenguaje (cuando uno es niño, tiene la sensación de que sabe muchas cosas), pero aquellas palabras fueron para mí una especie de revelación. Evidentemente, no las entendía. ¿Cómo podía entender aquellos versos que consideraban a los pájaros –a los animales– como algo eterno, atemporal, porque vivían en el presente? Somos mortales porque vivimos en el pasado y el futuro: porque recordamos un tiempo en el que no existíamos y prevemos un tiempo en el que estaremos muertos. Esos versos me llegaban gracias a su música. Yo había considerado el lenguaje como una manera de decir cosas, de quejarse, o de decir que uno estaba alegre, o triste. Pero cuando oí aquellos versos (y, en cierto sentido, llevo oyéndolos desde entonces) supe que la lengua también podrá ser una música y una pasión. Y así me fue revelada la poesía.”

Gombrowicz, pues, puede decir lo que quiera, las tonterías de su conferencia en La Habana en el 47, ampliada luego en el 51 en la revista polaca Kultura, porque la poesía nos hace menos ciegos y, como dice Heaney recordando las palabras de Brodsky, el que lee poesía de un modo crítico es menos susceptible de dejarse engañar por la retórica de los políticos.

Zagajewski habla de las palabras de Gombrowicz en su volumen de ensayos En defensa del fervor. Y deja allí las preguntas que aquí anoto: “¿La poesía tiene que ser sólo un servicio intelectual de urgencias, cuyas ambulancias azules circulan a toda velocidad por las calles oscuras de una ciudad dormida, llorando en voz alta?”, y “¿La poesía no es más bien una mística para principiantes?”. Las reflejo aquí porque me viene en gana, porque convienen a mi estado de ánimo, por su exceso de azúcar, por su hermosura…

“Mística para principiantes” es también el título de uno de sus poemas, incluido en su libro Deseo. Y en algún lugar que no recuerdo surcarán sin duda las ambulancias para dar consuelo a los desasistidos, a los que buscan el esplendor, a los meláncolicos, a los apasionados, con el murmullo de la gran poesía: rosa mística, torre de David, torre de marfil, casa de oro, arca de la alianza, puerta del cielo, estrella de la mañana, salud de los enfermos, refugio de los pecadores, consuelo de los afligidos…

También tiene poemas sobre su ciudad natal, Lwów. Eso es, hoy, Ucrania. El poeta recuerda la ciudad en la que nació y recrea otras en las que le gustaría vivir, con un río impetuoso atravesando de día el centro y murmurando en la noche saludos misteriosos de las fuentes, de las montañas, del azul del cielo. También el primer verso de un poema de Milosz dice: Nunca de ti ciudad he podido irme.

El Vístula nos ha acompañado durante estos días del viaje, y catedrales de ladrillo con campanarios puntiagudos de un verde oxidado. Y jirones de nubes. Y mujeres rubias y acompañantes malencarados, que no parecen merecerlas.

También una rara variedad de magnolios y cornejas cenicientas e indiferentes en los parques. Un pájaro carpintero picoteando la corteza de un árbol y una pareja de somormujos en el lago, al lado de la residencia de Carmencita. No pudimos llegar hasta los astilleros de Gdansk, pero todas las banderas del primero de mayo eran iguales. Un cisne echó a volar y recorrió frente a nosotros la playa en el Báltico, en Sopot.

Y en Torun tengo un sueño. Salimos por la calle empedrada, de casas de ladrillo y galerías con cristales de colores, de la presentación del libro de Pablo Arraiza. Desde el fondo de un callejón, Íñigo Méndez de Iruin grita palabras necias. Va con nosotros José Luis Piquero, que compone un gesto mefistofélico y defiende a la chica, Silvia Zayas. Con una larga crin de caballo amarramos nuestra barca que quiere perderse, cuando cae la luz, en la laguna bordeada de cañaverales. Hay un aire de mercurio, opresivo, que baja por oleadas del cielo. Levanto la vista y veo que alguien, quizá Martín, nos mueve con unos hilos. A lo lejos aparece la fachada del teatro de marionetas de la ciudad, el Baj Pomorski. Anochece. Pasa un carro de fuego guiado por la silueta de alguien que ríe.

En el viaje de vuelta la nieve cubre los Pirineos y, luego, desde el tren, puede verse que el sol bajo saca los colores a los sembrados incipientes, y los verdes son esmeralda, amarillento, turquesa, vedeazulado, Hooker, lima, oliva, sinople, veronés.

La megafonía anuncia que nos acercamos a nuestra ciudad. No querría estar de vuelta; todo aquí, y en el país, me parece más ramplón, tabernario y mezquino. Cierro un bolsillo exterior de la maleta, en el que dejo el segundo de los libritos elegidos para el viaje. Veo que allí siguen resignados, sin poner tierra por medio, los regalos: el libro en polaco de S. Lem para Alberto y el lapicero del museo de Varsovia para Aldo. En el asiento de adelante un grandullón de piel blanca y pelo ralo hace esfuerzos para ponerse la gabardina, dejando ver las secuelas de la quimioterapia. Anochece.

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