Prosapiens (23)

Graffiti de Banksy.

Graffiti de Banksy.

Nueva entrega del poeta, ensayista y crítico literario uruguayo afincado en México, y que forma parte de un libro en curso –”un libro que escribo cuando me entra una especie de velocidad de ira”–, titulado ‘Prosapiens’.

Por EDUARDO MILÁN

Sacrificio de la gente, rescate del capital. Será el sacrificio un oficio de regeneración. Semilla para nuevas cosechas. Abril es el mes más cruel. Pasó. Un armamentismo oscuro rodea como boa la circulación de grueso calibre, un silencio disuasivo. Otros silencios: el campo al atardecer, yapa del cielo, Yepes bajando por una enredadera de sábanas de la alta ventana de la mazmorra al piso legendario de piedra legendaria. Piso y piedra: leyendas. La leyenda está en la calle. Héroe trágico no hay, Edipo no hay, Sísifo no hay. ¿Será el planeta todavía territorio de Prometeo? Algo hace levantar los ojos con Prometeo, un encendido de estrellas, hasta allá llega el incendio. Orfeo no: ese va por debajo, río secreto, un metro de miradas. Y la desaparición. Ni siquiera es HCE (Here Comes Everybody, la gran sigla de Joyce tan parecida a HSBC) donde cabíamos todos los que éramos mundo humano. Hoy hay mundo humano e inhumano coexistiendo. Hay que elegir, ir en zigzag sobre la línea de la frontera. La banca no se hunde todavía. Todo ese peso y no se hunde. Los grandes capitales más ágiles que nunca no tocan el suelo. El dinero se traduce urgido en mercancía, una alarma de brasa al vivo que quema –balbucea entre los dedos–, un ansia de fantasma, un ansia de asma que corta el aire, entrecorta en realidad, el fragmento. Decir el fragmento era lo único en el XX, una imagen de mundo que no mentía la falta de mito, la falta de novela, la falta de cuento. La falta no de completud: de sentido entramado, las grandes marañas del relato en la fábrica, la lluvia en la campiña arriba gris y abajo verde, un horizonte que el vaho del XIX no empaña. Y ese XIV que desde la orilla de enfrente hace señas listo para zarpar, saluda con la derecha y tapa el futuro oro extraído, ya se lo ve, desde la orilla se ve. Empujados al fragmento como al escenario primario, la calle donde ocurre. El hip hop pero mejor el rap lo anticipó, aunque hace esquina con Bulevar España y Bulevar Artigas, con Reforma e Insurgentes. En Uruguay reina el candombe que unos negros me enseñaron a mí. Única jerarquía, la música, música reina y momo rey. Esto se está volviendo instrumento. El lenguaje se vuelve vehículo, un Ford T de la época de la prohibición en Chicago a veces aparece por la avenida principal, 18 de Julio. El viejo Uruguay está siendo sustituido por el Uruguay joven. Será guitarra. Será pandereta de saltimbanqui. O saxo de Ildefonso Rodríguez. Todos los tambores suenan de noche. La noche es el espacio eficaz de los tambores cuando todo el mundo duerme. Los hombres duermen, las mujeres duermen, los niños, los gatos, mucho. Los elefantes abandonan la ciudad para ir a morir al Perú, tierra de Blanca Varela. Los que tienen insomnio no son los banqueros, los banqueros pueden dormir, cosa que en los cuentos buenos no podía suceder. Duermen sin soñar como después de una larga jornada de trabajo a base de cocaína, anfetaminas y café. Los banqueros del capital mundial. Y el whisky de enfrente. Los tambores tocan solos. La dignidad gana un poco más de sombra bajo la desolación. De César Vallejo y de José María Arguedas.

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