Sobre la mala salud de lo público

Rat, Liverpool, UK. Graffiti de Banksy.

Graffiti de Banksy.

Por MIGUEL Á. VARELA

Los hechos. A la muerte del infausto general, los espacios escénicos del país presentaban un panorama desolador. Polvorientos teatros privados en los que no se había invertido un duro desde la batalla del Ebro. Paraísos góticos de telarañas y ratas, con un equipamiento técnico con el que actuar era jugarte la vida. Lugares fantasmales ocupados puntualmente en temporada “de ferias” con programaciones decadentes y repetitivas. Había excepciones, claro, pero muy pocas y concentradas en apenas media docena de ciudades.

El cambio. Con la llegada de la democracia y sobre todo desde finales de los ochenta, las administraciones públicas llevaron a cabo un gran esfuerzo económico para corregir ese déficit. Gobierno central, comunidades autónomas y, muy especialmente, los ayuntamientos lanzaron programas de rehabilitación y construcción de teatros y auditorios.

Se cometieron errores, sí. El principal, primar el continente sobre el contenido. También hubo excesos de sobredimensionamiento y las exageraciones propias de esos años en los que el hormigón todo lo podía. Pero lo cierto es que el país llegó a la primera década del siglo XXI con unas espléndidas infraestructuras escénicas que transformaron el mapa teatral del país, ampliaron la oferta hasta límites desconocidos desde el Siglo de Oro y plantearon, también con excepciones, un modelo de gestión pública en el que se concebía la exhibición como un servicio a la comunidad.

Por muy críticos que, con razón, nos pongamos, hemos de reconocer también que el teatro español ha vivido un momento único en siglos. Parecía que podíamos ser Europa.

El cambio del cambio. Llega la crisis. Los presupuestos públicos se cierran para la cultura. Hay que ser imaginativos, dicen. Hay que buscar un modelo más eficaz, repiten. Hay que dejar paso a la financiación privada, insisten.

¿Cuál?, me pregunto. ¿Aquella que convirtió nuestros teatros en ruinas? ¿Esos teatros que se han recuperado con una enorme inversión de nuestro dinero? ¿Los que ahora hay que entregar, pagando, a empresarios muy bien vestidos y con espléndidas relaciones, dispuestos a programar todo aquello que no moleste?

Con la crisis aparecen los lumbreras que se sacan de la manga soluciones mágicas en las que la gestión de los espacios no cuestan dinero a las arcas públicas. En nuestra comunidad tengo fichados a un puñado de estos tipos: van dando lecciones sobre cómo hacer las cosas sin haber pisado en su vida un patio de butacas. Hablan de coste cero, de taquillas, de rentabilidades. No tienen ni idea de lo que dicen, pero lo dicen con todo el desparpajo. Y hay quien les escucha.

Jamás les oirán la palabra “servicio público”. Nunca hablarán de la utilidad de la cultura para la ciudadanía. Nunca han leído el diccionario de la Academia, “Público”: “perteneciente o relativo a todo el pueblo”; “potestad, jurisdicción y autoridad para hacer algo, como contrapuesto a privado”.

En sus manos estamos. Volverán las ratas y el polvo a los teatros.

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*Miguel Á. Varela es gerente del Teatro Bergidum de Ponferrada.

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