Querido diario (20)

Ilustración de Avelino Fierro.

Ilustración de Avelino Fierro.

Por AVELINO FIERRO

El aire es indiferente y sutil como su mirada de paloma. Lo siente y escribe así Blas de Otero. Veía una muchacha y la luz de esa mañana de hace muchos años mientras escribía un poema, desenredaba palabras que no sabía adónde irían a dar. Las palabras que vienen de tan lejos con las velas extendidas. Llegan, otro día, copos de lana húmeda y la luz es más quieta y el aire más sonoro. La luz, la luz sabida, la luz inusitada; el aire, que se envuelve en palabras gastadas, jadea, respira, desenreda –escribe– el pensamiento de los locos, las almas torturadas.

Busco en su último libro de poemas y no encuentro unos versos sobre la galerna que se desparrama por el acantilado, o que se remansa, o que deja la superficie del mar como el rostro arrugado de un hombre viejo. Busco palabras recias, vigorosas, vagamente recordadas para conjurar el tedio de los últimos momentos de esta tarde de mayo, en que pienso en el amor y en la ignominia del paso del tiempo y en que no podemos hacer nada contra ello y contra la muerte.

Días caprichosos de primavera que influyen, sin duda, en los estados de ánimo, en los libros que lees y en la música que escuchas. Y en que no sabes qué escribir. Unas palabras moradas, como la brisa suave y fría de esta tarde, casi de invierno; unas frases tiernas como los brotes del verde reciente de las copas de los árboles que veo en el parque; párrafos como un zureo de las palomas que se acarician en los tejados de enfrente; o pequeños haikus, como pétalos aventados por el aire; o versos ateridos y transparentes como la luz de nieve de anteayer; o relatos llenos de optimismo y con labios rojos, como los tulipanes que Mar ha recogido en el jardín.

Para todas las palabras hemos tenido luces y vientos y lluvias distintas estos días atolondrados, nada indiferentes, en los que la atmósfera vibra, cabrillea, y se muda y lo mismo le sucede al corazón. Y pensamos que estamos solos, o que no pueden durar más días estos tiempos de sonrojo e impiedad, o en el paso acelerado de la juventud, o en los ojos claros y la sonrisa de Libertad. Hemos vivido momentos dispares, de letargo, con amaneceres de grisalla o de vértigo y luz, como adolescentes obstinados.

Con distintas miradas he cruzado estos días la ciudad.

Sí, del paso del tiempo se habló en la cena en casa de Mart, y menos mal que la conversación de José C., nuestro soltero de oro, nos llevó de las salsas bearnesas a las turbas bolivarianas, de la verborrea estúpida de los políticos a su deseo de reencarnarse como cardenal romano con palacio renacentista, olvidándose de la pobreza.

Y, al día siguiente, Ignacio también hablaba a última hora de la tarde sobre el absurdo del vivir. El sol se ponía frente a su casa, miraba los árboles, los huertos, las plantas, la enredadera que se cose a los porches y decía que en unos años tendría que abandonarlo todo, que la edad y el tiempo no nos perdonan. El sol irisaba sus ojos azules; amarraba cada frase con esos golpecitos que te da con el dorso de la mano cuando te tiene cerca, y yo pensaba que todo era cierto y que el fin del mundo y la consunción más total estaban cerca. Menos mal que Pili Huidobro y Marta Zubiaur no estaban dispuestas a que sus cuerpos esbeltos fueran enmoheciendo, ni siquiera de palabra, y cabriolearon y cantaron y pusieron colores en los barbechos y en todos los inviernos.

A veces, sin embargo, claro que sí, se siente esa sensación de abandonarlo todo. Dejar de repente las rutinas que nos mantienen con deseo de vivir en los días. Que todo se convierta en una ruina, mientras nos ocupamos sólo de respirar. Que todo quede despedazado como ese anfiteatro cuya afrenta publica el amarillo jaramago, del poema de Rodrigo Caro. Ese es el libro, una Antología comentada de la poesía lírica española, que tengo ahora en las manos. Igual, con lo leído y almacenado hasta hoy, con lo vivido y amado, ya es bastante. Hemos llegado hasta aquí y podemos pedir a las horas fugitivas que no vuelvan al corazón afligido, como en el poema de Fernando de Herrera; desear la “vita beata” de los versos de Biedma, “no leer, no sufrir, no escribir, no pagar cuentas”.

No hacer nada desde hoy; ni siquiera ordenar, llevar a sus estantes los libros y hojas de periódico y revistas que tengo apilados a mi izquierda, en el suelo, de los últimos días. Voy a ver cuáles son, porque Sara me pide que le recomiende algunas lecturas, ahora que ha aprobado y tendrá mucho tiempo libre hasta su toma de posesión.

Hay una curiosa coincidencia en tres de ellos: Enfermos del libro, de Miguel Albero, La lectura y los libros, de Schopenhauer y Autobiografía de papel, de Félix de Azúa, tienen la misma portada: un cuadro de Carl Spitzweg, El poeta pobre, de 1839. En el libro de Azúa hay mucho de nostalgia por un mundo perdido, de un tiempo del alma occidental, de lectores con sombrero fumando en las cafeterías, como imagen o estampa unificadora de una Europa que se muere. Su libro habla, como diría Ferlosio, de la forja de un plumífero: de poemas, novelas, ensayos y periodismo.

A su lado está Memorias líquidas, de Enric González, una crónica espléndida sobre el oficio de periodista, las mentiras del poder, la amistad o la manera de fabricar alcohol duro durante una corresponsalía de guerra en un país árabe y que tendré que regalar a mi periodista de barrio y bares, Marco Romero. Hay algunas cosas compradas por Internet: un ejemplar de Fantasía, Quincenario de la invención literaria, de diciembre del 45, con un relato de Miguel Villalonga y poemas de González Ruano; el número 20 de Hora de España, con trabajos de Machado, Bergamín, Zambrano, Prados…; De la Edad Media a nuestros días, de Rafael Lapesa; Diccionario Filosófico portátil, de Eugenio D’Ors; En la soledad del tiempo, de Ridruejo; Teoría del poema, de Ferraté.

Un montoncito guarda equilibrio al lado, con libros nuevos, algunos sin leer: Diario, de Gide; Escritores y Escrituras, de José Luis Melero, que me regaló el letrado Quintano; El mundo no se acaba, de Charles Simic (querría colocarlo al lado de La voz a las tres de la madrugada, pero lo tengo momentáneamente despistado); Yo que tú y Atenas, de Juan Vicente Piqueras; Cartas del Verano de 1926, de Tsvietáieva, Pasternak y Rilke; los dietarios Lo que cuenta es la ilusión, de Ignacio Vidal-Folch, autor de aquellos relatos chisporroteantes, Amigos que no he vuelto a ver; el librito, de muy largo título, de William Morris, que edita Pepitas de Calabaza; el último libro de Margarit, con título horrible, Se pierde la señal¸ y en el que encuentro frases sobre la vejez y el paso del tiempo: “Vuelvo a aprenderlo todo. / Hoy sólo necesito lealtad / a alguna cosa vaga y solitaria, / dura como una roca rodeada por el mar. / En la gente mayor la mente a veces / pone en marcha su lógica con furia. / Miradlos deambular por sus recuerdos: / recorren una costa desolada, / pues comprender no significa amar, / sino alejarse más. Vuelvo a aprenderlo todo”.

El libro de Yago Ferreiro, que me regaló Alberto; el monográfico de la Revista de Occidente sobre arte y los últimos números de Scherzo; los Diarios, de Iñaki Uriarte; Escritos (1940-1948): Literatura y política, de George Orwell, que compré en el puesto de Antonio, la librería asociativa Louise Michel; el libro de poemas de Bradbury, del que nunca leí poesía y sí la mejor teoría en defensa de los poetas; el otro libro de artículos de Azúa, Contra Jeremías, que ya conozco en su mayoría porque imprimo su blog; las revistas del Círculo de Bellas Artes, y Jot Down y Flúor; el último libro de Julio, Las lágrimas de San Lorenzo, con frases y citas subrayadas sobre el paso del tiempo (“cual la generación de las hojas, así la de los hombres…”); El color de las hayas, de Epi, con una dedicatoria: “Para Mar, ayuda impagable, con mucho cariño”; Las aguas estrechas, de Gracq; La arquitectura moderna, de Fuller (del que hablábamos Nacho y Diego y yo, el sábado, a las seis de la madrugada, en la discoteca de moda, porque la proporción de chicos y chicas era de diez a una); hay otros libros de poesía, de Nordbrandt y Pasternak

Hay también un rimero de folios y recortes de periódico (sobre Dorothy Parker, los nuevos narradores, las novelas como perros, la fotografía y Charles Ives), el artículo de Vicent sobre Ruano, el cuento inédito de Chaves Nogales, el edificio de Sanaa y las peticiones del Pritzker para Denise Scott Brown, las charlas de Alberto para el taller de escritura; una certificación para el IRPF de Greenpeace; folios del blog de Andrés y del de Martín; el último Cuaderno Cultural, con poemas de Heaney, y una reseña del Arte Poética horaciana, que ha traducido y anotado con mimo José Antonio González Iglesias. Ese libro no está en este montón de aquí al lado, es uno de los de mi mesita de noche. Lo ojeo para hacer unas comprobaciones y unos versos me sumen en la negrura y hacen que vuelvan las tentaciones de comportarme como un Diógenes. Están en Horacio, pero proceden de la poesía griega, de Simónides: Debemur morti nos nostraque, “estamos destinados a la muerte nosotros tanto como nuestras cosas”.

Un Comentario

  1. Epi

    Qué placer leerte, amigo. Felicidades… y gracias.
    Un abrazo,
    Epi

Deja un comentario y fírmalo con tu nombre o no saldrá

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.

A %d blogueros les gusta esto: