Anacronismos

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Por GONZALO ABRIL / Columna en el desierto

Al principio de Naturaleza muerta, la hermosa película de Jia Zhangke (2006), Han regresa desde Shanxi a su antigua ciudad y pide a un mototaxista que le conduzca a una determinada dirección, donde había vivido tiempo atrás. El motorista lo lleva hasta un lugar inundado por efecto de la construcción de la presa de las Tres Gargantas e indica a Han que allá, en las profundidades del agua, se encuentra la dirección solicitada. Esta experiencia de anacronismo, de vivir todavía, al menos imaginariamente, en un tiempo inexistente, extirpado por “la historia”, “el progreso”, “la modernización” o cualesquiera otros agentes tan abstractos en su denominación formal cuanto efectivos en la materialidad brutal de las acciones que a menudo los representan, la han conocido también muchos españoles. Ya fuera en la época de los pantanos de Franco o en la de megaproyectos posteriores como el embalse de Riaño, defendido de las protestas populares con la brutalidad policial y el cinismo intelectual que fueron propios de la era felipista, la “destrucción creadora” del capitalismo le ha hecho vivir a mucha gente el más amargo sentimiento del anacronismo. Aún hoy, cuando la sequía reduce la altura de las aguas, antiguos pobladores vuelven a mirar si en medio de algún pantano sobresale la torre de la iglesia u otro edificio de su pueblo anegado.

Este humilde estilita, quizá por empatía con quienes frecuentan alturas mayores que la ya vertiginosa de una columna en medio del desierto, se sintió conmovido en los primeros noventa por un acontecimiento cosmonáutico de extraños perfiles anacrónicos y anatópicos. Un astronauta soviético largamente abandonado a la fatalidad de su órbita (¿por problemas presupuestarios?) acababa de ser recuperado por el gobierno de Boris Yeltsin, el mismo que había disuelto meses atrás la Unión Soviética. Metáfora viviente y felizmente aterrizada, el cosmonauta regresaba a un Estado que era ya otro que el que lo había propulsado, aderezado todavía con símbolos en pretérito perfecto (las siglas CCCP, alguna hoz con martillo todavía hilvanados entre los pliegues del traje espacial…) e inhabilitado para el deseo de alguna condecoración soviética que imprimiría en su solapa  la solemnidad del epitafio. Y yo me preguntaba: ¿el astronauta volvía al futuro, o al pasado; a un imperio destruido o a otro por construir? Si Yeltsin no le arrancó la imaginería bolchevique del traje espacial, con el gesto decidido de la degradación, fue quizá porque, aun siendo persona poco benigna, se debió de apiadar de ver al astronauta tan desterrado en el tiempo, tan extemporáneo en el espacio, tan impertinente.

Pero no hay por qué limitarse a buscar las experiencias anacrónicas en relación con entornos espaciales o hídricos más o menos exóticos. El anacronismo no es una forma excepcional de la experiencia, sino una condición normal de la existencia en la modernidad, bajo el capitalismo. El vivir contemporáneamente a lo no contemporáneo, pero también el ser extemporáneos, impertinentes o intempestivas respecto a la contemporaneidad es uno de los rasgos más determinantes de nuestra condición contemporánea. Quizá por eso decía Borges que “la realidad es anacrónica”.

Mucha gente compra el diario El País por la mañana quizá porque no hay tantos diarios entre los que elegir, acaso porque lo viene haciendo cada día desde 1976. Esas personas no ignoran (por el contrario, entre ellas están las más conocedoras) las decepciones ideológicas, cognitivas y literarias que, cada vez más, les proporciona la lectura de este periódico. Pero sigue adquiriendo, por algún resorte de su imaginación informativa, El País que fue, o que su memoria les dicta que fue, más que el que sale hoy.

Todo el mundo pensamos, sentimos y actuamos, mucho o poco, como si existieran un sinnúmero de cosas desaparecidas. Es lo que podríamos llamar el anacronismo nostálgico ¿Se puede vivir de otro modo? Sin duda: como si existiese lo que aún no existe: el anacronismo proyectivo.

Pero de esto hablaremos otro día. Porque el vértigo de la columna me aconseja bajar al suelo, a estirar las piernas y a sentir la alfombra parda de la tierra que en mi imaginación y en mis sueños sigo pisando.

Publicado en Diagonal
bajo licencia Creative Commons.

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