Prosapiens (25)

Jimmy Hendrix graffiteado por Dr. Hofmann. Barcelona.

Jimmy Hendrix graffiteado por Dr. Hofmann. Barcelona.

Nueva entrega del poeta, ensayista y crítico literario uruguayo afincado en México, y que forma parte de un libro en curso –”un libro que escribo cuando me entra una especie de velocidad de ira”–, titulado ‘Prosapiens’.

Por EDUARDO MILÁN

Los íconos culturales pueblan los vacíos como a las grandes salinas la desolación. Como en la Edad Media de las catedrales, los íconos. O en las estepas peladas de sombra al resguardo en los vitrales. Lo que va de un ícono medieval de la Iglesia Ortodoxa a un ícono cultural del día de hoy no es una guirnalda invisible como un rumor que, al modo de un manantial sin comienzo, secretea: “Siempre fue así”. Lo que los vuelve parecidos es la identidad: un ícono es igual a otro ícono. La igualdad es la característica icónica. Nuestros íconos culturales, nuestros vacíos y desolación. Yo no fui quien puso ahí adelante a Brad Pitt diciendo a Poe para amarrar un perfume como una boa al cuerpo. El cuerpo de Poe estaba deshecho de días sin comer, sentado sobre la banca de la plaza a la espera de una compañía que no se le muriera tan pronto, alguna que no fuera tan cercana, familiar. Entonces murió él. No tengo amistad con ángeles. Pero en ese caso mostraron el cobre. No se le dio a Poe el amor más que de forma espontánea, unos minutos, lo que dura un entusiasmo de niño tras la vitrina del caramelo. O el mismo niño corre atrás del aro de alambre que rueda calle abajo hasta que topa y cae. Así va el incesto calle abajo como un niño con la sangre corroída. Sublimado en la obsesión matemática o en el morbo de la evidencia oculta, mostrada pero oculta. Por el contrario, Whitman lanzaba sus pulmones como redes sobre todo marinero y otros Billy Budds. Un cuerpo amarrado con boa no propaga su perfume. Ni con soga. Un cuerpo propaga su perfume amarrado con otro cuerpo, un cuerpo se propaga en otro cuerpo, el perfume es ese. O ese es el final de éxtasis y epifanía de El Perfume, la memorable escena de Tom Tykwer basada en Patrick Suskind: un comunismo corporal. Los ángeles reaparecieron en esta época con el fin de la idea de revolución. Poco a poco habían ido apareciendo, ocupando casi todos los estantes, en librerías montones de libros sobre duendes, gnomos y dragones. Pero a los ángeles siguieron los vampiros. Fue a fines de los 70, cuando La condición postmoderna. Informe sobre el saber. Y entonces sí se acabó el juego: la literalidad que mata a la metáfora en el útero de la imaginación, la ahoga, no la deja respirar, la enreda en el cordón. El mito de la vida más allá de la vida –el mito del amor más allá de la muerte: “nadar sabe mi llama el agua fría/ y faltar el respeto a ley severa”– se fue al caño. El vampiro es eso: una figura de caño demasiado tiempo a oscuras que necesita palacio: el palacio del cuello de la sangre. Minutos antes era un murciélago, desconfiaba de la ley, dormía al revés. Su sueño distinto lo perdió en el tiempo. Pero antes de la reaparición de estos seres de excepción había desaparecido milagrosamente de las librerías El principio esperanza de Ernst Bloch. El humano mediaba cada vez más parecido a su ausencia. El capital de un país que no existe, o sea, el dinero: en el fondo choca con los peces, se enreda con las algas, medulas y galeotes.

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