Querido diario (24)

Fotografía de Avelino Fierro.

Fotografía de Avelino Fierro.

Por AVELINO FIERRO

La tarde muere lenta, la tarde de este día del final de junio; fluye mansa; tarda tanto en llegar la noche que la luz se parece hoy a la eternidad. Ahora se apaga la linterna rojiza en lo alto de las lomas y ha cesado el fulgor rojo en los cristales que miran al oeste de un edificio alto cerca de la universidad. Todos los resplandores anaranjados desaparecen. En el horizonte, sobre las casas de la Sobarriba, queda como un rescoldo morado de tanto fulgor. Los últimos vencejos apuran crispados sus vuelos. Las palomas vuelven para esconderse; una tórtola solitaria está posada en el tejado de enfrente. Se levanta un vientecillo que mece las hojas del ailanto plantado en la jardinera de la terraza.

He puesto música en la biblioteca mientras ordeno algunos libros. Suena ahora una canción, Bedshaped, que me lleva de la mano por un camino de melancolía. Como la tarde que muere, entre el silencio de estas casas de barrio. Ahora las luces son malvas, azules grisáceas, incipientes sombras flotantes. El calor ha dibujado una raya en el aire, un fino cordón de calima. Llevo un rato con los ojos prendidos en la ventana. He dejado las labores para sentir cómo se mueve el tiempo.

En uno de los libros, que ahora llevo de un montoncito a otro, pensando que así aporto algo a mi desorden, leo estos versos: “El tiempo, el tiempo es siempre y nunca mío / como una secuencia que fluyera / en negro y blanco, un raudo film que fuera / borrándome la estela del navío…”. Son de Blas de Otero, que escribe en sus últimos años madrileños el mejor de sus libros y que no se ha publicado hasta el 2012. Ese cambio en su vida y su escritura –aunque no abandona sus ideas políticas– lo anuncia en otro de los poemas, “La serenidad se extendió por todo el campo de batalla, / se equilibró la rama y el aire se remansó y el agua se volvió tersa…” A su lado está otro libro, comprado hace unos días en una librería de viejo, Que trata de España. Tiene aquí un poema titulado “Orozco” en el que describe su “pequeña patria mía” en un día en que la lluvia, incesante  y liviana, delinea el valle: “cielo de nata / sobre los verdes helechos, / la hirsuta zarzamora, / el grave roble, los castaños / de fruncida sombra, / las rápidas laderas de pinares”. Y en Hojas de Madrid con La galerna, su último libro, vuelve sobre los parajes de la infancia en un soneto que titula “El huerto”·

Orozco cabe en un soneto. Acaso
poco aireado, un poco angosto y frío,
pero por él va cavilando el río
y va el aldeano antiguo paso a paso.
¿En barrotes de hierro? No hagas caso.
Escucha Rosamunde, Schubert mío
y del aire: una esquila, un cohete, un pío
del alba rosa y el grosella ocaso.
El palacio está viejo. Los perales
del huerto, añosos, y los pejugales
pisados por un niño entristecido.
Aquí jugué al frontón, allí me he muerto
adolescentemente en los trigales.
Doña Pepita está sola en el huerto.

Ayer y hoy, en la madurez y en la vejez, el poeta habla de los días idos. Los libros miden, como los recuerdos, el paso del tiempo; como un reloj en el que los granos de arena son ahora hojas que pasa el viento, páginas que vamos leyendo, cada vez con más puntos de óxido, más amarillas.

Los libros leídos miden el tiempo que nos hiere y no vuelve; los años huidos.

“Entre los libros de mi biblioteca (estoy viéndolos), / hay algunos que ya no abriré. / Este verano cumpliré cincuenta años; / la muerte me desgasta incesante”, escribió J. L. Borges en su poema “Límites”, aquel que comienza con un verso memorable, “Hay una línea de Verlaine que no volveré a recordar.”

Sí, los libros nos hablan del paso de los días, del tiempo que “corre, huye y no se siente”, del fugit irreparabile tempus. Y las vidas y los cuerpos tienen que acompañarlos en ese manso declive. Vuelve Borges a decir algo sobre esto en uno de sus cuentos, en El libro de arena: “Cuando era joven me atraían los atardeceres, los arrabales y la desdicha; ahora, las mañanas del centro y la serenidad.” Ahora, los jóvenes pasan a nuestro lado, como las horas fugitivas, y tratamos de acomodarnos a su paso y a alguno de sus hábitos. Es difícil; yo he notado que me faltan ya muchas habilidades.

Hace unos días, desde Las Palmas, volvió Carlos Álvarez a la ciudad a presentar su libro, una novela histórica que cuenta la conquista de las Canarias. Quedamos para vernos otro día, y fue difícil, porque todavía traía sus bolsillos cargados con horas de menos. Un lunes arreglamos la cita. Venía cansado, desacostumbrado del alterne prerromano, del comer y beber, y del café torero. Había estado ese mediodía con Manuel Jular. Yo aporté otro amigo común, Aldo, al paseo. Él avisó a Ángel Abajo. Nuestros dos acompañantes llegaron exhibiendo cierta coquetería, con sombrero de ala corta y gorra hanseática respectivamente. No lo necesitan, porque tienen abundante cabello, pero así venían. Al comentárselo, uno de ellos recordó lo que había oído contar a don Antonio Pereira, que al salir de una conferencia con un amigo a la noche fresca del otoño, mientras éste se enroscaba una boina al notar los pellizcos del cierzo en el colodrillo, le había preguntado: “Oiga, Don Antonio, ¿usted no se toca?”, a lo que el escritor le respondió: “¡Hombre, Manolín, a mi edad!”; replicando el amigo: “No, le pregunto que si usted no se cubre”.

Pasamos unas horas agradables, desde el morado atardecer hasta la noche, con sus brillos de antracita. Íbamos oscuros en la ciudad casi vacía y los pasos y las palabras resonaban bogando hacia una luz de días lejanos.

Solo subió el tono de las conversaciones cuando Carlos, con esa vehemencia que le recordábamos, proclamó su conversión a la fe de los santones del silicio, a la “Nube”, a las redes sociales y a los buscadores de Internet; él, un hombre que mascaba la literatura, las palabras, un hombre de teatro. Ángel lo encorajinaba al decirle que las redes eran para pescar peces y no almas incautas.

Éramos tres a uno, tres maniáticos del libro de papel, de su olor y del espacio que ocupa en los estantes y en nuestras vidas. Pero cuando volvíamos de fatigar calles y tabernas, las palabras del converso nos acompañaban flotando con un brillo tenue de inquietud, no de indiferencia; como el halo rojizo de unos fuegos artificiales que acabaran de extinguirse, o como el resplandor de los viejos arcos voltaicos de las atracciones de la feria, cuya música se sentía lejana.

Unos días después Ernesto Rodera presentó su libro en el salón del Colegio de Arquitectos. Mientras presentador y autor hablaban yo escuchaba, pero también –eso se consigue activando el lado oscuro y femenino– anduve ojeando el libro. Pensé que serían, por el título y el dibujo de portada, recomendaciones para hacer footing sin dañarse, consejos para cincuentones, sinergias abdominales, indicaciones de rutas (tiempos, dificultad, jovencitas compañeras sudorosas…), dietas de esteroides y anabolizantes, marcas de zapatillas y músicas para trotantes. Y, sin embargo, aquello parecía estar plagado de citas filosóficas, literarias, reflexiones sobre estética y algo de parapsicología, decálogos para enfrentarse a nuestro tiempo en crisis.

Al finalizar el acto, ya afuera, en ese patio tan deleitoso –con suelo de pasamanería, emparrado y brocal cegado– en el centro de la ciudad, vi que algunos asistentes de aquel público heterogéneo se buscaban, se saludaban y se reconocían como amigos del “facebook”. Yo no podía entrar en las conversaciones, yo no navegaba por el mundo virtual, y bajaba la mirada hacia la contraportada del libro. En ella, el autor –de gran parecido en esa foto a Bruce Willis– anunciaba también su web y su blog…

Volví a sentirme un desclasado, un buen salvaje, un inepto, un mandria, un hombre un tanto mayor, un solitario.

Al llegar a casa, las malas vibraciones todavía runruneaban. Busqué mis notas para una conferencia que había pronunciado un día de la pasada primavera, en Madrid, a las ocho de la tarde. Me habían invitado a hablar sobre las ventajas de las nuevas tecnologías, y comprobé que no había dicho nada de eso, me porté como el ciberescéptico que soy, diría que me fui arriba por la senda del filobiblón. No hay –les decía– producción de conocimiento, que el paupérrimo contenido reflexivo del susurro, del gorjeo (tweets significa eso) producto del “me aburro” adolescente no fomenta la creatividad ni la innovación, que los mayores se han apuntado a lo instantáneo y banal, a ese puro presente rápido, intrascendente, efímero y sin memoria. Les hablé de las investigaciones con la babosa Aplysia y de la máquina de escribir de Nietzsche, que cambió su forma de pensar, cité mucho a Carr, les dije que la Red es un “ecosistema de tecnologías de la interrupción….” Genio y figura; seré coherente; no estoy para lamentarme.

Resignado sé que hay, pues, textos en libros electrónicos que no leeré, aplicaciones informáticas que no utilizaré; mi corazón sigue el viejo ritmo analógico, ya no hay tiempo, conozco mis límites. Como en otro verso del poema borgiano de ese título, hay una puerta que he cerrado hasta el fin del mundo.

Aunque no niego haber tenido, a veces, tentaciones de haber atendido al canto de las sirenas del ciberespacio. Hace tres años, por estas fechas del inicio del verano, una chica rusa me escribía repetidamente a la dirección de correo electrónico que tengo en la oficina; sólo allí la utilizo. Se lo comenté a mi compañera, la señorita Mirantes, que me desaconsejó relacionarme con ella, que no contestase, que no se me ocurriera, que saquearía mi cuenta corriente y acabaría con mi matrimonio, que tras todo aquello se escondía una banda de piratas digitales. Me habló de los peligros innúmeros de la Red, del malware, del spam, del hacking, de la deep web y la ciberguerra. No le hice caso y le escribí varias veces. Pero ella insistía con la misma carta, me trataba como a un interlocutor anónimo. Todo resultaba algo extraño, y lo nuestro murió al cabo de unas semanas.

No tengo copia de mis cartas, pero conservo una de las suyas, que ella encabezaba con el texto “El camino al hombre de Svetlana”.

“Me llamo Svetlana! Mi de Rusia. A mi de 30 anos. Quiero explicarte, donde he tomado tu direccon. Mi amiga ha conocido el hombre con la ayuda de un sitio. Aquello el hombre ha dicho que hay un hombre que conocera también la mujer rusa y ha dado a mi amiga tu dirección del e-mail. Pero aquello el hombre, que ha dado tu dirección del e-mail pedia que diga nunca su nombre, como llaman y donde el vive. Por eso no dire a tu el nombre de esto del hombre. No se había esto la verdad o no, puedes ser no sabes esto el hombre. Pero ahora escribimos uno a otro y este principal. Queria conocera siempre con extranjero por el hombre, porque fui desengañado por los hombres rusos. Trabajo la enfermera en el hospital de la ciudad. Amo las competiciones deportivas, como ocio, a que juego el voleybol. Amo i r con las amigas. Amo los animales. Tenia el gato, pero en un dia esto parte en la calle y no ha vuelto. En la vida I muy sociable, alegre. Tengo muchos amigos y conocido, con que amo comunicar y realizar con ellos el tiempo. Amo mucho tiempo realizar al lago en verano, banarse, atezarse y simplemente tener el descanso. La temporada querida –la primavera. En este tiempo esto se hace caliente, es posible quitar la ropa superflua. Agradable mirar, có mo publicitario hojason declinado. En general mi el romantico. Amo sonar sobre hermoso. Agradable ir la tarde caliente sobre el amarradero, mirar al rio pequeño, que la gente es ocupada, aspirar el aire fresco. Cuando en el tiempo de calle malo, puedo parecer lago la película interesante. Querido agenre –la comedia como las películas de los horrores como. Pero prefiero escuchar la música. Mis divisas ¿con la música en la vida?. En el week-end I con las amigas va a la discoteca, donde decimos de los problemas. Queria hacer conocimiento aquí, pero sobre la discoteca solamente los jóvenes, y quiero hacer conocimiento con una persona mas calificada en Internet. Si te ha interesado, escribe a mi personal e-mail: krasivaya78@gmail.com . Los mejor votos. Svetlana.”

El texto venía acompañado con un archivo. Lo abrías y allí estaba ella, rubísima, con un jersecito de lana y una mirada serena, sincera y un poquito insinuante. Ahora sólo llegan correos  –el último, de una tal Margaret Davis– breves, escuetos, fríos, ofreciendo “viagra” o que buscan personas disciplinadas para trabajar “en línea”.

Yo, no lo niego, pensé en ella muchas veces en aquellas noches de verano, en mi muñeca rusa, en su literatura carnosa, masticable, en sus palabras como cuerpos calientes bajo pieles de armiño que te guardan de las nieblas y nieves de la estepa, en sus palabras como un susurro de sedas. Todo eso mientras morían aquellos días luminosos de verano y mi vida languidecía en vano.

  1. Sendo

    Al diario compartido de D.Avelino Fierro:Del naranja al malva son tus cuitas vespertinas,deteniéndote en todo lo que se mueve y en lo que la memoria fotografía”rescoldo fulgor””ailanto plantado”.De lo sutil cercano a paraisos soviets ,entreverando cartas de una bella rusa.Mejor los diálogos con Blas de Otero y Borges.Sentir el tiempo como los puntos del óxido.Como buen salvaje también soy de los que siguen la senda del filobiblón.Cada libro huele de distinta manera y al remirarlo te puedes encontrar con notas ,fotos o qué se yo ,entre las páginas.Busca eso en la nube y te encuentras con mil flases,con un collage ,que no hace más que despistarte.Amigo Avelino:estoy terminando de reoger la cosecha del fuego en bosque.Un abrazo.Sendo

  2. ¿Cómo podría leer yo tus diarios, querido Avelino, si no los ‘colgaras’ en esta ‘Nube’? Me entero de las nuevas entradas gracias al correo que me envías por Internet. ¿Qué otra cosa que una red social es este espacio que dejas a tus lectores para comentar, si gustan, las confesiones a tu diario?
    Un fuerte abrazo
    Carlos Álvarez

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