Querido diario (26)

© Laura Salguero.

© Laura Salguero.

Días de vacaciones y de descanso. El autor reflexiona sobre el arte contemporáneo, tras visitar una exposición de Laura Salguero. Pero también sobre economía y política, para acabar citando a Juan Ramón Jiménez: “El político, que ha de administrar un país, un pueblo, debe estar impregnado de esa poesía profunda que sería la paz de su patria…”.

Por AVELINO FIERRO

Días de vacaciones, de descanso, de aprender a no hacer nada, de tratar de llenar el tiempo. Se derriten las horas como un helado al sol, se escurren como el agua. Se van, ahora que la tarde se inclina, suavemente, como una muerte asumida. Pasa la vida, pasa y no vuelve.

Se espesa el aire en el horizonte. Aire enrarecido que arrastra preocupaciones, ventea vidas amargas e inunda campos y ciudades, filtrándose en los corazones. Todo nos altera, ya no es la vida un remanso de aguas quietas.

Un momento casi gemelo, de desasoiego, lo vi anotado anteayer en unos diarios. Alguien tiene una explosión de cólera injustificable y monta un escándalo. Busca explicaciones: la naturaleza filistea del Ateneo barcelonés, –a sus puertas es donde le sucede–, la herencia genética, las noches de luna llena… Al final, tentado está de culpar a la crisis que todo lo ha alterado y todo lo justifica y ¿por qué no podría justificar los arrebatos de su mal genio?

El autor, un individualista feroz de archipiélago –como creo que lo definiría su amigo Azúa–, Ignacio Vidal-Folch, ha escrito un diario en el que cada una de las entradas –esto sí lo dice Azúa– muestra con virtuosismo la técnica de la verosimilitud, “todas y cada una de las entradas tienen el resplandor de la verdad”.

Había leído alguno de sus cuentos (metí a uno de sus personajes, el Quimeras, en uno de los míos, mezclándolo con mis salvajes de barrio) y La cabeza de plástico, una divertida fábula sobre los tiempos del arte en los años de la burbuja posmoderna.

Leo ahora a Juan Ramón, leo una antología, Política poética, un título al que en los tiempos que corren le hace burla el destino. Leo bajo un sauce, símbolo de la tristeza y la nostalgia (bajo uno de ellos muere Ofelia, la amada de Hamlet). Este árbol tendrá unos treinta años. Creo que también, como yo, está preocupado por estos tiempos impíos: se le secan algunas ramas y está perdiendo hojas fuera de temporada. Por sus raíces, seguramente, le llegan las malas horas de muchos hombres, las vidas sin futuro de los jóvenes, las vidas de los otros. Todo lo aspira o le caerá encima traído por este aire de hoy, como una lluvia ácida.

¿No ascienden al cielo y se juntan en nubes tristes las plegarias? ¿Y los llantos de los desheredados y los esquilmados por la codicia de los corrompidos? Hasta la luz del sol se funde ahora, en un eclipse de media tarde, provocado por la columna de humo que trae el viento de un incendio en el monte de Fontanos.

Estoy adormecido, cansado. Ayer nos retiramos tarde de la fiesta que todos los años dan por estas fechas Ignacio y Rosa en Palacio.

He dado un respingo cuando el libro se ha caído en mi cara. En las tumbonas de al lado ya no hay nadie. Mar y sus hermanas están quitando hierbas, alisando la finca, como cabritillas pastando. Decido levantarme para ir a echarme un poco de agua y despejarme. Tengo un nuevo sobresalto al ver que las cuñadas han dejado una especie de misales en las hamacas, como si estuvieran preparando oposiciones para monja, pero luego advierto que son ebooks en sus fundas, uno de tantos objetos litúrgicos de la nueva parusía tecnológica.

Sí, hace unos momentos pensaba en las penurias de los otros, en el futuro, en los jóvenes,  en sus esfuerzos por salir adelante en tierras yermas, asoladas por la avaricia de los corruptos. Les hemos enseñado sólo virtudes, les hemos educado en  el trabajo y la solidaridad… Pero ahora todo se ha pervertido. Podemos, como el personaje de Shakespeare, penetrar en ellos como las semillas del tiempo, pero no sabemos si germinarán o no.

Todo empezó hace unos años. Lo cuenta Tony Judt en Algo va mal: “Todavía en la década de 1970 la idea de que el sentido de la vida era enriquecerse y que los gobiernos existían para facilitarlo habría sido ridiculizada no sólo por los críticos tradicionales del capitalismo, sino también por muchos de sus defensores más firmes. En las décadas de la posguerra predominaba una relativa indiferencia a la riqueza por sí misma. En un estudio de los escolares ingleses realizado en 1949 se descubrió que cuanto más inteligente era un muchacho, más probable era que eligiese una carrera interesante con un sueldo razonable en vez de un trabajo que sólo estuviese bien retribuido. Los escolares y estudiantes de hoy apenas pueden imaginar algo más que la búsqueda de un empleo lucrativo.

¿Cómo podemos enmendar el haber educado a una generación obsesionada con la búsqueda de riqueza e indiferente a tantas otras cosas? Quizá podríamos empezar recordándonos a nosotros mismos y a nuestros hijos que no siempre fue así. Pensar economísticamente, como llevamos haciendo treinta años, no es algo intrínseco a los seres humanos. Hubo un tiempo en que organizábamos nuestras vidas de otra forma.”

Todo ha ido a peor, nada se ha enmendado. El auge del neoliberalismo financiero ha llevado a la recesión. Banqueros, políticos y empresarios insaciables han arruinado países y mancillado la democracia. En este país, los nuestros han dado otra vuelta de tuerca, han sido todavía más rufianes, se han comportado como los dueños del solar, lo han esquilmado en su beneficio. Como asquerosas babosas pegadas a la especulación o al dinero público. Todos sin romper durante años su silencio de mafiosos, sabiendo que les tocaría un trozo del pastel.

¿Qué pasará?  Vaya futuro que nos dejan. Puede que volvamos a una Nueva Edad Media, con grupos nómadas de replicantes, marginales, místicos, asesinos, ladrones…  vagando por los caminos.

Vamos a buscar consuelo, a ser optimistas, y pensar que siempre, a pesar de todo, nos quedará Portugal. Y el Arte. Ese arte inútil. Siempre habrá jóvenes románticos, trasnochados quizá, inmunes al desaliento, cultivando sus pasiones. Jóvenes artistas que creerán en el arte como “redención del que conoce, del que obra y del que sufre”, buscando –a pesar del cenizo de Hegel– esas formas del espíritu absoluto.

En esto del Arte, después de aquella frase sobre “la falta de confianza en los grandes relatos” que supuso la llegada de los posmodernos, ¿dónde estamos ahora? Anda el personal intentando inventarse un “ismo” para dejárnoslo claro, etiquetando el momento: monumentalismo, experiencialismo, relacionismo, empresarialismo, arte confesional, street art… En esto de los creadores ha habido mucha provocación y gusto por el shock. Quizá el  último grupo reconocible –aunque han pasado años desde obras como Mi cama o Fly piece–  sea el de los Young British Artists, con sus chicas haciendo cultura ladette.

O puede que las cosas tomen el camino de la puerilización, por las pautas de la cultura adolescente, y todos nos convertiremos en Kidults, “adultescentes”. Miedo me da, porque el no pensar, el “todo vale”, el “todo gratis”, nos puede meter de cabeza en la estética “Hello Kitty”.

Parece cierto que han vendido bastante –igual que cualquier memez tiene miles de visitas en Youtube– las ocurrencias, el exhibicionismo y las banalidades. Dice Dutton que esa obsesión por sorprender o desconcertar ha arrastrado a gran parte del arte moderno hacia un mal camino. En su libro El instinto del arte, mezcla de filosofía y ciencia, expone que los gustos y las preferencias del ser humano por las artes son rasgos evolutivos que se han ido conformando por selección natural. Los kenianos dan la misma respuesta que todos los demás cuando se les pregunta por su paisaje favorito y eso nos lleva (a todos, occidentales blanquitos incluídos) a recordar las sabanas y montes de África oriental cuando los homínidos se separaron de su linaje chimpancé para dejar paso a gran parte de la primera evolución humana.

Es la “hipótesis sabana” un paisaje que reúne varios elementos: espacios abiertos de césped o hierbas bajas con algún árbol, presencia de agua, una abertura o dirección hacia una visión panorámica del horizonte, signos de vida animal o de aves, diversidad de vegetación que incluya flores o árboles frutales.

Quizá por eso las mueblerías se forraron aquellos cuarenta años del Dictador, colocando en todos los hogares de clase media óleos pintados en serie sobre la caza del ciervo o paisajes frondosos con casita o molino. Da grima pensar que el instinto natural nos lleve a eso: salita de estar con mesa camilla, tele con carta de ajuste y radio para oír las consignas. La modernidad y la democracia tampoco cambiaron gran cosa, pero trajeron el cartelismo y el color: una acuarela abstracta de Kandisnsky, algo de Klimt o Van Gogh.

Hoy, lo ingenioso y no la belleza, el humo y no la pintura, la cháchara y las “propuestas” es lo que impera. Si esto es lo que cuenta, podría decir que yo me he pasado la vida, sin pretenderlo,  rodeado de artistas, amigos inteligentes y ocurrentes a los que se les enciende constantemente la bombilla en cualquier situación, durante un paseo, en cualquier charla de café. Y, sin embargo, no están en nómina del MoMA; los pobres no han sabido venderlo.

Hay individuos que nacen con ese gen, a los que ya se les ve venir desde su más tierna infancia. Los hay que fueron siempre  –es frase que le gusta a Julio Llamazares– muy “pintureros”. En el libro de Vidal-Folch, entrada 18.892, se dice: “Dalí estaba cumpliendo el servicio militar, de guardia en el cuartel de Figueras y quería bajar a la ciudad. Dejó el fusil apoyado en la garita con una nota que decía: ‘vale por un centinela’.” No estaban de aquella de moda las performances, pero me parece más ingenioso, y arriesgado, que las de Kaprow, Cage o Abramovic cincuenta años después.

Los últimos veinticinco años los artistas nos han aburrido con tanto arte conceptual e interactivo –ahora quieren que vayamos a los museos a divertirnos, como quien va al parque de atracciones–, pero la mayoría del vecindario sigue con el cuadro de estaño de La última cena en la salita de estar. Y te siguen preguntando: “¿Qué es el arte?”.

Mi suegro lo despachaba a la manera fluxus, “morirse de frío”, decía. Y no andaba lejos de la respuesta correcta, aunque no tuviera ni idea de quién era el santón de aquella corriente artística, Joseph Beuys, que se pasó media vida contando en las galerías más chic aquello del accidente con su avión de caza en Crimea y cómo había librado el tipo gracias a unos tártaros que le habían calentado cubriéndolo con grasa y fieltro.

A los que andan muy despistados, pero se les ve con algo de inquietud por estos  asuntos,  hay que irles explicando. Da juego la teoría institucional del arte de George Dickie, que allá por los setenta decía que el arte está definido por las instituciones sociales y que, por tanto, es un producto cultural. O, si quieres complicarte, les muestras la otra cara, a la manera de Kuspit: lo que no es arte no es arte, aunque lo digan las instituciones del mundo del arte.

Todo se entenderá mejor con una parábola. Hace unos días coincidí con Abraham en la exposición de Laura Salguero. Veinticinco años, licenciada en Bellas Artes, con buena cocina de pintora –tiene óleos y dibujos espléndidos–, guapa, con un alfiler de plata atravesando su nariz: todo un surtido inteligente dispuesto para el éxito. Había presentado en una colectiva “tres piezas”, tres pequeñas esculturas metidas en urnas de metacrilato. Ha estado también estudiando Antropología y de ahí, dice ella, y a la manera de los viejos gabinetes de curiosidades, vienen sus pequeños monstruos de laboratorio.

Abraham es emprendedor, encantador, hablador, sincero. Conoce a Laura y a su familia. Con esa voz suya, siempre a punto de quebrarse, saludó al padre de la artista, con el que yo visitaba la exposición: “¿Y para esto le has pagado cinco años de carrera?”. Había que ponerlo rápidamente en tratamiento.

Lo llevé aparte, le empecé a explicar que ya no se lleva eso de identificar belleza y placer; que Kant liberó al arte del deseo trivial del que quiere tocarlo, de la propiedad; que hay una estructura dialéctica en la genuina experiencia estética que hermana eros y conocimiento, que exige una conciencia conceptual e histórica; que esos muñequitos que teníamos al lado estaban bien, que Laurita sabía lo que se traía entre manos, que estaba en la pomada, que buscase en Internet a los hermanos Chapman, que últimamente hacían cosas parecidas y que se cotizaban. Le compró una pieza, pero se deprimió. Decía que a él, salvo los negocios y los idiomas, nada se le daba bien, que  estaba rodeado de artistas pero que le faltaba la sensibilidad necesaria, que no tenía oído para la música, que ni siquiera era buen surfista… La segunda parte del tratamiento consistió en irnos a quemar la noche, a tomar cervezas a troche y moche.

De vuelta a casa yo me preguntaba si es necesaria la crítica de arte, si es necesario que nos  expliquen las obras de los creadores. Muchos creen que es absurdo recurrir a la opinión del experto, porque la apreciación estética es un hecho psicológico, subjetivo, produce placer o displacer. Adrián Searle piensa que sí, que el problema más acuciante e inmediato para el público es el del discernimiento.

Me parece que no viene demasiado mal que en ocasiones –aunque la verborrea del crítico en las revistas de arte es muchas veces de traca, de tomadura de pelo–, un guía  nos alumbre con una linterna o un farolillo de papel, una cosa sencilla, algo así como exponer las reglas básicas de urbanidad: este es el cuchillo de la carne y ésta la pala para el pescado. Si no, puede pasar lo que Mar y yo vivimos, hace tiempo, en nuestra primera visita a Venecia, con un grupo organizado dominado por jóvenes parejas valencianas recién pasadas por la vicaría. Llegando a La Laguna, nosotros temblando con los primeros espasmos del “síndrome Stendhal” y ellos gritando, “no entiendo cómo no nos han puesto paella ningún día… joder con  tanta pasta, tanto macarrón”, “ostia, tú, esto es como la Albufera”. Esas actitudes necesitan al menos de algo sencillo, decíamos, lo básico: lo de no entrar en mini-shorts enseñando los pelillos en las iglesias lo cogieron a la primera.

Urbanidad, aquello que ya no se oye de la “buena educación”. Serviría casi para cualquier cosa. Todo en la vida (y en el arte) se reduce al buen o mal gusto: no te pongas ese pantalón con esa camisa; no le eches tanto ajo al guiso; no me esquilmes esa Caja de Ahorros; no me coloques aquí un tejado de pizarra; no me cobres dietas si vas en coche oficial; da la cara, coño, da explicaciones; deja pasar a esa anciana; no me engañes con la letra pequeña; no metas tanto ruido con la moto … Casi está todo.

Creo que me he vuelto a quedar dormido en la tumbona. Oigo que me gritan que nos vamos, que recoja. Ha oscurecido. Sale una enorme luna llena en un mar de plácido azul. Es roja. Le rezo un poquito, como a una Madonna de Rafael. No le pido mucho: un poquito más de educación, salud para los limpios de corazón, y una plaguita, no tan bestia como aquellas de Egipto, que limpie algo la atmósfera, que se lleve por delante a unos cuantos, porque la última frase que acabo de leer en el libro de JRJ y que ahora mismo copio, me ha vuelto a poner de muy mal humor, y no hay derecho, en esta tarde tranquila, soñolienta, con tan buena  temperatura….

“… Siempre he creído que a la  política, administración espiritual y material de un pueblo, se debe ir por vocación estricta y tras una preparación general equivalente a la de la más difícil carrera o profesión. Y entre las ‘materias’ que esa carrera política exijiría para su complemento, la principal debiera ser la poesía, o mejor, la poesía debiera envolver a todas las demás. El político, que ha de administrar un país, un pueblo, debe estar impregnado de esa poesía profunda que sería la paz de su patria. Los más naturales poetas de todos los tiempos, y particularmente los poetas de su propio país, serían alimento constante de su vida. Si el político sintiera y pensara en la mañana de cada día con Shelley, con San Juan de la Cruz, con Petrarca, con Fray Luis de León, con Keats, ¡qué día tan distinto para él y para su país sería el día! Y si antes de ir al parlamento preparara poéticamente su actividad, su pensamiento, su carácter, ¡qué jiro tan distinto tomarían sus intervenciones cada tarde, esas tardes tristes de los mercados parlamentarios! Porque la verdadera poesía lleva siempre en sí la justicia, y un político debe ser siempre un hombre justo, un poeta; y su política, justicia y poesía.”

  1. ignacio

    Está bien , ese tono melancólico y a un tiempo esperanzado. Se es abierto o no, se siente o no se siente la vida. El arte no debe de ser un refugio sino un camino. En términos psico podría parecer que asistimos a una fase que se ha convertido en posición depresiva. Tenemos que superar la pérdida bajo riesgo de regresar a un estado esquizo.paranoide ( Edad Media?). Saludos

  2. Sendo

    En el año 1973,realicé una expo-instalación con el multimedista Angel Cosmos (q.e.p.d.);y a la entrada de la sala,en el felpudo ponía ¿qué es el arte?,y según levantabas la cabeza te dabas una ostia con una escultura que pendía del dintel,.” Me cago en…”exclamabas a la vez que la mente se despertaba.Te tomaban el pelo con ese coscorrón.Con tanto comisario y tanto maricón que ahora callejéa por museos y galerías se ha puesto de moda la última tendencia “EL PORCULISMO”.Asi que es mejor dejarte llevar por el encanto de un canto rodado y pensar:tan cerca y ha estado aquí desde la eternidade. Sendo.

  3. José Luis Avello

    José Luis Avello.ada persona tiene
    Me gustan leer esos autores que abren puertas y no cierran ninguna: que nos ayudan a ventilar nuestros interiores ¿Arte? Estos días un anuncio televisivo nos invita a conectarnos a tve para seguir un aconteciento que es arte y ciencia: una corrida de toros protagonizada por un espada apellidado Talavante… La Lola (Flores) era puro arte, incluso la Saritísima… El tomate frito de Hacendado, por poner un ejemplo, es puro arte. Una de las veces que fuí al Reina Sofía, he comido en su restaurante. Los manjares con que me deleitaron eran puro arte aunque no pura gloria. Lo malo vino después ¿Si como arte que cago yo al siguiente día? Seguramente arte también. Como Manzoni, he enlatado mi mierda de los dos siguientes días a la ingesta: tres latas, una de ellas incompleta, pero las tres han sido cerradas al vacío ¿Por qué tantas? Es posible que en dos esté concentrada la obra de arte que consumí en el restaurante del Edificio Nouvel. Y en otra estará la esencia de los maravillosos pinchos degustados en el mercado de San Miguel, al pie de la Plaza Mayor.
    ¡Qué mal se utiliza la pabra arte¡ Al igual que la palabra dios. Estoy seguro de que cada persona tiene un concepto propio sobre dios y sobre arte. Y así, como se ha democratizado todo, cualquier definición es válida.
    Por esta razón, aunque vivo del arte, me ha dejado de preocupar la definición de arte como también la de dios. Prefiero concentrarme más en las obras de arte y en las obras de dios.

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