Prosapiens (34)

1 hacer fuego

Nueva entrega del poeta, ensayista y crítico literario uruguayo afincado en México, y que forma parte de un libro en curso –”un libro que escribo cuando me entra una especie de velocidad de ira”–, titulado ‘Prosapiens’.

Por EDUARDO MILÁN

Uno aparece entre los restos de la colonia del belga, en el Volga, sobre el muro acribillado contra el vulgo –Comuna, gran Comuna carcomida en los acomodos del uno– o en la velocidad sin prisa de un pueblito a orillas del Arapey, Uruguay. A como das recibes.

Uno aparece. Es la imagen del contagio. Contagio significante, la imagen que mucho buceador de inconsciente vio como un lenguaje. Lo que a la bohemia finisecular del XIX en Centroamérica –Nicaragua, por ejemplo, El Salvador– adoradora de sílfides de postal, se le aparecía bajo el nombre de sífilis. No un lugar, un lenguaje. Ese contagio pudo perder o perdió a mucho buscador de oro en la palabra, nazi alemán en la boca del judío polaco, soldado israelí entre la arena palestina cavando con las manos por agua, servicio secreto abiertamente cómplice de la red en busca de terror o amenaza de terror, vicio secreto del buscador de miedo que vacía los archivos. A pura virgen deshonrada una puta Europa clasista se cubre la cara que parece sonrojada de pudor. ¿Vergüenza? No, viruela, la viruela del virus. El virus, virtual y no virtual. Más allá pero muchísimo más acá el poeta, poeta en busca de El Dorado –eso pasó de suelo paradisiaco de la riqueza, un casi Marx de lo desconocido, a rincón donde se canta hablado tibio todavía por sol que se retira– que por dorado encuentra nada, no hay más dorado que un vacío de dorado, un vaciamiento allí. No todos, algunos pocos. La mayoría finge un recato de parquedad, un sobrecuidado de la forma bajo el ruido del mundo –la vez de una capa geológica que cubre piso a piso al poema de un musgo amortiguador, no se oye nada, las palabras mueven su boca como peces la suya, aritos de oxígeno que se disuelven sin fuego– aunque hablen del Mediterráneo, aire, aire, una forma de salir fuera para evitar el ahogo del enclaustramiento, ahítos –palabra horrible– de sí mismos, sandalias del guerrero sobre las piedras de la costa, humus de una épica, una huella de sirena resbala por la roca. Todo así. O asá. Aquí o Alá, Europa o la filosofía, Nacional o Peñarol. El que tenía todo el desierto para sí quiso quedarse dentro de un huevo en la cocina de su mamá. ¿Ya nadie baila alrededor de una hoguera? Hay fuego, no hay hoguera para baile. ¿Ni una noche? Ni la luna de una noche cuando hace de un dios de este lado alumbraría esos pies articulados con flexibilidad de cintura, esos brazos ahuecando la corona de un laurel que ya fue. El mundo estalla fuera, seres vivos retirados en su agujero. La necesidad de una imagen total en un momento dado, la imposible imagen total en un momento dado. Casa, no hay casa. Hay antena parabólica y techo cruzado de signos tormentosos, relámpagos que no son para ti, deudo de cielo, viudo de horizonte, canta el cenzontle en la selva de la parte baja del Norte, la Central. Gustaría El Hombre acurrucado sobre unos palitos tratando de prender, no la esperanza, no la memoria de un cuasi comienzo, premonición en los rayos de un eléctrico y adhesivo a la membrana del sonido quasar –una imagen completa de auto-indulgencia triste, radiante, triste–, piel sobre el lomo de un cuereado ¿mamut? ¿bisonte? ¿jabalí? –no se ve bien–. No hay, ese hombre no hay.

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