Tecnologías nada inocentes

Fotografía: diariolavoz.net

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Por IGNACIO FERNÁNDEZ HERRERO

Sólo los muy ingenuos o los cretinos a secas pueden suponer, o decidir sin más, que el caso Snowden y todo su envoltorio no tiene nada que ver con ellos, que es una especie de novela de espías o de película a la que asisten como simples espectadores. Sin embargo, lo más probable es que las revelaciones del antiguo empleado de la Agencia Central de Inteligencia y de la Agencia de Seguridad Nacional estadounidenses apenas sean una pequeña porción de los desvíos a que ciertos avances tecnológicos nos someten y nos someterán en el futuro inmediato todavía más. En realidad, ser espiados es un asunto tan viejo como los clanes, las tribus, las naciones o los estados, según su evolución histórica. Lo novedoso es la universalización de ese proceso, la intromisión en la intimidad indiscriminada y el control social que eso permite bajo el pretexto, dicen, de la seguridad.

De otro lado, muchos son, especialmente jóvenes, los que se felicitan por un invento como la triple w y sus redes, que identifican sin escrúpulos como una conquista para la libertad y para el conocimiento. No vamos a negar aquí las virtudes de este instrumental (de hecho, merced a él estamos difundiendo este mensaje), pero convendría no ignorar que poco bueno, dicho en absoluto, puede esperarse de la ingeniería militar. Al fin y al cabo, en sus orígenes encontramos a la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzados de Defensa, también estadounidense, y la verdad es que hay que ser bastante conspicuos para pensar que con tal matriz genética el resultado vaya a ser una gentileza para la humanidad; por mucho que su uso generalizado parezca haberlo vestido de democrático. Lo mismo que podríamos decir de otros artificios convertidos hoy en nuestros imprescindibles periféricos, que facilitan en apariencia nuestras comunicaciones, sí, pero que son todos ellos impulsados desde las multinacionales menos generosas con lo que podríamos llamar el bien común. O, en fin, ciertos avances farmacéuticos y científicos teledirigidos no precisamente hacia lo universal y lo genérico, a pesar de que al final de la cadena alcancen al común de los mortales o a una parte privilegiada de ellos.

Así que la edad poscontemporánea será tecnológica sin duda, lo mismo que para la contemporánea los procesos industriales fueron uno de sus rasgos definidores. Pero como entonces tampoco ahora debería serlo a cualquier costa: bien conocemos las consecuencias de algunos errores habidos en esa fase histórica. Por eso mismo, no deberíamos comportarnos como simples consumidores estupefactos ante los progresos o como individuos ajenos a sus aberraciones. Mejor sería alertar y alertarnos acerca de todo ello, como hace el economista precursor de la teoría del decrecimiento Serge Latouche: “Queremos una moratoria, una reevaluación para ver con qué innovaciones hay que proseguir y qué otras no tienen gran interés. Hoy en día se abandonan importantísimas líneas de investigación, como las de la biología del suelo, porque no tienen una salida económica. Hay que elegir. ¿Y quién elige?: las empresas multinacionales”.

Claro que una moratoria para pensar y tomar decisiones políticas al respecto nada tiene que ver con el estrangulamiento, vía presupuestos, de todo el aparato científico e investigador como está ocurriendo en España. Eso se llama liquidación o suicidio.

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