Querido diario (31)

© Ilustración de Avelino Fierro.
© Ilustración de Avelino Fierro.

Esta nueva entrega arranca, como es costumbre, con un paseo del autor, y finaliza con unos versos de Auden: “Las estrellas siguen ardiendo en lo alto, / ajenas a finales definitivos, / mientras regreso a casa para acostarme, / preguntando qué juicio aguarda a / mi persona, a todos mis amigos…”.

Por AVELINO FIERRO

Salgo a pasear y siento que el viento quiere dormirse. Esta sí parece la última tarde del verano. Porque antes de oscurecer ya se había metido entre las calles un rumor que iba como dando palmadas y despertando la ingravidez, el sopor de esos espacios torpes y vacíos que estos días ha estado flotando como un coágulo y se cernía sobre el barrio, en los solares vacíos, en los soportales, en la zona del parque frente al supermercado.

Llegó, digo, a media tarde; lo sentí. Se movía a veces en suaves rachas, desplazando esas bolsas de vapor caliente y amostazado de los finales de verano. Eran como bloques traslúcidos, a veces algo azules, sin contornos claros. Tocaban en los hombros y empujaban a las pequeñas nubes polvorientas, como en un baile de ska, más lento y algo beodo. Algunos, de vez en cuando, puede que los más jóvenes, formaban remolinos, y las motas suspendidas en la atmósfera de estos últimos meses, como torpes veraneantes absortos, como un polen terroso, se retiraban sobresaltadas.

La lengua de cemento que ha sustituido a los viejos raíles del ferrocarril de vía estrecha brillaba ya como un río de mercurio o una enorme serpiente plateada acariciada por la luna. En el parque del otro lado unas mujeres marroquíes llegaban cuando los demás se habían ido, para sentarse en las gradas sobre unos cartones. Alguien en el otro extremo ha soltado un perro. Cerca de la parada del autobús una negrita se fundía con un fondo de aligustres. Sin contornos, sólo su vestido oscuro con finísimas lentejuelas brillantes era una diminuta vía láctea suspendida en el aire.

Las casas modestas querían sacudirse esta oscuridad de brea con la luz mortecina de las cocinas y los destellos azules y rojos de los televisores.

El resto del camino era una secuencia de fotos fijas, de lugares recorridos tantas veces, fotos sin brillo, con raspaduras, esquinas mordidas por la lepra de las horas y un vaho de niebla. Los bares, los comercios del barrio, los jardines oscuros de la residencia, la muralla. Calles recorridas tantas noches, susurrándoles lo que soy como a alguien que te lleva de la mano. A veces todo rebosa, todo confluye, todo se funde y entrelaza. De forma convulsa, como si te pidieran rendir cuentas, dar explicaciones de cómo has malgastado tus días, allí están, frente a mí, recuerdos, personas, imágenes… Dura unos instantes; luego, se diluye. Algo se hunde, algo muere un poco, algo resalta con un fulgor pequeño y opalino, unas horas felices que se recuerdan y no quieren mezclarse con el olvido, como gotas de aceite que emergen a la superficie.

Así funcionan los recuerdos. Y el tiempo. Deja nuevas heridas y restaña otras. Días que quieren sanarlo todo, que parecen cerrar cicatrices para siempre. Todo es un engaño, decimos otras veces, lo sabemos bien, llenamos laboriosos nuestras colmenas, acopiamos frases, huellas, sueños… como idiotas seducidos por la tentación de la inmortalidad.

Así que el aire podía embalsarse ahora en esa esquina de la plaza de la cárcel, mitigarse como el agua en el remanso del río, o vagar un poco, haciéndose notar al arrastrar una hoja solitaria sobre el empedrado o al acariciar el pelo de esa adolescente frente al Mongogo, a la que contemplo ahora, que espera, con una luz surreal en el rostro porque mira la pantalla de su teléfono, que no sabe que algo se detiene en este momento a su alrededor, un polvillo traslúcido recogido de aquí y allá por el viento tibio, de las primeras nubes blancas de esta noche, de sus estrellas.

A la vuelta de la esquina ya hay murmullos, pero no queda nadie en las mesas de la terraza; Sonia, Guzmán y Marta están de charla cerca de la puerta del bar; varios se han sentado en los bloques del andamio que sujeta la fachada muerta de la casa de al lado. Llega, cabeceando, Manu, liando un cigarrillo con parsimonia. Me contaron hace unos días que ya vive con luz eléctrica. Había estado tiempo alumbrándose con velas, en una especie de vuelta al origen. Ya no verá su sombra vagar por las paredes ni sentirá las grietas de las baldosas y cómo el aire se mueve bajo el papel pintado. Hablamos todos de playas de arena blanca como de una nostalgia impertinente y de los colores que traerá el otoño y de subir a la montaña.

Bebo mi cerveza. Sigo caminando y huelo el humo de hierba del Club. Dos gitanillos recogen una colilla. La espadaña de Santa Marina se difumina en la negrura del cielo; parece un viejo y enorme mueble suspendido en el aire, la obra de un carpintero loco. En el Black Dog, Richard está poniendo una música que no reconozco. Más allá, al final de la calleja oscura, el heladero está fuera de la tienda, en jarras, el gorrillo blanco echado en la nuca. Husmea la atmósfera, mira al cielo, piensa en que en unos días cerrará y volverá a Italia como todos los años. Una escena más, el centro de un mundo pequeño, una historia que vemos y quizá nos ve, que pasa y nos traspasa algo de su carne, su tiempo, su reflejo, su razón, una telaraña que se entreteje con la nuestra.

En la plaza de la Catedral daña la mirada la piedra de luz nítida. En el suelo hay reflejos de las torres en los charcos que ha dejado el baldeo. Entro en la calle del seminario y tuerzo en La Sal. En la taberna hablo con Nieves. Lleva un pantalón indio y está triste. Su niño se irá a Londres para, quizá, quedarse. Será, ya lo dijo una imbécil profesional de la política, que a los jóvenes les gusta viajar. Salimos a fumar y, al rato, llega Pedrito Acosta hecho un chafarrinón de colores y habla y habla y cuenta que viajó en avión a su Santo Domingo al día siguiente de lo de las Torres Gemelas.

Viene también a sentarse al lado Pati, con unas chicas mayores del Ateneo. Me cuenta que ha empezado a ensayar para una obra de teatro, que su papel es de vaca, con poco texto, casi monosilábico. No le va bien, dice, en las ventas del mercadillo de los sábados, que la gente no aprecia la pintura inteligente ni la pincelada suelta, que prefieren las acuarelas del puesto de al lado porque parecen fotos. Ahí están sus pequeños óleos sobre tablas, como de un visionario que viera más allá de las formas y el color, con ojos que nunca se cierran, demasiado abiertos, demasiado interrogantes.

Parecen escritos para él unos versos de “El vidente”, el último poema de José Luis Piquero: “Cada pregunta hace vibrar el aire / mucho antes de haberla formulado. / Yo descifro los signos del misterio en medio de esa / mortífera blancura”.

Lo acompaño a casa y cuando nos despedimos la calle está desierta. Siento frío en la espalda.

Marta ha dejado sobre el mueble de entrada el libro que le presté de Emmanuel Bove, Mis amigos. El narrador, Victor Bâton, pasea por el París de después de la Primera Guerra, con su abrigo raído y los zapatos de suelas gastadas. Ve los tejados de zinc azules, chimeneas, una niebla que tiembla cuando la atraviesa un rayo de sol, y la torre Eiffel con su ascensor en el medio. Y en cada capítulo habla de ellos: Lucie Dunois, Henri Billard, Neveu el marinero, Blanche… En la primera página dejé subrayada a lápiz una frase: “Algunas lágrimas se han secado en el rabillo de los ojos.”

Paso las páginas del libro varias veces, en busca de notas, dibujos, frases… y de él emergen, como pequeños efluvios, recuerdos de su lectura, sensaciones que se funden, se entrelazan con los versos de Un paseo después de anochecer, un poema de Auden “las estrellas siguen ardiendo en lo alto, / ajenas a finales definitivos, / mientras regreso a casa para acostarme, / preguntando qué juicio aguarda a / mi persona, a todos mis amigos…”.

2 Comments

  1. ¡Ay viajero de calles cotidianas! Viajero que caminas sin sembrar huellas, viajero de todos los días y parte de las noches ¡Ay recolector de retratos de otros viajeros! Poeta de la luz y de las sombras, de los aromas y de los sueños. Vagar por tu ciudad que ya lo es te conduce siempre a los mismos sitios que siempre son nuevos y mudantes gracias a tí y a tus gentes. Atravesamos las mismas calles, contemplamos los mismos escaparates… siempre a distintas horas y en direcciones opuestas. Avistamos tu Mongogo y mi Móngogo con las hojas de la puerta en posturas dispares. A mí me toca ver cómo se mudan los escaparates, con desgana y sin esperanza; tú, en cambio, contemplas cómo se acarician el pelo las adolescentes. Lo mio encierra dolor, lo tuyo esperanza.

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