Querido diario (39)

© Ilustración de Avelino Fierro.
© Ilustración de Avelino Fierro.

El autor reproduce aquí, para la ocasión, un texto escrito para una Mesa Redonda sobre literatura de viajes, organizada por el Club de Prensa del Diario de León, a la que acudió como invitado hace unos días.

Por AVELINO FIERRO

Buenas tardes, creo que podríamos comenzar criticando a la organización porque estas son horas de siesta o de café torero. Algunos viernes, los amigos nos vamos de vinos y a eso de las cinco nos sentamos a echar la partida. Con eso ya se ve que tenemos manías sedentarias, de poco viajeros.

Quiero darle las gracias a Nicolás Miñambres, que me invitó a participar en estas jornadas. Le dije un par de veces que no, que yo no me tenía ni por viajero ni por escritor. Pero insistió.

Sé que esto viene de unos diarios que publico en un periódico digital, el Tamtampress, cada ocho o diez días, desde hace poco más de un año. Nicolás los conoce. En ellos están las crónicas de algunos viajes (a Múnich, a Polonia subiendo hasta el Báltico, a Marruecos cruzando el Atlas, a Portugal…). Y los paseos por la ciudad, a la manera de un flâneur baudeleriano. Como imagino que aquí se ha estado hablando, por autores muy competentes, de viajes y viajeros como dios manda, he querido buscar un espacio más reducido, más modesto. Les hablaré, sobre todo, del paseante, de las nubes que pasan, de las luces de la ciudad.

* * *

Se oían los grillos. Y nuestra respiración jadeante. Y la sangre golpeando las sienes. Olía a tierra reseca, a rastrojos pudriéndose. Hacía un buen rato que había oscurecido, pero al fin divisábamos las luces de las primeras casas del pueblo. Sentíamos el olor dulzón de las espigas secas de los campos que empezaban a abrir sus mínimos poros con la llegada de la noche. Desfallecidos, hicimos el último esfuerzo para pasar a carrera los tapiales del cementerio. Sabíamos que allí se detenían misteriosamente todos los murmullos, como en las casas vacías o como en ese instante antes de que empiece a caer la nieve.

Aquella tarde de verano nos habíamos alejado demasiado. Ya no recuerdo quién empezó a hablar de una laguna en el bosque en la que había arenas movedizas y salamandras gigantes. Nos habíamos perdido, pobres chicos, muchachos de los páramos, de las tierras pobres, huidos hacia donde da la vuelta el aire.

Aquellos veranos traen recuerdos de suaves colinas, escapadas de casa, fogatas, y ardores adolescentes. Vuelven aquellas sensaciones que oprimían el pecho o llenaban de embarullados latidos el corazón. Y aquella luz cálida, benéfica, que nos arrullaba y sanaba como un ungüento.

Muchos cuentos de Pavese están llenos de esos viajes mínimos en el verano, de un correr alocado con el aire en los párpados, de paseos en bici por caminos de tierra, del primer amor.

Casi puedo decir que aquella tarde los sentidos de todos los de la expedición nunca habían estado tan alerta, tan abiertos; parecíamos observar y escuchar el mundo por primera vez. Aquellos parajes desconocidos nos atraían misteriosamente como si un susurro o una música casi inaudible nos hechizara y nos dijera “venid conmigo, venid”.

La lejanía se filtraba entre los árboles, las nubes cabalgaban montadas por seres extraños, las ranas tenían un croar distinto y los ruidos entre la hierba o el silbido ronco de algún pájaro nos encogían el corazón. De vuelta, recuerdo que había luces extrañas, como fuegos fatuos; puede que fueran casas o pueblos, chozos de pastores, altares, candelas, pavesas, rescoldos rojos del calor…

Esas luces han seguido siempre conmigo. Creo que ese fue mi primer viaje. Como a los grandes viajeros, la curiosidad, el extrañamiento, el deseo de conocimiento, los desconocidos lugares nuevos nos hicieron aquel día cruzar los campos, los valles, adentrarnos en el bosque, escaparnos de casa y llegar muy lejos.

Hemos seguido viajando. ¿Por qué? ¿A qué responden los viajes? ¿Una búsqueda de los otros, de otras vidas, de vidas distintas, de una vida mejor? ¿Una búsqueda de destellos, de gemas preciosas que van a dar en el zurrón y que nos llevamos para los años venideros? ¿Sensaciones para calentarnos en los días malos y desapacibles del invierno de la vida? ¿Un poco de remedio para la rutina de los días cansinos, reunir como un tesoro esos momentos irrepetibles de turbación, extrañeza y atolondrada felicidad?

Sí, hemos seguido viajando, pero ya no hemos vuelto a sentir aquel estruendo en la sangre, el sudor, el viento en los ojos, una mano o una voz que parecen guiarte, el cárabo entre los huertos… Vamos persiguiendo los sueños del pasado, enterrados ya sin remedio, el niño que fuimos. Todos los viajes van a ser ya ese primer viaje.

Así que creo poco en los viajes. Y nada en su sucedáneo: el turismo. Ni en esas expediciones gimnásticas o arriesgadas buscando coronar otra cima o liberar adrenalina u otros humores extraños. Creo en aquellos viajeros que han anotado sus estancias o trayectos, que nos permiten evocar el tiempo vivido por otros como tiempo cultural, mediante el que los paisajes, por muy bellos que sean, pierden esa “insipidez de lo natural” opuesta al intenso paisaje de la cultura. Esa es también la opinión de Gil-Albert y así describe Venecia, como un escenario ocupado por los espíritus de Byron, Wagner y su Cósima, Nietzsche y Proust, por la Cultura, en su visita de 1952 con Concha de Albornoz y Ramón Gaya, sentado en la galería del hotel en el que Thomas Mann sitúa la acción de “Muerte en Venecia”. Pero “Viscontiniana” no es un libro de viajes.

Juan Ramón Jiménez va más allá, diríamos que no es partidario de ningún tipo de literatura viajera. En una de las entradas de su “Estética y Ética Estética”, titulada “Turismo”, escribe:

“Absurdo. ¿Libros de viajes? Absurdo. Se debe viajar para renovarse y ver luego lo de uno renovado, la poesía, lo que es del alma, porque el alma es universal. La prosa descriptiva, la exaltación de un país, no.”

Pero trashumantes y olvidadizos somos y ahí tenemos a decenas de viajeros ilustrados de finales del XVIII que visitan otros países con objetivos patrióticos o de provecho o utilidad, o a los jóvenes de las élites europeas que lo hacen en aquellos grand tours para completar su educación, o a los viajeros exploradores que anotan y dibujan las rutas y los hallazgos con precisión científica de entomólogo. La llegada del Romanticismo supone un cambio de paradigma, y la figura del viajero se confunde cada vez más con la del escritor. En esa mitad del XIX –dice Roland Le Huenen– el viajero ya no escribe su relato según el modelo consagrado de ver para saber y poder dar cuenta de lo que ha visto. Desde ese momento, el viajero tiende a minimizar el criterio cuantitativo de la distancia, el surcar mares y continentes remotos, y surge una motivación estética, hay una motivación cualitativa que convierte al artista en explorador de los nuevos tiempos.

Los paisajes, las ruinas, los lugares en los que Byron soñó su poema Manfred, han perdido su realidad de objeto para convertirse en signos, en huellas, en indicios susceptibles de permitir una lectura del mundo por mediación de los libros.

Mientras escribía estas líneas estaba amaneciendo y el sol comenzó a filtrarse entre la niebla. Recordé a Evelyn Waugh, en su viaje por el Mediterráneo.

“Sobre la ciudad se cernía un bruma que se desplazaba y mezclaba con el humo de las chimeneas. Cúpulas y torres carecían de nitidez, pero a pesar de la vaguedad de sus formas el panorama que presentaban era extraordinario. En el preciso momento en que el sol estaba encima del horizonte, se abrió paso entre las nubes y, con la mayor espectacularidad posible, vertió su luz dorada sobre los minaretes de Santa Sofía.”

Y de la misma manera, hace un par de años, acodado en la barandilla de la terraza de la Tate Gallery, recordaba que desde allí abajo, desde esas aguas del río, partía en 1934 Patrick Leigh Fermor para su viaje hacia Holanda en barco.

“Percibí un instante olor a pescado. Las campanas de Saint Magnus the Martyr y Saint Dunstan-in-the-East daban la hora, ordenando que nos apresurásemos. Entonces se alzaron cortinas de agua desde las ruedas delanteras, mientras el taxi vadeaba entre The Mint y la Torre de Londres. Las oscuras construcciones almenadas, las torrecillas y las copas de los árboles formaban una masa débilmente iluminada a un lado, y delante se alzaban los pináculos y las parábolas metálicas del puente de la Torre. Nos detuvimos en el puente poco antes de llegar a la primera barbacana, el taxista indicó el tramo de escalones de piedra que llevaban al muelle de Irongate. Bajamos en seguida, y más allá de los adoquines y los norays, con la húmeda bandera tricolor holandesa que ondeaba en la popa y emitiendo un irregular abanico de humo que se extendía sobre el río, el Stadthouder Willem cabeceaba el ancla.”

Ese libro, ese viaje a pie desde el corazón de Londres, que durará cuatro años y llevará a nuestro viajero hasta Constantinopla es el único libro de viajes que me he atrevido a recomendar alguna vez.

Y si uno está en París, puede alojarse en el mismo hotel en que lo hizo Azorín y recordar, como hace García Martín en su diario del 13 de enero de 2014, aquellos escritos sobre la ciudad de finales de 1936, o seguir sus pasos y los de Baroja, como hace José Muñoz Millanes en su reciente libro “La ciudad de los pasos lejanos”. Seguir esos pasos de los antiguos escritores viajeros es la mejor forma de sentir una ciudad.

Como aquel verano  en que Mar y yo leíamos a Vasari mientras estábamos en Florencia, en una casa de la Plaza del Mercado Viejo, entre los Uffizi y el Arno. Viajar es también querer vivir las vidas de los otros, las vidas que no pudimos vivir. Allí fuimos –yo así lo quería– unos vecinos más, llegamos a sentirnos durante unos días parte de la ciudad y sus habitantes (¿cómo es esa frase de Durrell? ¿Amas a una ciudad cuando amas a uno de sus habitantes?), sedentarios casi, sin ni siquiera las urgencias de las visitas culturales: con asomarnos a la ventana podíamos ver si los japoneses hacían mucha cola en la Galería o en el Palazzo Vecchio.

También podemos viajar sin rumbo claro. “El azar es la mejor guía”, decía Paul Morand. Yo, ya digo, no soy muy viajero. Pero mi amigo Andy Symington, sin duda la persona que reúne más méritos para haber participado en este congreso, parece empeñado en corregirlo e insiste en que le acompañe en su tercer viaje a la Patagonia. Hace unos días desplegó ante mí un mapa de la zona. Al parecer, vamos a seguir el trayecto de Bruce Chatwin a la inversa, empezando por Isla Dawson, Puerto Williams, Harberton, el lago Kami y otros lugares que no recuerdo. “Vamos a ver bandadas de coscorobas volando cerca de la costa –me dice–, colimbos y albatros tiznados. Quiero ver si sigue funcionando el viejo vapor en Punta Arenas y, si tenemos tiempo, subir a visitar a Rolf Mayer, del que ya hablaba Chatwin: “Un gaucho de sangre alemana e indígena troceaba la carne. Era delgado y taciturno y tenía enormes manos escarlatas”.

A Andy sólo le preocupa que se le hayan estropeado sus viejas botas. A mí, todo lo demás. Empezando por ese largo recorrido en avión.

Pero para esos cansinos vuelos transoceánicos, uno recuerda y puede recitar como un mantra para serenarse, para mitigar sus nervios, un poema de Yehuda Amijai en los momentos previos al embarque, esos momentos tan gregarios, puede decirse que hasta violentos, tan absurdos.

Acompáñame al aeropuerto.
No vuelo, no me alejo, no me voy.
Pero acompáñame a un avión blanco
entre la niebla de los olivos,

dime palabras que transformen las estaciones
en el breve instante de una despedida,

cuando las manos van a
los ojos que lloran como a
un abrevadero para beber y beber.

Pero yo no soy muy viajero, ni me tengo por escritor. Y así me ven los más próximos. Les cuento una anécdota. Anteayer, uno de mis cuñados me pidió salir de vinos este viernes y al decirle que no podría ser porque estaba “preparando una mesa redonda” me preguntó que si me había dado por la ebanistería.

Permítanme ahora que les lea lo que anoté en mis diarios cuando supe que tenía que venir aquí. Está al comienzo de un texto más extenso que se publicó el 3 de diciembre pasado en una revista cultural online, el Tamtampress; esa entrega es la número 34. Va ilustrada con el dibujo que le hago a un amigo entre las dunas del desierto.

¿Hasta dónde tenemos que alejarnos del sofá de casa para poder decir que hemos estado de viaje? ¿Podemos decirlo una de esas tardes en que hemos empezado a caminar y hemos traspasado las últimas casas de uno de los barrios de las afueras? “Las afueras” es el título de un pequeño grupo de poemas primerizos de Gil de Biedma, poemas un tanto herméticos, pero que logran transmitir esa impresión de extrañeza, azoramiento, revelaciones, rastros de frescura borrándose… que dejan los viajes. Sensaciones que nacen cuando ya estamos de vuelta en casa. Sensaciones como esa de la que habla al final de uno de los poemas: una luz usada que deja polvo de mariposa entre los dedos.

Yo no soy muy viajero. Doy algunos paseos mirando las luces de la ciudad a la manera de un flâneur fuera de época, ese paseante indeciso que se alimenta de melancolía, como dijo W. Benjamin. Pero hemos cogido el avión algunas veces para ir a ver a los estudiantes de la familia que han ido de Erasmus o a  mi hijo, que quiere vivir como intérprete de música clásica y al que, como a otros muchos jóvenes, la burricie de nuestros gestores públicos le obliga a buscar lugares donde la cultura musical es promovida y respetada. Eso lo he puesto por escrito en estos tristones y modestísimos diarios.

Ese debe de ser el motivo por el que Nicolás Miñambres me ha invitado a participar en un congreso sobre literatura de viajes. Los amigos tienen esas cosas, bajan la guardia de la exigencia y cometen esos errores: te atribuyen méritos o condiciones que no tienes.

Me he tomado el encargo con seriedad y me he aplicado en esta tarea: salí una noche a pasear por las calles conocidas, con los ojos pendientes de los grises y el corazón atento a las fuentes del silencio. Un sábado subimos a un tren de cercanías para ver los jardines rotos del otoño. Escribí la crónica de un itinerario de tres días por tierras de Portugal.  Modestos recorridos para tener algo que contar. No todo van a ser viajes como los de Chatwin, o Theroux, Durrell o Eduardo Jordá. Tendré que defender al viajero de vuelo corto, no al viajero que, como las aves migratorias, rebasa los continentes.

Para ello tendría de mi parte a queridos escritores que emprendieron pequeñas rutas a pie. Ya han estado en mis diarios: Pla, que viaja paseando por las carreteras sin ninguna preocupación heroica o deportiva y que no devora kilómetros, ni colecciona paisajes, ni se le ocurre escalar picachos ni descender a las profundidades de la tierra. Y William Hazlitt, paseante y amante de los viajes solitarios para respirar, meditar y hacer que la Contemplación “pueda ponerse sus plumas y dejar / crecer sus alas, / que en el variado bullicio de la multitud / estaban demasiado erizadas y a veces deterioradas.”

Algo similar dice Henry David Thoreau en Walden, donde relata su vida en los bosques, al descubrirse como adorador sincero de la aurora y ante el espectáculo de un amanecer: “Ser capaz de pintar un cuadro en particular o esculpir una estatua es algo, así como embellecer ciertos objetos, pero resulta mucho más glorioso esculpir y pintar la atmósfera y el medio mismo a través del cual miramos, lo que podemos hacer moralmente”.

Con esa mirada, con el espíritu concentrado en un solo punto, abstraídos lo suficiente para producir la alucinación, incluso podríamos transformar la realidad con la imaginación y la ilusión bien cultivada, como hace Des Esseintes, el personaje de À Rebours, la novela de Joris-Karl Huysmans, quien sin moverse de su comedor-camarote consigue saborear, con tranquilidad y sin cansancio, la sensación de estar viajando por mares y países lejanos.

Quizá por ello recuerdo haber descrito momentos como estos que ahora copio aquí, momentos de paseante solitario, ese salir de casa un día cualquiera, sin rumbo, a ver pasar, quizá oír, el tiempo que fluye, o como a veces aparece en el aire y en esos momentos de luz incierta de las tardes esa especie de ectoplasma, esa bolsa de mercurio translúcido que abre sus fauces y parece engullir el mundo. Dice Andrzej Stasiuk, un escritor polaco al que admiro, muy dado a ensimismarse y poco viajero: “Me parece que lo único que vale la pena describir es la luz, sus variedades y su eternidad. Los actos me interesan en grado mucho menor.”

Así he podido anotar, dentro de esos viajes estáticos, un amanecer:

“Estoy solo este domingo. Ni la luz me acompaña; una luz como si las casas del barrio hubieran entrado en el quirófano del cielo, una luz hidrófila. A ratos, un sol débil y neutro, como de argamasa. Ni siquiera hay palomas en los tejados de enfrente. Parece que el mundo está jugando a esconderse. Se evapora también el rastro blanquecino de un avión. Soledad queda, anémica.

Me mojo el pelo una y otra vez. Bajo a la calle. La avenida está desierta; fría hacia el norte, indiferente hacia el sur. Aire sutil y fino; cornisas sin carmín. Camino hasta el cuartel, veo los collados, sigo hasta las últimas casas; miro los balcones atestados: bicicletas, armarios, tendales con ropas baratas, bombonas de butano, cachivaches, geranios, ristras de ajos, azulejos brillantes… En un portalón, la silueta de una gitanilla gira, baila absorta, baila y gira.

Cuando vuelvo, llega al kiosco la furgoneta del pan. Huele a trigo y adobe, a alcoba y senos de mujer, a aire mullido y viento en calma”.

O un paseo por el campo:

“Hemos ido hacia el norte, a anotar en nuestros cuadernos de campo y cuadrantes, los lugares a los que han vuelto las cigüeñas: árboles, troncos muertos, campanarios… El valle que recorremos está encharcado, salpicado de breves margaritas y verónicas. Sale a veces el sol y las frondas, los prados y los caminos cierran los ojos, respirando lento, para enjugarse las mojaduras del chaparrón y entre las briznas de hierba rebrotará el cuchicheo de algunos insectos. El vuelo lento de un milano mide el tiempo de la mañana”.

O esos instantes en que se para un poco el aire y comienza a anochecer, que están en el Diario número 31:

“Salgo a pasear y siento que el viento quiere dormirse. Esta sí parece la última tarde del verano. Porque antes de oscurecer ya se había metido entre las calles un rumor que iba como dando palmadas y despertando la ingravidez, el sopor de esos espacios torpes y vacíos que estos días ha estado flotando como un coágulo y se cernía sobre el barrio, en los solares vacíos, en los soportales, en la zona del parque frente al supermercado.

Llegó, digo, a media tarde; lo sentí. Se movía a veces en suaves rachas, desplazando esas bolsas de vapor caliente y amostazado de los finales de verano. Eran como bloques traslúcidos, a veces algo azules, sin contornos claros. Tocaban en los hombros y empujaban a las pequeñas nubes polvorientas, como en un baile de ska, más lento y algo beodo. Algunos, de vez en cuando, puede que los más jóvenes, formaban remolinos, y las motas suspendidas en la atmósfera de estos últimos meses, como torpes veraneantes absortos, como un polen terroso, se retiraban sobresaltadas.

La lengua de cemento que ha sustituido a los viejos raíles del ferrocarril de vía estrecha brillaba ya como un río de mercurio o una enorme serpiente plateada acariciada por la luna. En el parque del otro lado unas mujeres marroquíes llegaban cuando los demás se habían ido, para sentarse en las gradas sobre unos cartones. Alguien en el otro extremo ha soltado un perro. Cerca de la parada del autobús una negrita se fundía con un fondo de aligustres. Sin contornos, sólo su vestido oscuro con finísimas lentejuelas brillantes era una diminuta vía láctea suspendida en el aire.

Las casas modestas querían sacudirse esta oscuridad de brea con la luz mortecina de las cocinas y los destellos azules y rojos de los televisores.

El resto del camino era un secuencia de fotos fijas, de lugares recorridos tantas veces, fotos sin brillo, con raspaduras, esquinas mordidas por la lepra de las horas y un vaho de niebla”.

 [Me he dado cuenta de que no estaba leyendo estos párrafos de los diarios con la entonación adecuada y he estado a punto de hacer el ridículo y decir “fin de la cita”]

Los anteriores son muestra de algunos de los paseos por la ciudad y sus alrededores. Podría también, a falta de otras experiencias viajeras, haber escrito para esta charla algo sobre un viaje alrededor de mi habitación, como Xavier de Maistre, o fabricar un texto con la fingida indolencia del viaje sentimental de Sterne. Podría incluso llamar en mi ayuda a los tumbados, los inmovilistas, los letárgicos, como Oblómov, para los que la vida fluye a su lado, lamiendo la cretona del diván en el que reposan con sus batas deshilachadas.

Pero la gandulería de Oblómov o de los bartlebys no me serviría. No creo que fuera bien recibida una actitud así en la mesa redonda; sería un atrevimiento no disculpable en alguien que nada ha publicado, una aspiración –como aquella que decía gustarle a Macedonio Fernández– a pasar inadvertido, a convertirse en inédito.

Siento que tenía que haber escrito algo más trepidante, porque un amigo insistió en advertirme sobre los asistentes a este tipo de actos: quieren ver, me decía, a un escritor de viajes sin carnes, amarillo, repatriado de milagro, recuperándose de unas fiebres engendradas en los alrededores de Chiang Mai o con tres dedos amputados por los mordiscos de uno de los últimos caníbales. Algún desafío extremo, algún naufragio; al menos, alguien a quien se le pierde el equipaje, alguna víctima en la expedición…

Pero tampoco quería mentirles. Al final, como en tantas otras ocasiones, me he quedado en mi cuarto mirando las nubes y las luces del invierno. Espero no haberles defraudado demasiado.

— — —
(Este texto fue escrito para una Mesa Redonda sobre literatura de viajes).

3 Comments

  1. Yo no sé porqué nos empeñamos en viajar, tal vez por pura necesidad; la búsqueda incesante de conocimiento o entretenimiento o ambas cosas; pero sin duda un viaje es una búsqueda.
    Salir de los brazos de la madre hasta la puerta de la calle, salir del barrio, subir al tren de cercanías, llegar al pueblo, pisar la capital, asomarse a la Torre Eiffel, navegar por el Támesis, cruzar Central Park…
    Somos viajeros, inevitablemente buscamos experiencias, desde la acera de enfrente hasta lugares remotos. El texto que has escrito revela tu condición de viajero, estar atento no a las diferencias, no a la adrenalina ni a los retos asombrosos, sino a los lugares comunes, a la capacidad de sentarse a leer, a escribir y a escuchar mientras tomamos una copa.

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  2. Hermosa charla…. Los oyentes fliparían…
    Me has convencido. De la literatura de viajes, lo mejor es la literatura.
    Subsiste mi duda ¿Viajamos para dar peso y profundidad al tiempo, reduciendo la cotidianiedad o simplemente para restañar el curso de las horas?

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