“Invitación a la melancolía”. Andrés Martínez Oria

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“Invitación a la Melancolía”
ANDRÉS MARTÍNEZ ORIA
Astorga. CSED. 2013. 542 pp.

La metanovela de Martínez Oria

Por LUIS MIGUEL SUÁREZ
(AstorgaRedAcción – Contexto gobal)

Andrés Martínez Oria ha ido construyendo un universo novelesco propio en el que es posible reconocer determinados temas y ambientes característicos. No obstante, ha evitado siempre la repetición de una misma fórmula narrativa, procurando dotar a cada uno de sus relatos de nuevos rasgos formales. Así, en ‘Jardín perdido’ (2009) ficción e historia se aunaban para novelar la aventura vital de los Panero. Después de aquella ‘magna novela’, sin embargo, vuelve el autor a explorar nuevas vías narrativas en ‘Invitación a la melancolía’, de la que puede decirse ya de antemano que es su novela más personal, más ambiciosa y más arriesgada.

Basta con leer las primeras líneas —“Estoy sentado en la cafetería del Centro Comercial, mirando la mano posada en el libro que acabo de comprar, ‘Invitación a la melancolía’” (p. 5)— para percatarse de que no nos encontramos ante un relato convencional. Desde la primera página la voz del autor nos indica que él mismo figura como personaje de su propia novela y que va a contarnos desde dentro —también desde fuera— todo el proceso de escritura. Queda, pues, establecido desde el inicio el primer rasgo de ‘Invitación a la melancolía’: su carácter de metanovela. Por ello, el autor va exponiendo todos los problemas que se le van planteando en ese proceso de escritura, lo que da pie a exponer su propia concepción narrativa, sin ocultar el fin último que se propone:

“una especie de parodia burlesca (…) de la tan manoseada manera de escribir de lo otro pareciendo que se escribe de uno, y a la inversa. El libro carecería de argumento, al menos de una línea argumental fácilmente visible, que fuera llevando al lector hacia un fin previamente establecido” (p. 36).

Tal es, pues, el propósito que confiesa el autor: escribir una parodia de ese tipo de novelas autoficticias tan en boga en la narrativa española actual (con cultivadores tan eximios —recordemos— como Javier Marías o Vila-Matas). Es este, sin duda, otro aspecto fundamental, que no ha de perder de vista el lector, aunque la novela será algo bastante más complejo que una simple parodia. Porque en esa ausencia de un “argumento fácilmente visible” citada radica esencialmente la arriesgada propuesta de ‘Invitación a la melancolía’: jugar con la unidad del relato mediante la dispersión argumental, para lograr al final que los distintos fragmentos se integren en un discurso coherente que otorgue unidad al conjunto.

Este propósito explica, pues, el carácter fragmentario de un relato en el que se entrecruzan constantemente distintas líneas discursivas. Si desde las primeras páginas se anuncia un asunto central, la historia de amor del capitán Eligio Monteamaro y de la carta perdida, esa línea argumental, sin embargo, se verá interrumpida constantemente; primero, por las reflexiones del propio autor, y, después, por otros elementos que van difiriendo su desarrollo. En efecto, para reconstruir la historia del capitán, el autor ha de recurrir a aquellos que lo conocieron. Ariel Velasco, el único sobreviviente de aquel “quinteto de la muerte” —como se les conocía en Altiva— del que formaba parte el capitán, va a ir relatando oralmente en sucesivos encuentros con el autor las andanzas de Eligio Monteamaro: “En cuanto llegaba a casa (…) trasladaba al ordenador con más dedicación que ingenio el relato del viejo, y así nacía esta novela suya que poco a poco iba haciendo mía” (p. 100). Queda así enunciada otra característica esencial de la historia de Monteamaro: su carácter de relato de otro relato. 

Sin embargo, Ariel Velasco no se atiene únicamente a la historia del capitán, sino que también presta su voz a otros camaradas del capitán para evocar aquel tiempo ya irremisiblemente ido. Especialmente le gusta evocar la voz de Mauricio Tábora, peculiar narrador oral y sedicente inventor de un nuevo género literario, la anécdota, que ensarta sin orden ni concierto: “Mauricio tenía cuerda para rato, gastaba labia para dar y tomar, pero mezclaba las cosas de manera que cada vez venía a resultar más oscuro, lo suyo era una imaginación desbordada, no conocía fronteras entre realidad e invención, se le pedía coherencia, que se atuviera a una historia y no mezclara, pero no había manera” (p. 186). En consecuencia, las voces de los distintos narradores (entre los que se incluye también el autor) se acaban mezclando, usurpándose e incluso apostillándose unos a otros, aunque muchas veces no es fácil saber quién habla. 

Para aumentar la complejidad, el autor no renuncia a contar su propia peripecia personal —no olvidemos que es un personaje más—, a introducir sus comentarios sobre muy variados temas (a veces, ambientados, con imágenes de cuadros, fotos, documentos…); y, por si no bastara con todo eso, ofrece, además, fragmentos de un ensayo sobre la melancolía que escribe a la par que la novela y que contiene no solo reflexiones teóricas, sino también y, a modo de ejemplo, una interesante galería histórica de personajes melancólicos. Y, constantemente, se pasa de un ámbito al otro. De forma que, al final, todo se acaba mezclando: el ensayo con la novela, la historia principal con las historias secundarias, el plano literario con el personal, la realidad con la ficción, lo serio con lo cómico… (no es necesario insistir en la capacidad verbal del autor, que se adapta con indudable talento a los distintos tipos de discurso; con todo, es de destacar ahora la irrupción de una vena humorística en la no se había prodigado mucho hasta ahora).

Sin embargo, este complejo entramado discursivo tiene un hilo conductor, un tema central que da coherencia al conjunto: la melancolía a la que alude el propio título, cuyos nexos concretos va descubriendo el lector a medida que avanza la novela. Nos encontramos, pues, ante un libro complejo, arriesgado en su propuesta, como se señalaba al principio; original, también, y, a la vez, con hondas raíces literarias. En este sentido, el escritor no oculta los modelos que lo inspiran: fundamentalmente, Burton, Sterne, Cela, Cervantes, Unamuno; y, además, Italo Calvino, Melville y hasta las Mil y una noches arábe, entre otros muchos (la lista sería extensísima), aparte —claro está— de los modelos parodiados.

Hay, sin duda, mucha literatura en ‘Invitación a la melancolía’, pero asimismo muchas experiencias vitales; no obstante, el autor ha procurado difuminar las fronteras entre ficción y realidad, de manera que, con frecuencia, parece real lo que, en realidad, es invención y viceversa. No es otro, en definitiva, el fin último que se propone Andrés Martínez Oria en este libro, en el que experimenta con las múltiples posibilidades que ofrece la novela como género abierto, como río total.

Un Comentario

  1. eloy

    La crítica, de pegada; el libro apetitoso…

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