“Un nuevo horizonte”, Arte Contemporáneo Chino… en Madrid

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Recorriendo esta exposición de fondos del Museo Nacional de Arte de China que, hasta el 5 de enero en Madrid, ofrece un número ingente de piezas fascinantes en calidad y cantidad… rememoro la aleccionadora leyenda china de aquel pintor “borgiano” sumido en su obra hasta formar parte de la misma.

Por MARIFÉ SANTIAGO BOLAÑOS

Hace mucho que la Historia concebida solo desde lo territorial ficticio ha demostrado su inoperancia explicativa. Por eso, obcecarnos en mantener fronteras para aproximarnos al alma de la humanidad supone permanecer prisioneros de ciertos errores trágicos que ensuciaron el siglo XX de derrotas éticas de las que aun somos, en el mundo entero, convalecientes. Lo pensaba visitando “Un nuevo horizonte”, la excelente muestra de Arte Contemporáneo Chino, en el Centro Cultural Conde Duque de Madrid. Pensaba en la profundidad simbólica de la palabra “persona”, en la relatividad de “contemporáneo”, más allá de significados geográficos o burocráticos. Pensaba que decir y sentir “persona”, como decir y sentir “amistad o contemporáneo” habría de generar otros mapas de responsabilidad y atribuciones compartidas muy distintas, pues las siluetas de tales términos se delimitan en la actitud que une y no en la barrera que aísla. Sin embargo, está tan adherido a nuestros miedos el hábito de las comparaciones que evitan el matiz, que olvidamos, con reiterada eficacia, cómo la tópica generalidad borra al individuo, borra todos y cada uno de esos sueños envueltos en un cuerpo, en un nombre, en un deseo o en una frustración. Tales crónicas del mundo ignoran siempre lo que late en ese lugar al que no siempre los ojos físicos saben dirigirse.

Lo pienso, digo, recorriendo esta exposición de fondos del Museo Nacional de Arte de China que, hasta el 5 de enero en Madrid, ofrece un número ingente de piezas fascinantes en calidad y cantidad, que podrían perfectamente ser el testimonio de geografías que suponemos más cercanas en kilómetros y en sentimiento.

En China a partir de 1978 –atención a esta fecha para España–, se inicia la época de Reforma y Apertura de la que arranca esta “Un nuevo horizonte”: el crudo invierno de la Revolución Cultural no impide la llegada de una primavera –término que se reitera en muchos de los títulos de las obras del periodo– que acepta portar un “Arte de las cicatrices”, como se lo conoce, mediante el cual es posible que los hombres y las mujeres muestren las huellas de un tiempo oscuro como ejercicio de respeto hacia el futuro que quieren construir. Para ello, muchos creadores se valdrán de una idiosincrasia estética reconocible al utilizar técnicas y expresiones artísticas muy propias del Arte chino tradicional; mediante las mismas, pintores y escultores de esta era nueva van reconociendo obstáculos y señalando, a través de ellos, logros que todavía son mera intuición. Es el caso emblemático de “24 de noviembre de 1978-Xiao Gang”, en la que Wang Shaolun recoge, a modo de instantánea, el momento impensable entonces en el que un grupo de campesinos deciden, en un lugar remoto de la China central, repartirse individualmente las tierras colectivizadas. Ese acto “de rebeldía” significó el principio de las reformas agrarias y el consiguiente desarrollo de la China más reciente. Esa China que Wang Guanjun en “Hola Beijing” de la serie “La flor de la juventud”, o Xin Dongwang en “Antiguo hall”, captan en el aspecto “occidentalizado” de un grupo de jóvenes urbanos que, sin embargo, cuando se insertan en el núcleo familiar nos hablan de un contraste entre una imparable globalización uniformizadora y el deseo de preservar su tradición.

Delicadísimas tintas como ese “Despertar” de Song Yugui y Feng Dazhong, el “Eco de las montañas” de Zhu Daoping, o la “Temporada de lluvias” de Lin Rogsheng, dan pie a la abstracción. Fotografías de una fuerza inquietante en las que la pintora Yu Hong retrata a distintas mujeres, junto a la proximidad de la memoria en “Sueño de Dunhuang-recuerdos de la infancia”, de Tang Yongli. La mística de un cuenco para el té flotando en medio de nuestra mirada absorta (“Recipiente diez”, de Chen Wenji). Personajes de la Ópera de Pekín transformados en figuras totémicas por Wu Tong… Son ejemplos posibles, mi itinerario compartido. Los escucho dialogando con la conmovedora escultura de esa joven suspendida en el “Sabor del café” de Chen Lianfu, o con los obreros del “Vagón de carga” de You Jindong, que parecen marcharse a un mañana todavía por inventar pero del que ya se posee el plano de los sueños.

En el laberinto escenográfico expositivo, rememoro la aleccionadora leyenda china de aquel pintor “borgiano” sumido en su obra hasta formar parte de la misma. Se dice que pasó toda su vida trabajando en un mismo cuadro, hasta que lo consideró concluido e invitó a sus más allegados a contemplarlo. Y fue ante ellos cuando el pintor empezó a andar por el sendero de tinta hasta que se perdió en la lejanía del paisaje que él mismo había pintado. Porque el Arte, comprometiéndose sin fisuras con su labor, guarda el tesoro de los sueños humanos y la incontenible fuerza capaz de señalar tanto el suceso oficial como la sombra oculta del mismo. Yo me llevo la imagen de dos muchachas de Liu Renjie que comparten “Respiración” tumbadas en el suelo-pared, ajenas a toda imposición temporal, seguras en su riesgo, manteniendo una espiritual armonía, cuya eternidad estriba en ser siempre puro presente inspirador, puro detalle a compartir allá donde la noche y el día de la existencia están mucho más cerca de lo que nunca nos podríamos haber imaginado.

En Boisán, acabando 2013

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