Mensajes de Navidad

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Feliz 2014. A Coruña amanece. © Marta Capote.

“Del paz a los hombres de buena voluntad se ha pasado a despellejar famosos, políticos y corruptos, aparte del ya clásico tema del inglés macarrónico de Lady Ana Botella”.

Por ANTONIO BERMEJO PORTO

Hasta la irrupción del correo electrónico, la mensajería de los móviles, las redes sociales y el WhatsApp, en estas fechas Correos recibía un alud de felicitaciones navideñas, que —extranjerismo incluido— llamábamos Crismas. Una costumbre social —aceptada por creyentes y escépticos— en la que tenían especial protagonismo las tarjetas que financiaban la UNICEF.

Los había muy serios con retablos medievales del Nacimiento de Jesús, otros graciosillos o infantiloides y unos que te mandaban por correo a principios de diciembre pintados con la boca o el pie por autores sin brazos, en la confianza de que les transferirías algún dinero, lo cual me temo no ocurría siempre.

Abrirlos era una fuente de emoción y recuerdo, seguida a veces de la apresurada escritura y envío de otro para su remitente a quien se había injustamente olvidado. Se colocaban alrededor del Belén, en la mesa del recibidor o sobre el Ara Pacis de la televisión.

La decadencia de la escritura manual en la cultura del teclado QWERT y los ingenios telemáticos han acabado con la tradición y desde hace algunos años nos felicitamos vía satélite. Pero lo llamativo no es el cambio del medio empleado, sino la evolución de los mensajes que han mutado de la sana competición por ver quien se pone más kitsch, a la inquietante competencia por ver quien se pone más ácido. Del paz a los hombres de buena voluntad se ha pasado a despellejar famosos, políticos y corruptos, aparte del ya clásico tema del inglés macarrónico de Lady Ana Botella. La crisis envenena aún más el asunto, sobre todo para aquellos a quienes ha cambiado la letra del villancico por “Oh, sin blanca en Navidad”.

Los mitos que confortan al homo credulis están en retirada. Shirley Temple dejó de creer en Santa Claus cuando su madre la llevó a verlo a unos grandes almacenes y el muy panoli le pidió un autógrafo. A mi lo de los reyes me lo descubrió Goyito, un compañero de clase en Aranda de Duero.

Eso sí, parece que el imperecedero Raphael acudirá puntual a su cita y volverá a matraquear con el tamborilero. Es el fantasma de las navidades pasadas, presentes y futuras del cuento de Dickens vestido de negro y botox. Mis mejores deseos para todos.

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