Redención en el anillo de fuego

© Fotografía: Memoria Química.
© Fotografía: Memoria Química.

Johnny Cash conduce su auto caravana directamente hacia el infierno…”. / Un nuevo relato del músico y fotógrafo leonés José Luis Pajares, en esta ocasión protagonizado por el mítico cantante estadounidense.

Por JOSÉ PAJARES IGLESIAS

Como una daga, herrumbrosa y retorcida. Mellada de tanto chocar contra la roca. Eso siente ahora en sus tripas. Como si un loco la manipulara en sus entrañas con saña. El corazón golpea las patillas de sus lentes oscuras. Siente cómo las abre a cada latido. Un mustang desbocado en las praderas. Las manos en el volante; secando su sudor a cada metro recorrido; en su nuca; mesando los cabellos revueltos. Unas manos de dedos amarillo nicotina. Unas manos tarántula. Unas manos huesudas, ahormadas al mástil de la Gibson J45, acostumbradas a abrir envases. La boca parece estar intentando negociar un puré de lodo mezclado con arena del Mojave. Pastosa hasta el paroxismo. Mascullando plegarias tóxicas ininteligibles. Johnny Cash conduce su auto caravana directamente hacia el infierno. Abismando cada cuneta, entona un rezo químico, unas veces en voz alta, otras murmurando. Las más desde su alma. Directas a su Creador. “Oh, buen Dios. Oh Señor, Tú que todo lo puedes. Tú que pusiste todas las cosas en la Tierra. Tú que llenaste las farmacias de México de Dexedrina y Benzedrina. Apiádate de tu siervo, de éste alma podrida y pecadora. Haz, Señor, que caiga sobre mí tu maná. Necesito mis píldoras, buen Dios…”. Johnny busca algo de whisky en la guantera. Todo liquidado. Enciende un pitillo con el anterior y se deshace de la colilla encendida arrojándola por la ventana. No repara en el bosque que atraviesa, lleno de enormes árboles batidos por la brisa de otoño. Johnny comienza a canturrear la canción de June:

“Love is a burning thing
And it makes a fiery ring.
Bound by wild desire
I fell into a ring of fire.”

June. June Carter. Su secreto a voces. Vivian, su mujer, está al cabo de la calle. Cualquier día se largará con los niños. ¿Cuánto hace que no vuelvo a casa?, se pregunta. Honky-tonks, carretera, actuaciones encadenadas por todo el país. Whisky. Píldoras. Cigarrillos. Huele instintivamente su chaqueta negra y casi la oye protestar por la falta de reposo. Es posible que haya dormido con ella varios días, en el improbable caso de haber dormido algo la última semana. Una mirada furtiva al retrovisor le muestra un enorme bosque ardiente detrás del vehículo. Estaba convencido de conducir directo hacia el infierno, pero parece que ni Satán le quiere cerca. Exhausto, gira el volante y clava la rueda delantera justo en la siguiente cuneta.

Aturdido, comienza a deambular hacia la nada. Árboles, maleza, animales que huyen furtivos de aquel espectro salido de nigún sitio, de aquel cadáver que ignora que lo es, de aquella leyenda del country y del rock dando los últimos pasos de su vida. Retumban ahora en su cabeza los versos oídos a aquel preso de Folsom: “inside the walls of prison my body may be, but my Lord has set my soul free…”. Ríe casi desencajado con aquella paradoja. Aquel hombre preso sentía que su alma era libre. Él, sin embargo, en aquel bosque, con su cuerpo batido por el viento enojado del incendio, siente su alma enjaulada, en una minúscula celda invisible que no le deja casi respirar. De repente, la entrada de una cueva. Cash camina decidido hacia lo oscuro. Se interna en ella. Al principio ayudado por la llama del mechero. Después, con la certeza de la muerte calmando su alma negra, en tinieblas. Ignora las galerías que recorre. Las revueltas del camino. Sólo quiere llegar tan profundo en las entrañas de la tierra que le sea imposible encontrar la salida.

“I fell into a burning ring of fire,
I went down, down, down as the flames went higher
And it burns, burns, burns,
The ring of fire, the ring of fire.”

Al terminar de cantar el estribillo, con más paz, seguro de su destino, entregado a su suerte oscura, oye de pronto una voz familiar. Una vez más, como le ocurre desde niño, el fantasma de Jack, su hermano mayor, acude a él. Su querido hermano mayor, destrozado por las máquinas del aserradero aquel día de pesca y sangre. Su hermano, que sería predicador y murió diciendo que veía una luz tranquilizadora. Su hermano Jack, compañero espectro desde entonces. Su hermano entona un salmo antiguo mientras le coge de la mano y le saca de la cueva. Afuera, el fuego ha cesado. La dulce brisa que baña ahora la cara de Johnny es la mano de Dios que le acaricia. Él así lo cree. Cae arrodillado. Da gracias por aquella epifanía.

June ha venido a casa. Ha cargado el rifle y se ha sentado en el porche. Nadie entrará. Las siguientes semanas las arañas, las moscas y los sapos treparán a la cama de Johnny. Juntos conseguirán matarlos a todos. Al final ella le dirá: “no cogeré tu mano, John. Sólo caminaré a tu lado. Si decides ir al infierno, iré contigo.”

35 años más tarde, Johnny está sentado en un taburete, frente al atril y al micro. Rick Rubin, su productor, ajusta niveles para una nueva toma de voz. Le anima a probar con algo para que todo sea correcto. Cash comienza a cantar aquel salmo con el que el fantasma de su hermano le sacó de aquella cueva. Rick sólo ha de oprimir el botón de Rec y comenzar a grabar. Casi todo son primeras tomas esos días. June murió a mediados de mayo, y a Johhny cada vez le cuesta más ir al estudio.

El último día Rubin ve cómo Johnny se va a casa mascullando algo. Su pericia de productor le hace agudizar los sentidos y escucha claramente cómo el viejo cantante frasea concentrado: “el amor es algo ardiente / que forma un anillo de fuego / atravesado por el deseo salvaje / caí en el anillo de fuego…”.

Cuatro meses después de la muerte de June, Johnny Cash la siguió a la tumba, cerrando para siempre aquel anillo de fuego.

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