Con efe de fascismo

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Por ANTONIO BERMEJO PORTO

Un 23 de febrero de hace 33 años, el teniente coronel Antonio Tejero asaltó el Congreso y puso plomo en las alas del Ingeniero-Presidente Leopoldo Calvo Sotelo (febrero 81 a diciembre 82) impidiendo saber cómo le va al País el gobierno de un tipo que no sea abogado.

El diario El País tituló “Golpe de Estado. El País, con la Constitución” –puedo imaginarme el apresurado debate sobre la coma. ABC se quedó en un académico “Asalto armado al Congreso”, vamos, como si fueran a robar o así. Un rotativo sueco al recibir la fotografía de agencia donde se veía a un Tejero conminatorio, pistola en mano, tituló: “Un torero asalta el Parlamento español”.

Desde la fundación por Mussolini de los Fasci italiani di combatimento, menos los nazis, casi todos los grupos fascistas empiezan con efe. Pero mientras que los restos de Falange y Fuerza Nueva descansan en el seno del Partido Popular, en Francia pintan bastos con la creciente simpatía despertada por el Frente Nacional de Marine Le Pen, hija de Jean Marie y abogada, claro.

El fascismo se nutre del miedo y la necesidad social de encontrar guías insobornables. En una tapia cercana a mi casa puede leerse “Democracia Nacional, los españoles primero”. Es el miedo a la diferencia, la escoria alienígena de las óperas espaciales. Dice Umberto Eco que el primer llamamiento del fascismo es contra los intrusos, por eso es racista por definición. La inmigración y la guerra santa islámica son los fantasmas que amenazan con enterrar al socialismo en favor de los fachas.

Marine habla como si estuviera cantando la Marsellesa, pero cierra los puños, y es bueno escuchar las manos de los políticos. Actualmente, se le ha retirado la inmunidad parlamentaria por comparar a los musulmanes que rezan en la vía pública (formalmente prohibido por la ley laicista) con la ocupación de Francia por los nazis. Afortunadamente se han abierto su propio Frente Ruso al promover la salida del euro, y en la dulce Galia no se juega con las cosas de comer.

Aquí, en Camelot, los caballeros -como el Don Luis de Zorrilla– no traemos más intereses ni nos avenimos a más empresas que adorar a las francesas y reñir con los franceses.

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