Querido diario (40)

© Ilustración de Libertad.
© Ilustración de Libertad.

“También esta tarde observando el combattimento de la luz, la atención ha sido más profunda, y  me he encontrado más dispuesto a enlazar todas las cosas del mundo, las nubes y las canciones, los árboles y los poemas…”

Por AVELINO FIERRO

Para Chus y Mar

Se va la tarde; mirando hacia el este, sobre las lomas, he visto diluirse las nubes color de nieve. El sol último encendió, momentos después, otras, brillantes, algodonosas, blancas, como vestidas con abrigos de la mejor lana, cual enormes borreguillos celestes. Se recortaban precisas y orgullosas, sobre el azul nítido que minutos antes había escondido la tormenta.

Todo ha durado poco más de media hora. He visto despedirse a las nubes y al sol. Todo era gris y esas nubes de azúcar casi no se distinguían en el cielo sucio. Cuando empezaban a dibujarse eran sólo tenues manchas de acuarela, manchas aplicadas con el pincel gigante de un pintor seráfico. Después se movieron como los grumos líquidos de aceite que veo brillar estos días en los charcos que forma la lluvia frente al taller de coches de la plaza. Y ahora todo es un azul agostado, cansino, sin ganas de juegos ni de dibujar caprichos en la atmósfera. Si no supiera que hoy es 26 de febrero esta luz podría contarla como si se tratase de un atardecer de otoño.

He visto despedirse a la tarde. Como en el poema de Sergio Fernández Salvador, “en la delicadeza con que corrió el visillo / la tarde enamorada, su cielo en degradé”.

De lo que había sucedido antes en este rincón del mundo no supe gran cosa. Había estado durmiendo la siesta. Creo que me desperté al revolverme sobre el periódico, que hizo un ruido de frágiles mundos que se quiebran, de tinta seca y noticias que se craquelan. Como el ruidito de los finos dulces de ese Carnaval que ya está cerca. Como un breve pizzicato de cuerdas de violín entre el fragor de la gran orquesta. O como una buena noticia en un día aciago, una sola, tierna, un niño que se salva de la enfermedad, alguien que no pierde su casa por la avaricia de otros, un árbol que se mantiene en pie tras el ciclón, un matrimonio de viejecitos que recupera sus ahorros, cualquier mota de luz que brille en la grisura. Algo que nos salva, algún justo que nos da la mano, una emoción que nos arrastra hasta los prados celestes de los limpios de corazón.

Me he despistado un poco, me he quedado abstraído… el cansancio… el restregarse fuerte los ojos de los miopes… No sé muy bien dónde estábamos cuando enhebré esta letanía doliente y a la vez esperanzada. Puede que las luces del capricho del cielo y la música que ahora suena, esas guitarras y voces con un ritmo sutilmente ascendente de “Line of Fire”, me hayan llevado en volandas. Y han propiciado que entonase, como Borges diría, la vasta respiración de los psalmos y deseado la llegada de ese ciclón de Verdad, de Hermosura, que borrase de la tierra a los impíos.

Instantes antes de que el cielo se llenase de esos brillos y luces y raras cabriolas, había nevado. No pude verlo. Cuando desperté me lo dijo Libertad, que pasaba en casa la tarde y dibujaba ciudades bajo la nieve. Imaginé esos mínimos copos llevados como vilanos por el viento y que se resisten a caer. Seguramente prolongaron todo lo posible sus volatines y remolinos porque saben que al posarse en las cornisas, en el alféizar de mi ventana o en la ropa de los transeúntes dejan de vibrar como lo hacen las ilusiones, los sueños de una vida mejor.

Así que cuando desperté, el arco iris no estaba allí. Pero los prunos y abetos del parque  comenzaron a brillar con la salida del sol, un reino vegetal fosforescente. Estos días he escuchado varias veces la música del grupo del mismo nombre. Matthew Hock, líder de Phosphorescent, construye una pequeña joya desde el arranque, con un loop de violines y batería, una pieza de complejidad instrumental y de profundidad lírica, expresando amor, rabia, dolor y pérdida, como dice el folleto que acompaña el disco.

La nieve, con su solo anuncio, con su sola luz preñada de silencio, deja en suspenso la estridencia del mundo y, bajo ella, todo reposa, alienta más despacio, hiberna el ansia. También esta tarde observando el combattimento de la luz, la atención ha sido más profunda, y  me he encontrado más dispuesto a enlazar todas las cosas del mundo, las nubes y las canciones, los árboles y los poemas.

En los mismos versos de Sergio me aguardaba otra sorpresa; los siguientes decían “en los mirlos, que en el aire también negro / el jardín asaetean germinado de marzo”. Y la noche anterior yo había despertado de madrugada porque un mirlo chillón cantaba en la jardinera de la terraza. Abrí el balcón para espantarlo y me quedé unos instantes ensimismado sintiendo la noche, y la brisa me abrazó y me susurró algo que no recuerdo bien, como en la mayoría de los sueños.

Así, gracias al poema, percibí esta tarde los murmullos y otros revoloteos del mundo, “los tenues regresos, los adioses sutiles”. Momentos como el que describe un extasiado Brodsky, en su “Noche de invierno en Yalta”, “El cielo en la ventana. Un alhelí amarillo en su maceta. / Pasan volando los copos de nieve. / ¡Detente instante! No eres maravilloso / sino irrepetible.”

Vi el viento y los ondulantes y obstinados montones de harina de los cielos, como dice Hopkins de las nubes, pero no vi caer la nieve agitada y lenta, la “bianca neve scender senza vento”.

Ha nevado poco este invierno en la ciudad. En el periódico El País del día 24 recorté una foto en la que Patrick Magrath, un escritor británico, camina aterido, con los cuellos de su abrigo subidos; lo rodea el aire gélido en Nueva York. Recorté esa fotografía porque hay en ella, quizá por la nieve que envuelve al personaje, un extraño silencio. Un hombre camina cabizbajo, no mira a la cámara, detrás no hay paseantes ni el tráfago imaginado de las calles del centro, sólo escalones y unos bloques de hormigón entre los que asoman árboles blanquecinos. Advertimos que se trata de una foto en color tras fijarnos un buen rato en ella; todo son blancos (árboles y cabellos del retratado), grises (las construcciones), negros (el abrigo) con sólo un color leve en el rostro. Un escenario invernal y un hombre que escanea en sus novelas el dolor. La poesía se parece a eso, ¿no es la foto fija de una emoción? ¿o una radiografía de los sentimientos?

En Nueva York nieva estos días sin cesar —lo sabemos por los diarios de Muñoz Molina—, tanto, que la nieve se ha congelado y es dura como piedra pómez, las láminas de hielo parecen obsidiana y las hojas de hiedra se encogen por las heladas. Los caminantes solitarios oyen el crujir de sus pasos en la nieve.

Por la noche volvió a vibrar la música de las esferas. Con toda la modestia que gustéis, pero aquí lo escribo. Porque éramos pocos los elegidos y no podríamos salvaros de nada, ni a nosotros mismos el destino nos absolverá por haber percibido durante unos instantes un retazo de lo inabarcable, de lo ilimitado. Durante unos minutos fuimos huéspedes habitando la Morada, caminantes transitando por la avenida de la Luz. Alguien nos sacó de la barra de aquel bar, de nuestra ciudad también aterida, y nos llevó de su mano hacia descampados extraños, planicies sin dolor, los extrarradios donde mora agazapada la Creación. Alguien había conseguido —como los buenos fotógrafos—,  tentando en la penumbra de un viejo taller lleno de redomas y ungüentos, de sonidos como los que hacen al rasgarse papeles ya amarillos, de amaneceres y heptasílabos, detener la vida del Espíritu, cuajarla, extraerle su resina, darle forma.

Llegaron las palabras casi bíblicas. Abraham Gragera leyó sus poemas en el Chelsea. Nos mostró la última luz de diciembre, los viejos dioses, el paso del tiempo al dibujar unas manos, el amor. Decidme cómo es el amor, el amor que nunca sabemos dónde ni cómo, ¿sigue llegando su pequeño oleaje hasta el mundo mezquino de hoy? Uno de  los poemas era “Albada”.

Somos como los siglos
antes de separarse.
Espera un poco más, amor,
que el mar está lloviéndonos aún,
que no llegamos tarde.

Que ya no teme la semilla
caer sobre la roca,
y el silencio y la oscuridad se besan,
y mi mano te busca,
y hay otros en nosotros que se tocan

sus pieles encendidas.
Estar desnudos es venir de lejos
y siempre estar llegando.
Espera un poco más, amor,
que nada es poco para los que esperan tanto.

Que el aire se hará llama,
como la voz aliento,
como ahora es de noche
y el ojo mira a las estrellas,
y las estrellas miran hacia dentro.

2 Comments

  1. Esta vez no es Avelino el protagista. la sutileza está en las homenajeadas: una da las gracias, la otra calla. No son necesarias las palabras. El texto se cerró sin ellas. Una bella historia: nada es poco para los que esperan tanto.

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