Querido diario (44)

© Ilustración de Avelino Fierro.
© Ilustración de Avelino Fierro.

“Si uno quiere dedicarse a escribir es casi obligado tener al menos una diplomatura en tertulias. Aunque ya nada es igual, ya no parece posible emular a los protagonistas del primer tercio de siglo, a la bohemia madrileña. Todo es ahora más aseado, atildado, pulcro”.

Por AVELINO FIERRO

En la tertulia más serena, madrugadora y escueta que conozco, los lunes a la hora del primer café del funcionario, en ese entreacto, desapercibidos para las tres monjas y un grupo de turistas japoneses que vienen del Panteón de los Reyes y entran ahora en tropel en el café Bocalino, en una mesa de la esquina, ya desde hace tiempo, sin aspavientos, Constantino Rivero y Antonio Toribios hablan de literatura.

Los saludo, muy de vez en cuando, si estoy haciendo alguna gestión en el edificio paredaño de la Audiencia Provincial y salgo de ella hacia la plaza tras saludar a la estatua de Mercurio, el de alados cabellos. “Ese, ese que miran es Mercurio, el correveidile de las putas del Olimpo”, como dijo Javier El Fauno, q.e.p.d., a unas turistas francesas que ojeaban una guía de viajes y señalaban al joven dios. “Y este es el edificio de la Audiencia; imaginaos la justicia que se administra ahí dentro con semejantes advocaciones”. Yo le tiré de la manga y nos fuimos. Veníamos de tomar vinos por las tascas de lo que todavía no era el acicalado “barrio romántico” de hoy día. Fauno se lo decía en tono muy profesoral y correcto, con aquella barba abundante y negrísima que se atusaba y recortaba para parecerse a no se qué patriarca de una de las doce tribus de Israel. Por las tardes, en la trastienda de la librería de Jony, hablábamos a menudo de libros. Era allá por el 73.

Lo he recordado hoy al sentarme a tomar el café con Tino y Toribios. Ya habían acabado de repasar las últimas novedades del microrrelato y hablaban de un programa de radio en el que uno de ellos iba a participar. Tino sigue haciendo acopio de los datos más nimios de los productos de la cultura, da igual que sea el parvo brote de las “verduras de las eras”, como diría el clásico. Algún día necesitaremos utilizar esa información conectando para ello algún artilugio con los pliegues de su cerebro cuando la tormenta solar acabe con los archivos, los microchips y los conductores de silicio. Los tres hemos coincidido publicando algún relato en la revista del Club Leteo, The Children’s Book of American Birds, que maquetaba Alberto.

Toribios, al que conozco menos, parece ordenado y rutinario; creo que le gusta visitar lugares y personas siguiendo un plan; podríamos seguirle marcando en un mapa su ruta por la ciudad con chinchetas de colores. Aficionado al cine, recuerdo un texto suyo en el que hablaba de la vida de los parásitos en la textura de damasco de las butacas de una vieja sala de proyección. Y siempre hace preguntas sobre la cocina del escritor. Yo supe algo, hace mucho tiempo, de la del pintor, en aquellos años del estudio que estaba al principio de la calle de Santa Cruz: pinceles, maderas y telas, imprimaciones, betunes de Judea y acrílicos de secado rápido.

Un día insistió en preguntarme por mis hábitos de plumífero y no supe bien qué responder. Le dije que no tenía disciplina ni horario, que era un funcionario de otros asuntos. Que no me entregaba a ello con la debida vocación. Que no tenía libreta ni buena memoria para albergar citas ni ocurrencias. Que si alguna vez en los paseos nocturnos de un bar a otro se me ocurre algo, eso se suele perder en los recovecos de la noche, en los de la memoria o en las servilletas que tornan en garabatos ilegibles las frases que puedo anotar y vuelvo a encontrar en los bolsillos al volver a casa. Que para estas breves entradas del diario me encierro un par de horas las tardes de los viernes, porque suelo estar solo y cansado y cae la noche y pasan nubes lentas hacia el oeste y eso y una música a propósito, cansina y muriente, va dejándome el cuerpo ingrávido, los sentidos se embarullan algo, el aire se serena (o se enturbia, qué más da) y las flores de la jardinera tienen los ojos cargados de fiebre, quizá el último sol incendia los cristales de un ático en un edificio del barrio de la universidad, y pasa una paloma; es imposible ser ajeno a todo eso. Quizá aparezcan también una estela de humo y los gerundios (“consumiéndose”, “borrándose”, “atardeciéndose”). El humo, las ensoñaciones. Se oye el girar de la rueda del tiempo. Es difícil concretar más, es algo inmaterial… Dice Valéry que la sintaxis es una facultad del alma.

La última vez que coincidí con ellos había una luz solar de cielo frío de marzo, muy luminosa. Incidía sobre la mesa de nuestros amigos. No ayudaba tanto, me parecía a mí, como otra luz más viciada o incluso afable, de la media tarde o la anochecida para diseccionar novelas, poemas o películas con cierta emoción o inspiración (la inspiración, también para el habla, a mí siempre me pareció traída de la mano —ya lo he dicho arriba— de una luz usada por un reguero espeso, algo lento y turbio). Lo cuenta muy bien Gómez de La Serna: “El foco corrosivo, el foco deslumbrador y vacuo, el foco lívido y riguroso, no ha penetrado en Pombo. El foco consume excesivamente nuestras vidas y nuestras mejillas. Su luz insinuante, insidiosa y gélida, muy encima de uno hace hipócritamente el daño de una viruela o de una mala acechanza […] En Pombo luce el gas, el suave gas que hace sostenible la mirada y consiente el juego distraído y fructuoso del pensamiento con la luz… Todos resultamos embadurnados como de polvos de gas, pálidos, creosotados, convertidos en blancos espíritus con los ojos brillantes y suspendidos…”

Una luz como la que desprende el viejo libro que he buscado en la estantería, de hojas amarillas y macilentas, para copiar esa frase embadurnada de Ramón. Con fotos roídas por el tiempo, como los retratos del mismo Ramón, Antonio de las Heras —el profundo ciego de Pombo— o Carmen de Burgos (Colombine). José-Carlos Mainer en su obra Historia mínima de la literatura española, que ha publicado en febrero de este año, finaliza así al describir brevemente la vida y obra de Ramón: “Cuidó siempre la proyección pública de su imaginación y ejerció desde 1914 la jefatura de una singular tertulia que tuvo mucho de moderno happening o performance: las “sabatinas” del café de Pombo, que censó en los libros Pombo y La sagrada cripta de Pombo.

Si uno quiere dedicarse a escribir es casi obligado tener al menos una diplomatura en tertulias. Aunque ya nada es igual, ya no parece posible emular a los protagonistas del primer tercio de siglo, a la bohemia madrileña. Todo es ahora más aseado, atildado, pulcro. Ya no vemos personajes como los de Buscarini, que vende sus opúsculos por dos pesetas por el Fornos, el Regina, el Colonial y otros cafés del centro de Madrid y amenaza a los remisos al óbolo con arrojarse al Viaducto; o Barrantes, el poeta flaco y tuberculoso, autor de Delirium Tremens, que frecuentaba a la anochecida con su amigo Alberto Lozano aquella taberna de la calle Minas a la husma de una colación que no todas las noches se dejaba alcanzar… Ni siquiera podemos esperar que a los tertulianos los lleven sus herederos al café, en la urna, hechos ceniza, como hizo Rosana Torres con su padre Manuel, un adicto al Gijón.

Todo queda tan lejano… Desde luego no volverán los tiempos del Café de la Luna y la “Cofradía de la Pirueta”, de que hablaba Emilio Carrere. Ni los de la Movida, en la que uno hizo alguna vez la turné que cuenta Rosana Torres, dejándome caer por el RockOla, el Manuela y el Sol de Jardines, donde paraban Haro Ibars y Leopoldo Mª Panero, que ha muerto hace nada y del que acabo de conseguir dos ejemplares de El último hombre, con ilustraciones de mi amigo Roberto Díez.

Todo está en los libros. Tengo sobre la mesa, en esta tarde de nubes vigorosas, de luz expresiva que ensalza y aureola los volúmenes del cielo y del mundo, el tomo de las Necrológicas de González Ruano, en el que entre otros muchos, van apareciendo retratos póstumos de aquella retahíla de desquiciados, de aquellos cofrades “rótiles y alucinados”, que diría Cervantes, como este Juan de Nogales, que muere el 9 de septiembre de 1929. Otro clásico es La Miseria de Madrid, de Gómez Carrillo, de 1921, que reeditó y prologó en el 98 García Martín. (Ruano, que quiso ser Gómez Carrillo, le dedicó a éste un libro de 144 páginas escrito en una sola noche). Hay en él un álbum fotográfico que he ojeado hace unos instantes, como hago ahora con Los cafés históricos, de Antonio Bonet Correa, con muchas fotos e ilustraciones y en el que por un momento, pasando rápido las hojas, me sobresalté porque no encontraba la reproducción del cuadro de la tertulia de Pombo que pintó Gutiérrez Solana.

El tiempo no ha tratado bien a Ramón y a Solana ¿Hay una maldición que los persigue y quiere llevarlos al desván de los olvidados? Ya aquel alcalde de la capital, Arespacochaga, empaquetó la casa-museo de Gómez de la Serna como loza cultural para los chamarileros —lo cuenta Umbral en su Spleen de Madrid—, y hace unas semanas unos amigos que han organizado un ciclo de conferencias sobre Solana en el Museo Reina Sofía, me dicen que el famoso cuadro está encerrado en el sótano por orden del director del museo, un señor catalán al que debe inquietarle o no parecerle moderno el ascetismo de nuestro pintor, sus mujeres muertas en el depósito de cadáveres y partidas en trozos para ejercicios de disección, sus enfermos de hospital de pueblo, sus máscaras de humanidad atroz.

Solana, el gran estafado, como escribió Sánchez Camargo. Desde el día de la noticia pensé escribir sobre ello en este diario. Y he puesto una pequeña reproducción del cuadro, que tenía recortada dentro de su libro Automoribundia, colgando de un hilo de bramante como un escapulario contra la ignorancia y el desprecio. Y aquí lo tengo ahora, girando para espantar al mal fario del destino injusto, a los cabestros, a los lisiados de espíritu; ahora que abro la ventana y entra la brisa del atardecer en este Domingo de Resurrección.

5 Comments

  1. V.º B.º
    ¡Menudo catálogo de personajes! Fenomenal entrada, como todas en las que cuentas (contáis) lo civil de la historia, donde no hay castigados al olvido; tal vez cierta desmemoria.
    Si hasta te has acordado de… ¡Arespacochaga!
    Gracias.

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  2. Una reflexión a bote pronto: el café y el humo, la palabra y la escucha. El tiempo detenido, enlentecido. ¿ No será que cuánto más vivimos más queremos vivir ? Avanzamos de forma acelerada, no hay tiempo ni lugar para el deterioro. La tecnología nos arropa. Hace cien años el fin y la muerte eran promesas cercanas. Vivir era estar y sentir cada momento. La muerte amiga. Rosana Torres en el café acompañada por las cenizas de su padre.

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