Umbral en León

Umbral

– Francisco Umbral

El escritor y artista astorgano Bruno Marcos recuerda la estancia en León, en torno a los primeros años sesenta, del escritor Francisco Umbral “cuando todavía no era del todo Francisco Umbral…”

Por BRUNO MARCOS
Desde astorgaredaccion.com

Cada poco aparece en la prensa local una noticia inactual pero que llama la atención por lo que pudo ser y no fue, y parece que ese haber podido ser no habiendo sido se prolongase en el tiempo tanto como la sombra del escritor aludido perdura apagado ya su sol. Se trata de la estancia, en torno a los primeros años sesenta, de Francisco Umbral en León cuando todavía no era del todo Francisco Umbral.

Se dice que pasó por aquí como periodista en la emisora La Voz de León y de colaborador en el diario Proa y en El Diario de León. Sus notas eran todavía algo tímidas e ingenuas. Lo cierto es que en León nadie le apadrinó tanto como en Valladolid Delibes aunque su primo Perelétegui le acogió y el periodista Alfredo Marcos Oteruelo le subió a la columna periodística y, aquí, en una revista de la que casi nadie se acuerda, Arco, se desvirgó publicando su primer artículo, “La mañana”, a los 22 años, en 1955.

No se editan hoy sus cosas de León por flojas, por poco umbralianas, creo yo. Sus secciones se titulaban “El piano del pobre”, “La ciudad y los días”, todo muy gris como gris era esto, todavía muy en blanco y negro. Sin embargo escribe ya con pluma suelta por ejemplo textos como este en el que recrea, a su vez y como hago yo ahora con él, la presencia de otro escritor con la excusa de la persona del Bernesga: “El gran señor irónico, don Francisco de Quevedo, investigador de hombres y de ríos, contemplaría en tiempos, desde San Marcos, a nuestro Bernesga, y quién sabe las cosas que tendría que escucharle el buen afluente al clásico malhumorado. Aunque el Bernesga no parece hacer mucho caso de los clásicos. Por ejemplo, aquello de «los ríos que van a dar en la mar», se diría que no va con él. Su corriente suele desvariar y demorarse distraídamente, sin gran prisa por llegar al mar ni por llegar a ninguna parte. Qué manera de dejarle mal a Jorge Manrique. Claro que seguramente los ríos no saben geografía, como las flores no saben horticultura.”!

Ha salido últimamente que lo echaron por soliviantarse en el coloquio de un cineclub ante la cazurrería del personal que no supo degustar el “Orfeo” de Jean Cocteau. «Aquella gente —comentó años después el escritor— se puso muy furiosa porque no había entendido nada y la película no les había gustado. Les parecía que era una especie de engaño. Yo en el coloquio me irrité bastante. Dije que aquello no era un cineclub, que era un cine de pueblo; vamos, un corral. Aquel día hice un comentario en la radio diciendo lo mismo y también en Diario de León».

Una cosa que llama mucho la atención es que cuando el luego eximio escritor habló de su estancia en León se dolía de que aquí no se podía hacer nada, ni descollar en nada, porque todo el espacio literario y periodístico estaba copado por Victoriano Crémer que ejercía el papel de hombre crítico en la urbe dentro de las posibilidades que había en el régimen.

«La vida cultural —explicaba exactamente— estaba presidida por Victoriano Crémer. Crémer, crítico oficial que aparte de poeta era cronista radiofónico y hacía una crónica diaria donde se permitía enfrentarse a algunas cosas: era más o menos el hombre rebelde de la ciudad dentro de los límites de la época. (…) Realmente no tuve muchas relaciones con Victoriano Crémer, porque supongo que a él, que reinaba culturalmente en la ciudad, le tendría que molestar de alguna forma que de pronto llegara alguien de fuera mucho más joven haciendo un periodismo radiofónico que también era crítico, pero que seguramente tenía unos modales más modernos, más avanzados que los suyos. En todo caso, yo por entonces, tenía por él un respeto como poeta dentro del panorama de la poesía social; lo que ocurrió fue que cuando yo tuve los primeros problemas, él se puso abiertamente en contra de mí, desde su emisora, lo cual era un poco contradictorio con sus ideas, pero al fin y al cabo, él estaba en la emisora de la competencia.»

Y lo que más le choca a uno es el hecho de que hubiera un tiempo en el que un Crémer eclipsara a un Umbral. Es difícil imaginar esa época, los sesenta, que enseguida se vuelven agitados y horteras, convulsos e impertinentes, para desembocar en una transición que, aunque pacífica, nos parece hoy colmatada de ansiedades y de señores más o menos malhumorados, de un lado y otro, como él o como Cela o como tantos otros, que se pasaban el rato pontificando, un poco groseros y desdeñosos de todo y, al mismo tiempo, ávidos de honores.

A este escritor se le adorna siempre apuntándole maneras de ‘dandy’ y uno, que lo recuerda sólo de mayor tan cimarrón, con las enormes gafas caídas de espesos cristales de mirar nublado a medias etílico y miope, las rucias melenas canas, las patillas hirsutas y la voz gruesamente perezosa, no ve dandismo por ningún sitio sino más bien la tristeza de los años, los rastros de una España a la que habían hurtado el vitalismo y cuyo retratista, ese señor, era una máscara inexpresiva doblemente impostora que nunca sonreía, que no sabía reír.

Francisco Umbral

– Biblioteca Leonesa

Claro que el dandismo de Umbral debía serlo porque lo decía él y porque en España, tan refractaria a todo, no sabía nadie muy bien quiénes eran o habían sido los dandis aquellos. Probablemente unos amargados también. A veces, sí, una bufanda larga, un fular, o el cuello de garra de un entallado abrigo, camisas rosas o amarillas, quizá algún chaleco floreado, daban una pincelada esnob, pero más de extravagancia que de otra cosa en un señor bastante normal que la gran mayoría tenía por un sujeto soso e impertinente. Se permitía decir cualquier cosa, como que Baroja era para él intolerable, escritor de mesa camilla, de desmadejado estilo plagado de incorrecciones. Machado un zapatero remendón, y, sin embargo a él, no se le podía decir que, aunque escribiera tan bien, era un maldito malogrado, un novelista impotente para las novelas, un estilista redundante, un prosista poeta que no era poeta, un ensayista huero y repetitivo, además de genio.

No obstante debió ser un bohemio, el último que llegó asistir a las tertulias de los cafés, antes de que todo eso fuera ya historia. Pero un bohemio fallido también porque escribía todos los días y publicaba y triunfaba, iba a cócteles, conferencias y presentaciones de libros, y un bohemio que tenía éxito con las mujeres y presumía de amoríos mientras estaba casado, cosa que los jóvenes no nos explicábamos pues le veíamos tan feo como él a Rubén Darío.

Creo yo que del dandismo a Umbral le interesó el sentirse distinto que en tanta clave psicoanalítica se le ha adjudicado por ser hijo de madre soltera cuando eso era un gran drama en España. Intenta hacer una genealogía nacional de dandis y malditos y le toca a Lorca, por homosexual, a Valle-Inclán, por sus botines de piqué, y hasta a Rubén Darío, este por feo, brutal, dipsómano y racial… Sin reparar en que Lorca era encantador y Darío llegó hasta a embajador. Sólo al final Valle le valía aunque acaba confesando que “en España no hay sensibilidad ni temple para estas cosas”.

Ahora bien, todo el mundo ha sido joven y precisamente en una foto en León aparece otro hombre, el Umbral en ciernes de sí mismo, un joven elegante con su bella mujer. El otro Umbral, el de antes de la máscara sin sonrisa, el animal doméstico antes de asalvajarse, antes del cimarrón, seguramente, el de con él mismo, ese animal de fondo del que también hablara para no dejar sin ocupar ni un milímetro de lo real y la impostura, el que le llevara a la literatura, el de “Mortal y rosa”.

Pero del retrato de Umbral en León ocurre lo de casi siempre, que el que peor sale es el mismo León, no sólo no haciendo nada por los talentos que le nacen sino esforzándose en espantarlos. Recoge Eugenio Marcos Oteruelo esta cita: “… Hasta que el alcalde de la ciudad (un militar), la letal amistad de los compañeros y los teléfonos anónimos me echaron de León, la ciudad de mi madre, del yo perdido de la infancia. Contra aquel alcalde fáctico, contra la Sección Femenina, contra la prensa del Movimiento, contra los reticentes-insultantes poetas locales, yo y mi vocación”.

Por ahí debe quedar su “Crónica de las tabernas de León” y los pasajes de “El hijo de Greta Garbo”.

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